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             Sé que no estuviste en aquel paseo mío por el parque. Mis zapatos ahogándose en un suelo fangoso echaron de menos la ausencia voluntaria de los tuyos. Rechazaste acompañarme, temiendo que algunos de tus fantasmas interiores estuvieran ocultos, agazapados entre los árboles y les dieran por salir a tu encuentro. Preferiste ocupar ese rato en alimentar tu cuerpo y entretener tu espíritu en algo que no tuvieras el riesgo de sentir sacudidas como las de una alfombra a la que se le sacude.

             Sé que no estuviste, pero mientras mi cámara iluminaba con su flash los rincones sombríos por la oscuridad otoñal, atrapando los instantes acompasados por los crujidos espontáneos de las hojas secas, me pareció verte. Fue sólo un momento, pero te reconocí, tal como luego te vi: solitaria, intentando iluminar tu cara con la luz de una sonrisa mientras afanosa buscabas algo a la sombra de un abedul. Cuando luego nos vimos y, sin palabras, te pregunté qué es lo que estabas buscando me respondiste sólo: ¡A MÍ!