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      Los que tenemos desde hace años la certeza arraigada de que no cumpliremos los cuarenta, y además no fumamos, en nuestras visitas al médico escuchamos irremisiblemente el consejo de que tenemos que pasear durante una hora al día. El caminar vale para casi todo: para el colesterol, la hipertensión, la salud cardiovascular, bajar peso, etc…

         Pero por ¿dónde pasear? No siempre hay lugares abiertos que solacen el espíritu y nos tenemos que conformar con el paseo urbano. Y hay sitios de la ciudad poco apetecible para hacerlo. Conocemos esos barrios donde distintos trapicheos no invitan a introducirnos por ellos y tampoco esos otros de grandes casas de retorcidas columnas, altas vallas y cámaras de vigilancia, donde las calles están vacías y sólo se circula en coche de alta gama. Al final decides pasear por el centro, donde todo el mundo pasea y de tanto tropezarte con gente conocida para charlar, el ejercicio se minimiza. Lo complicado, además, es encontrar esa hora al día a la que siempre ponemos la excusa de “actividades urgentes” u otra de índole climatológica, como que hace un frío que pela o un calor insoportable.

         Para incentivar el paseo he recurrido hasta a las nuevas tecnologías, con un programa en el móvil, que me dice el camino recorrido, los kilómetros andados y las calorías perdidas. Aunque todo tiene sus fallos, no sé cómo le he puesto una alerta que no sé cómo quitar y los viernes por la tarde exhausto por el cansancio de la semana, cuando intento descansar un rato, esa alarma a modo de conciencia electrónica me despierta y me dice que debo salir a pasear… Me doy la vuelta y sigo durmiendo…