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-Nunca me han gustado los gatos ni soporto esa estampa de sabihondos y astutos que se gastan. No aguanto cuando me miran con esos ojos que parecen que van a atravesarme más allá de mis entretelas. No me fío de sus andares sincrónicos y silenciosos  que me resultan hipócritas. Tampoco de esas uñas ocultas prestas a salir y arañar en el instante más inesperado. Me parece falsa su sinuosa elasticidad. No, mamá, no me convencerás a los gastos no quiero verlos ni en pintura.

-Pero hija, ¡a ese paso te quedarás soltera toda la vida! –repuso mamá gata alzando sus ojos rasgados al cielo, mientras suspiraba y pensaba que cada vez entendía menos a las gatas jóvenes.