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         Andrew McGregor, de ascendencia escocesa, habitante desde hace varios años de las Vegas, se despertó con dolor de cabeza. El despertador no había sonado y tuvo que acelerar sus preparativos matinales para no llegar tarde al instituto donde daba clases de Química. Cuando se estaba afeitando notó como un nudo en el estómago. ¿Qué le preocupaba? Se lo iba preguntando mientras conducía por una de las iluminadas avenidas de la ciudad. Tal vez fuera que no sabía la manera de introducir la tabla periódica a alumnos que, mientras él hablaba, escuchaban sus MP3 o jugaban con la Gameboy. Se había quejado de la situación al director y su único consejo fue que tuviera iniciativas pedagógicas al respecto y que no le complicara la vida que él seguía necesitando su suplemento de sueldo como director.

        Entró en su clase y tras decirle a Thomas, siempre Thomas, que dejara de colgarse de la lámpara sintió que su nudo en la garganta se iba apretando más. No supo cómo lo consiguió pero al cabo de diez minutos en cada silla había sentado sólo un alumno. Desenrolló un mural de la tabla periódica de los elementos en la pared. Fue cuando señalaba al Litio y justamente cuando una bola de papel rozó la patilla de sus gafas, haciendo como si fuera un movimiento postrero de baile cayó fulminado en el suelo.  Por una única vez en su etapa docente la clase quedó sumida en un silencio sepulcral durante unos minutos.

-¿Qué opinas Grissom?- le preguntó la guapa forense, mientras con un bisturí abría la epidermis de la garganta de Andrew, como si ésta tuviera una invisible cremallera, tumbado cuan largo era sobre la mesa de autopsias.

-Es la primera vez, en toda mi carrera en el C.S.I, que veo un caso de muerte por asfixia al formarse y apretarse un nudo en la garganta.