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El otro día al volver a mi antiguo colegio, tras muchos años sin ir, descubrí con pena que había desaparecido el frontón. En aquellos años 70 los numerosos profesores vascos que allí había trajeron de aquellas lejanas tierras algunas de sus costumbres como el mus y  la pelota vasca o frontón, como nosotros lo llamábamos. Incluso se llegó a construir dos campos reglamentarios con una gran pared donde se disputaban campeonatos y que usábamos habitualmente para jugar en los recreos.

 

Yo solía ser de los alumnos tempraneros por la mañana y distraíamos la espera jugando al frontón. A veces, con mucho frío y humedad y sin, casi, atisbar la pelota con esa luz tupida del amanecer. Lanzábamos contra la pared aquella pelota tan fuerte que nos lastimaba la mano y corríamos a recuperarla tras el golpe del contrario por lo que a los pocos minutos el frío lo sustituíamos por el sudor y los pulmones llenos de aire helado nos hacían respirar con dificultad. Era un juego vivo que jugábamos por equipos y que nos servía para curtir la mano y el sonido estruendoso de la pelota contra la pared acompañado del oleaje que nos llegaba por la cercanía de la playa, nos hacía entrar despiertos y animosos en clase. El frontón fue derribado, hoy los alumnos corretean menos por el patio y tienden más a escuchar los mp3 o a jugar con la game boy que, si puede encallecer algo, son los  pulgares.

 

Aún hoy puedo recordar el dolor del golpeteo de aquella pelota sobre la palma de la mano, pero la experiencia me ha enseñado que hay dolores que duelen más en las manos, y es el de aquellas ocasiones en que debieron acariciar y, por lo que fuera, no lo hicieron.