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     Nadie entendía el por qué de que en la decoración de mi renovado despacho, coloqué en un rincón aquel viejo escalón de granito, el último de la antigua escalera de la oficina.

     Nadie sabía cuántas veces aquel trozo de piedra, estéticamente feo, acudía a mi memoria evocándote a ti. Sí, rememoraba el primer día en que estuvimos allí juntos, cómo sentí aquel abrazo tan deseado, como firme y acogedor a un tiempo que sujetaba mi cuerpo, mientras éste tendía a derretirse entre tus dedos. Tu cuello desde la altura que te caracteriza se inclinaba, forzadamente hacia abajo, buscando la proximidad de mi rostro, hasta que...

      ...dando un paso atrás me subí en ese escalón, nuestro protagonista, alzándome en el aire hasta que por primera vez en mi vida, estando de pie, tuve tus ojos frente a los míos, con nuestros cuellos en paralelo sin ángulos forzados. Sentí tus manos a ambos lados de mi cara y, no sé como, sentí cómo mis labios escapaban hacia los tuyos, estallando ambos en nuestro primer beso de colores. ¿Cómo no voy a tenerle cariño a ese escalón?

         Además, cuando algún día el peso de mis preocupaciones hace hundir mi espalda más de la cuenta, me siento sobre él y el roce duro y granulado de su superficie, hace que me empape de ti y me levante con el ánimo adornado.