Siempre cuando vuelvo de algún viaje tengo paradójicas sensaciones, por un lado me ha alegrado el cambiar de ambiente y lugar, pero por otro me alegra también el volver a mi rincón habitual. He disfrutado de estos días en Valencia, un viaje que estuvo a punto de ser frustrado por una varicela inoportuna y de última hora pero que al final la situación no dio problemas.

Algunos apuntes del viaje:

-Nunca había subido a un avión tan minúsculo, tenía que ir con la cabeza agachada pues pegaba en el techo, me alegré de no ser un poco más alto porque me hubiera atorado en el pasillo.
-Todos los taxistas a los que conocí eran emigrantes.
- Los valencianos con los que me topé todo un dechado de amabilidad.
-Algunos días demasiado calor.
-Me dio la sensación de que los semáforos están más tiempo en rojo que en verde.
-La Ciudad de las Artes y las Ciencias un prodigio arquitectónico pero me decepcionó un poco por dentro.
-Interesante y curiosa la manera de realizar los ninots.
-Los dos platos de arroz que tomé estaban buenísimos.
-¡Qué grande es la Albufera!
-Tuve la alegría de reencontrarme con algún amigo al que hacía más de quince años que no veía.
-Escuché protestas de más de uno, debido a los atascos cotidianos que se forman por el corte del puente sobre el que se construye el escenario para la próxima visita del Papa en julio.
-Hay metro, pero nunca había parada donde yo tenía que ir, así que no me monté en él.
-Lo malo de que me dieran el último asiento del avión es que sólo me llegaban los canapés que nadie quiso.
-Es incomodísimo orientarse con un plano donde las letras no se ven y cuando intento sacar las gafas el plano se dobla de mil maneras imposibles de deshacer.
-Lo bueno de que me dieran el último asiento del avión es que al despegar y aterrizar la azafata sentada en el pasillo estaba justo a mi lado.

-Me enteré que eixida significaba salida, cuando después de muchas vueltas para salir a la calle sólo encontré una puerta con ese cartel.