No, no me voy a referir a esos emolumentos que reciben los ancianos a final de mes y que, en la mayoría de los casos, les obliga a convertirse en verdaderos equilibristas de la economía sino al otro tipo de pensiones. A esas pensiones que tan bien han retratados nuestros novelistas de fines del siglo XIX y principios del XX, así como esas películas con sabor a sepia que nos las visualizaban.

     En estas pensiones, comandadas habitualmente por una señora viuda venida a menos, se reunía en torno a la mesa un variado colectivo: oficinistas, jubilados, mujeres de dudoso oficio, nobles con más apellidos que patrimonio, artistas de medio pelo e incluso familias. Solía existir, además, la hija de la patrona que ayudaba a su madre y andaba a la caza y captura de algún pretendiente con posibles. Siempre me pareció un ambiente asfixiante el de estos lugares, donde cada uno se obligaba a exponer sus miserias íntimas ante el resto de los huéspedes, careciendo de ese punto de intimidad tan deseable en la vida cotidiana y sobre todo cuando esa estancia no era algo provisional sino tendente al infinito.

    Mi única experiencia con una de esas pensiones fue en Ceuta, que fue mi primer destino tras aprobar oposiciones. No me alojaba en la pensión, aunque si nos reuníamos cinco compañeros a almorzar en una de ellas. La patrona era una anciana de gran simpatía y oronda figura que se encargaba de distraernos el hambre con algún guiso casero. La comida sin ser del otro mundo nos quitaba el hambre y nos nutría, de hecho hoy uno de aquellos comensales ha llegado a ser el alcalde de su pueblo. En la comida nos solía acompañar alguno de los que allí se alojaban. Gente desbaratada de mente que, poco antes habían tenido que cerrar su cama para que se pusiera la mesa, y que nos contaban historias inverosímiles, de aventuras en Marruecos cual Lawrence de Arabia de pacotilla. Nosotros escuchábamos aquellos relatos mientras comíamos con la mirada distraída hacia la ventana desde la que se veía el Estrecho de Gibraltar y veíamos alejarse el ansiado barco que, el viernes tomaríamos, y que atravesaba a Algeciras. Aquella comida, habitualmente, era regada por un vaso de vino, hasta que un día uno de nosotros, observó como en la cocina tras recoger la mesa, la criada de la pensión, una marroquí que hacía de cocinera, rellenaba de nuevo la botella  de vino con lo que había sobrado en los vasos. Desde entonces, ¡sólo agua!