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     Esta mañana salí a la calle temprano a comprar unos churros.  Todo estaba silencioso. Los domingos cuando el amanecer acaba de pasar parece que ha derramado unos polvos mágicos que adormilan toda la naturaleza. La calle estaba vacía y los tenues rayos del sol intentaban lamer la humedad nocturna del techo de los coches. Mirando hacia la playa veo la bruma que está levantando coloreando de un azul plomizo las aguas del mar. Me cruzo con algunos paseantes acompañados de perros sueltos y jaleosos que corren perdidos sin saber muy claro hacia dónde. Una señora coja me da los buenos días mientras su cuerpo bascula de uno a otro lado con esa tranquilidad de no tropezar, en ese movimiento de vaivén, con nadie debido a la soledad de la acera.

    Pero un rumor sordo envuelve el ambiente, hay algo que no soy capaz de captar en medio del ese silencio un cierto temblor del aire, una fuerza que se oculta a mi alrededor. Al fin noto lo que es, al acercarme a unos árboles sus ramas desnudas están cargadas de una pelusilla que anuncia el despertar de la naturaleza en unos días. En esta zona sureña de muros encalados y vientos cálidos la primavera está a punto de entrar. Al llegar a casa voy a la terraza donde en medio de las macetas tengo una a la que tengo un especial cariño, su primera flor, de un amarillo brillante, me saluda desde su carnosa ramilla.