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           En uno de esos días que estuve en Madrid he tenido la gran oportunidad de visitar las interioridades de la Biblioteca Nacional. Situada junto a la plaza de Colón y por detrás de la fachada del museo Arqueológico, siempre me había ilusionado conocer este edificio.  

            Mi primer contacto con dicha Biblioteca fue a partir de una foto, que vi poco antes de entrar en la veintena, en la que aparecía una impresionante y grata sala de lectura donde el tamaño, la luz íntima y estructura que se veía, me  la hicieron parecer sumamente acogedora. Pocos años más tarde fui a conocerla y aproveché para hacerme socio, aún guardo ese carnet, de foto ya irreconocible, que renové cinco años más tarde. Al fin pude entrar y disfrutar del ambiente silencioso de aquella sala, cuya foto me atrajo, y más de una vez acudí por allí aprovechándola para estudiar las oposiciones que por entonces preparaba. 

               Me fui a vivir fuera de Madrid y unida a la caducidad del carnet, apareció la dificultad para entrar en la Biblioteca, ahora la entrada está restringida y sólo son admitidos determinados colectivos: investigadores, profesores… por lo que volver a aquel edificio lo tenía prácticamente vetado.

                Pero recientemente me surgió la posibilidad de hacer una visita, posibilidad que he aprovechado y disfrutado. Las medidas de seguridad son rigurosas lo que se agradece en un lugar en el que, para los amantes de los libros, hay almacenado un inmenso tesoro. La Biblioteca Nacional recibe ejemplares de todas las publicaciones: libros, películas, cds… que tienen depósito legal, unos setenta mil títulos anuales. Pudimos  entender el camino que seguían los libros que llegaban en camiones, las cajas se abren y se procede al reparto para su catalogación. Me llamó la atención el ambiente pesadamente silencioso con el que se trabajaba. Una vez catalogados se llevan al depósito. 

              El depósito es algo increíble, doce pisos con estanterías llenas de libros ordenadas en unos pasillos en los que tuve que agachar la cabeza para evitar golpearme. Libros modernos y otros viejísimos pude admirar en aquellas baldas. Me recordó a aquella escena del almacén de libros en “la sombra del viento” y saboreé ese momento único. Pasillos, escaleras, ascensores…A continuación visitamos las partes más nobles del edificio. Distintas salas de lecturas, y volví, tras muchos años, a aquella sala que bien conocía, vigilada por cuatro grandes relojes en cada esquina,  también pude visitar otras salas más modernas. Como si de un complejo laberinto se tratara a veces parecía, debido a su similar estructura, que volvíamos a atravesar la misma sala pero, fijándome, me daba cuenta de que eran diferentes. Por todos lados, silencio, gente de edades variadas trabajando sobre las mesas, algunos con sus portátiles, otros copiando en viejos cuadernos con letra cuidada y los trabajadores yendo de un lado a otro con unos movimientos, tan rápidos como suaves, que parecían hacerlos caminar unos centímetros sobre el valioso suelo italiano de madera. Hubo algún momento que contagiado por el ritmo sincopado en que parecía envolverse el tiempo en aquel lugar me hubiera apetecido sentarme en una mesa y sumergirme entre las páginas de algunos de aquellos libros. 

                Salí de allí empapado por la proximidad gozosa de tanto libro, como si hubiera estando circulando por un hermoso sueño. Al atravesar la puerta de la señorial e iluminada fachada, el aire fresco y el escándalo del tráfico que, a esas horas, circulaba por el Paseo de Recoletos, contribuyeron a despertarme.