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           Elvira se sentó en la silla de la cafetería, mientras su minifalda dejaba al descubierto unas largas y bien contorneadas piernas. Saca un cigarro de la pitillera y lo acomoda entre sus labios. Su mente empieza a trenzar recuerdos a través de las volutas del humo.

            Se acuerda de cuando conoció a Carlos en un viaje en tren con aquella sonrisa que, en pocos minutos, quebró sus defensas. Se sintió alborozada cuando, al despedirse, él le pidió su número de móvil y aún más cuando la llamó, al día siguiente, para invitarla a cenar en la que se convertiría en una mágica noche. No puede recordar los sabores de aquella comida aunque sí el brillo continuo de sus ojos que hacían palidecer la luz de las velas que había en la mesa. Tampoco ninguno de los olores que les rodeaban, pero no olvida el que emanaba, continuamente, de su piel fresca. Sus manos se encontraron y distrajeron cuando ella fue a coger el postre. Sus bocas se fundieron tras el soplo con que él apagó las velas. La salida del restaurante estuvo acorde con la torpeza que dan los grados alcohólicos añadidos al movimiento de dos caderas que pretenden caminar al unísono sin dejar espacio de separación entre ellas.

            A través del humo del cigarro, siguió viendo la puerta de aquel hotel que atravesaron entre risas. Sintió su mano fuerte desnudándola con la liviandad de una brisa y tiembla su cuerpo con las consecuencias de aquellas hábiles caricias que, desde entonces, quedaron prendidas a su piel. Durante horas sus cuerpos navegaron juntos en un océano de placer. Al principio en una mar rizada que, a medida que la navegación se hacía más insistente, se modificaba primero en vaivenes cada vez con más oscilación que se transformaron en olas de marfileña espuma que crecieron hasta límites inenarrables, desde la cresta de una de estas olas, ella le calculaba unos doce metros, fue desde la que cayó anegada de delicias en una bajada que hubiera querido eternizar mucho más de lo que duró. Nunca había vivido una sensación de tal intensidad. El agua se tornó calmosa y se refugió entre los brazos acogedores de Carlos. Vio, como él encendió un cigarro que sus bocas compartieron. Los humos de aquel cigarro se confundían con el que ahora tenía entre sus labios. Y luego, todo se esfumó en el aire. Se despidieron con un beso y  un "hasta pronto" que, todavía, transcurridos tres meses aún no se había logrado.

            Elvira lo pasó muy mal, no entendía cómo era posible desaparecer sin decir nada, cómo tras haberle hecho florecer un jardín lo había anegado, todo en un solo día. Se pasa sus dedos por el muslo pero no es capaz de reproducir esa caricia que tanto extraña. Lo llamó varias veces pero nunca descolgó el teléfono. Ayer, desesperada, le mandó un mensaje citándolo para hoy en este lugar. Elvira duda que aparezca pero guarda esa secreta esperanza, como una luminaria minúscula, en sus ojos marchitos por la soledad. Oye unos pasos a sus espaldas, debe ser Carlos, su corazón se acelera, la luminaria ahora le ocupa todo el iris. Una mano se deposita en su espalda, mientras una voz le dice:

-Perdone señorita pero en esta cafetería no está permitido fumar. ¡Ah! Lo siento no me había dado cuenta de que el cigarro lo tiene apagado.

La luz de aquel fanal acabó disolviéndose en la negrura de sus ojos.