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         Me encontré con ella el sábado por la noche, al doblar una esquina. Hacía tiempo que no la veía y la alegría de aquel encuentro hizo que me cubriera de besos. Percibí en su rostro una chispa diferente, jovial y hasta juvenil, a la que le había visto las últimas veces. Su cara resplandecía hendida por una sonrisa que la dividía por la mitad. Creí notar que flotaba en el aire y es que me confesó entre tímida y pícara que aquella era la noche de "su primera vez".

         Sí, después de sesenta años de matrimonio, lo había pasado muy mal en la enfermedad de su marido, dos años sin salir de su casa, y enviudado hacía dos meses. Pero hoy era la primera vez que salía a la calle por la noche, nunca lo había hecho y se había animado a salir con dos sobrinas. Quedó asombrada mirando aquel techo oscuro que en vez de bombillas tenía estrellas, no recordaba en los ochenta y siete años que tiene, cuando fue la última vez que la luna había iluminado sus pasos.