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              Blanco, negro, que aburrida la vida que tengo. ¡Siempre lo mismo! Del negro al blanco y del blanco al negro, que rutinaria esta vida de peón. ¡Estoy harto de ella! Las demás piezas me intentan consolar que no es tan malo. Claro, como ellas se mueven por donde quieren y a su antojo, no saben cómo es esto. ¡Quién pudiera cambiar de vida!

               Y como hay veces que los sueños ansiosos, sin saber cómo, se convierten en realidad, nuestro quejumbroso amigo encontró ese camino inexistente que lo cambió de tablero. Cuando llegó allí creyó explotar de felicidad. Allí estaban el rojo, el amarillo y el verde. Y mirando a lo lejos pudo distinguir en aquel parchís hasta el azul, aquel color que tanto le gustaba. Todo cambiaría a partir de ahora. Pero lo que no sabía nuestro efímero protagonista era que, nada más llegar al tablero, una ficha se puso en el lugar que él ocupaba y se lo comió. Aún tuvo un instante, mientras lo sacaban del tablero, de echar de menos al blanco y al negro.