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            Cuando en los mapas meteorológicos se anunciaron las lluvias, acogí la noticia con cierto regocijo, teniendo en cuenta la escasez de precipitaciones  que estamos teniendo en los últimos meses. Lo que no recordaba, hacía tanto que no llovía, la influencia del agua sobre la cotidianeidad, porque en mi tierra llueve poco, pero cuando cae tiene dos características: llueve con la fuerza de una catarata, aquí desconocemos el orballu, y siempre de lado, lo que hace que los paraguas clásicos tengan poca eficacia.

           Al salir a la calle a la oscuridad de preamanecida se le añadía la de la cortina de agua que me fue empapando paulatinamente durante todo el camino hacia el trabajo. El trayecto no fue nada aburrido, porque tenía que hacer malabarismos con el paraguas, buscando en cada calle, la dirección del viento para evitar su rotura. Se ve que los semáforos no están acostumbrados tampoco a las borrascas y estaban todos apagados ocasionando un verdadero caos, a pesar de los pocos coches que circulaban a esas horas. Cuando llegué a la oficina lo primero que tuve que hacer es quitarme los pantalones y escurrirlos, tras  lo cual lo coloqué en una percha. No hubo ningún “conflicto” a esas horas porque estaba completamente solo y tengo guardado otros pantalones en el armario, preparados para tal eventualidad.

         A la hora del desayuno la peculiar algarabía cotidiana fue sustituida por el ruido de mi masticación ya que era el único que desayunaba, menos mal que el del bar tiene la casa pegada al mismo bar, que si no, capaz es de no abrir. Volví de nuevo chorreando a la oficina, aunque afortunadamente esta vez no me tuve que cambiar de pantalones…¡tampoco hubiera podido! y no tardé en darme cuenta que mi compañero de trabajo, como suele ser habitual en los días de lluvia, no aparecería.  

        La mañana resultó tranquila, las inundaciones intermitentes durante la mañana de la calle, parece que no ha animado a mucha gente a acercarse a la oficina. La mañana, por tanto, ha sido inusualmente solitaria.  ¡No imaginaba que la lluvia de hoy me iba a convertir en un eremita forzado pero mojado!