20051213153720-labios2.jpg

Hacía mucho frío por la mañana tanto que cuando, al salir a la calle, y frunció los labios un beso escarchado le salió de ellos. Probó y según la forma del frunce le salieron besos de bonitas y caprichosas, con ese brillo peculiar que da la escarcha a los besos. Con suma delicadeza, casi mimándolos, fue guardándolos en la bolsa que llevaba. Los tendría a buen recaudo hasta que encontrara el momento y la persona a quién dárselo.

Pero fue una época en que a su ánimo turbulento y desosegado no le apeteció besar demasiado y casi los olvidó. Pero aquel día se sentía bien, el trinar de los pájaros lo había despertado y se dio cuenta que una pequeña yema asomaba en la planta que tenía junto a su ventana. Se sentía con el ánimo alto y, no supo por qué, al llegar a su trabajo y encontrarse con su compañera le apeteció regalarle alguno de aquellos besos escarchados, pero al meter la mano lo único que encontró fue la humedad que había derretido aquellos besos con la llegada de la primavera.

Entonces fue cuando se dio cuenta que, tanto en los besos escarchados como las flores, hay que aprovechar el momento para darlos, ya que no se pueden guardar para mejor ocasión sin que se derritan o se marchiten