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Su vida era átona y monótona, pensaba Abel, aunque con otras palabras más vulgares y menos literarias, mientras encerraba a las ovejas en el redil. Atrapado con diecinueve años en aquella granja perdida, sólo cercana a un minúsculo pueblo. Todo el día allí trabajando y encima tenía que estar agradecido, como le recordaba repetidamente su tío, aquel primo irascible de su padre que lo había acogido al quedar huérfano a los catorce años. Un hombre más rácano que el Dómine Cabra, nunca había comprado un televisor, no lo quería ni regalado, aduciendo que gastaban mucha electricidad.

            Y así entre brotes, hierbas y animales transcurría la existencia plana de Abel. Una noche de calor agosteño en que pusieron una película de Superman, la primera vez que veía el cine, en la plaza del pueblo, quedó embrujado por la envolvente magia de la  película. La conjunción de aquellas imágenes en pantalla grande, con la música y las palabras, le encendieron mil emociones nunca vividas y alimentaron sus sueños con manjares exquisitos.

            Al día siguiente la sencilla cotidianeidad de la granja le pareció como si estuviera iluminada por grandes focos. Tras una noche de sueño inquieto aquellas sensaciones le habían impregnado, de tal manera, que el cine había empezado a formar parte de su vida. Su cabeza estuvo en continuo movimiento todo el día y aquella tarde, al terminar su trabajo, se dirigió hacia el pajar con una gran toalla roja. Se la ató a modo de capa y se lanzó en vuelo hacia el cielo. La previsible caída sobre el pajar, sufrió un leve desvío, no calculado y se golpeó el pie, lo que le supuso dos semanas de cojera. Pero eso no le amilanó y lo entendió como riesgo de la vida aventurera que había decidido emprender.  Desde entonces las películas se convirtieron en algo más que un vicio y los domingos por la tarde recorría los 7 km que le separaban de otro pueblo donde proyectaban semanalmente. Su vida granjera, ahora, se le había iluminado como un arco iris y aquellas películas afilaban sus ilusiones y sueños más recónditos.

            “Memorias de África” le impactó profundamente. Buscó un viejo cuaderno escolar, del que en su breve escolarización sólo había usado un par de hojas, y se dedicó a hacer un pormenorizado estudio sobre la vida y existencia de los cerdos. Anotaba sus movimientos cuando él les daba de comer, la forma en que movían sus orondas cabezas e intentaba captar en aquellos gestos expresiones inteligentes. Dedicó un capítulo al estudio de sus excrementos, dibujándolos y coloreando los distintos matices de marrones con sus lápices Alpino, relacionaba los colores con el tipo de comida que les suministraba. Y desarrolló una prolija teoría sobre el cortejo nupcial y modo de apareamiento. Aquel brillante estudio que podría haber desembocado en tesis, se suspendió fulminantemente cuando un día dándoles de comer se le cayó el cuaderno al suelo siendo empapado por el objeto de su estudio y adquiriendo un olor que le obligó desde entonces a alejarse  de él.

En estas cuitas siguió durante varias semanas hasta que vio una película que le impactó. Esa noche no pegó ojo, bajó a la cocina y sacó un largo cuchillo al que estuvo dándole brillo con esmero. Vestido de negro para confundirse con las sombras de la noche, miró hacia el cielo, le gustaba la luna llena, y esbozó una sonrisa mientras sujetaba el cuchillo fuertemente con su mano derecha. Se dirigió al redil donde los corderos sorprendidos en el silencio empezaron a emitir sonidos guturales. Se acercó al primero y lo degolló, así con todos hasta que terminó con el último. Vestido, ahora, de negro y sangre se sintió satisfecho por haber llevado a cabo “El silencio de los corderos”.  En aquel momento su tío que había escuchado aquel alboroto se dirigió hacia allí armado de una estaca gorda con la cara roja por la ira.

Abel empezó a correr, y no paró de hacerlo, mientras en su cabeza sonaban los sones de “Carros de fuego” que había visto el fin de semana anterior…