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            Por el lugar en que vivo estoy acostumbrado a los distintos vientos, esas corrientes de aires que se forman debido a las diferencias de temperatura entre las distintas capas atmosféricas.  El rey de ellos es el Levante que impregna el ambiente e influye de manera ineludible en la vida y en las gentes y costumbres de la zona.

            Pero hay algo que produce aire, también, de manera mucho más sutil pero cuya influencia es decisiva en el que lo capta. Es un aire localizado, focalizado hacia una sola persona y que, generalmente, pasa imperceptible para el resto de la gente. Pocas ventoleras de estas suelen aparecer a lo largo de la vida pero hay que estar atento para ser conscientes de ella antes de que pasen de largo. Cuando suceden no se olvidan y su recuerdo nos acompaña el resto de la existencia. Son ventoleras de locura, de aires frescos y de renovación, capaces de alzarte a lo más alto hasta tocar las nubes con las yemas de los dedos. No se suelen elegir y llegan en momentos inesperados, esas son las más intensas, o cuando las circunstancias empujan ineludiblemente a ello.

             Ese aire tan especial es el producido por unas pestañas al agitarse que muestran, cuando se abren, la luminosidad de unos ojos brillantes que nos miran acariciándonos de esa manera tan única en la que nunca podrían hacerlo unos labios o unos dedos. Todo el que lo ha sentido alguna vez sabe a qué me refiero.