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          En el jolgorio del supermercado divisé sus ojos, habitualmente tristes y profundamente oscuros, reflejo del color de su piel, y vi que, desde lejos, intentó llamarme la atención. Conocía su historia, una historia trágica que le ha cargado de arrugas las entrañas, cuando hace poco que traspasó la cuarentena. A su marido le detectaron una enfermedad que le produjo una incapacidad, quedándole una pensión de poco más de cuatrocientos euros mensuales para sacar una familia a adelante de tres hijos, la pequeña de poco más de un año. Me pasé varios meses sin verla, hasta que un día vino a verme y me contó que él, desesperado y queriendo ganar un dinero que no tenía, había sido detenido por la policía y estaba en prisión.

           De vez en cuando la veía y me contaba de él. Que lo habían mandado a otra prisión más lejana y sólo podía ir a verlo ella un día en semana y eso si la llevaban en coche porque no tenía dinero para el transporte. Hace unos días me comentó que llevaba ya más de veinte meses en prisión y aún no le habían dado ningún permiso, estaba desesperada. Uno de sus hijos adolescentes llevaba más de un año sin ver a su padre, sólo había ido una vez, pero no quería ir más porque se le hacía muy difícil, el ver a su padre entre aquellos muros.

           Pero hoy era diferente, aquellos ojos negros, había perdido su languidez y hoy chiporroteaban con una luz brillante. ¿Sabes?, me dijo, le han dado tres días de permiso para la semana que viene. Entendí el porqué de su alegría y de sus andares regocijantes mientras se alejaba con su hija pequeña de la mano. Me di cuenta que hay vidas que rezuman tragedias, pero hasta en ellas hay rincones para la alegría y la esperanza. Y estoy seguro de que esos tres días serán vividos, por ellos, como si fueran los últimos de su vida.