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      Estoy de vuelta tras un viaje, en transporte público, de algo más de 600 km en tan sólo cinco horas, muy lejos de aquellos viajes que hacía no hace mucho tiempo y en los que tardaba más de doce horas. Decididamente el transporte público está mejorando.

      He estado durante toda esta semana otoñeando por Madrid, lo que ha supuesto un verdadero goce para los sentidos. El motivo ha sido un curso sobre inteligencia emocional. Interesante. Al que hemos acudido una veintena de personas de distintos y bien distantes lugares de España. Dos ponentes de lujo que nos han intentado dar pistas sobre como dotar a la inteligencia de emociones. Labor ardua pero apasionante.

      He recorrido muchos kilómetros por las calles y pisado las hojas secas sobre la tierra. Me he mojado con la lluvia bienvenida y hecho fotos para no olvidar. He comido y cenado cada día con alguien diferente, eso me ha permitido hablar algo, escuchar mucho y reencontrar matices ricos y variados de viej@s amig@s que habitualmente viven lejos y en circunstancias muy diferentes a las mías. En este tipo de viaje estoy especialmente atento para, aparte de aprovecharlos, captar en cada momento esas pequeñas luces que sólo se puede captar una sensibilidad especialmente preparada.