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         Al fin había llegado ese día soñado por él en que el deseo, perpetuamente anclado en su memoria, de encontrarse con ella, se iba a hacer realidad. Miraba impaciente las agujas del reloj, que a él le parecían, que se movían con lentitud de caracol y sentado frente a la ventana se impacientaba ante el brillo de un sol que no declinaba. Pasaron aquellas largas horas y con la noche llegó su alegría, ¡por fin se iba a encontrar con ella!

 

            Con paso lento, como saboreándolo, se dirigió por el pasillo hasta la puerta del dormitorio, abrió quedo la puerta, como si acaso temiera despertarla y la contempló hermosa sobre la cama. Dejó deslizar su pijama entre las piernas y acercó sus desnudeces hacia donde estaba ella. Se tumbó a su lado y muy despacio con la levedad de sus dedos se solazó en el tacto suave de su superficie. No dilató más la espera y tomándola en sus manos, con delicadeza, la colocó sobre su cuerpo, sintiendo su acogedora presencia. Se movió justo lo suficiente hasta que sus mutuas formas encajaron y así, ella sobre él, pasaron toda la noche.

 

            El amanecer lo pilló bañado en sudor y en un gesto brusco de sus piernas arrojó a ella, al suelo, fuera de la cama. Estaba claro que por mucho que estuviera en otoño y le apeteciera hacía todavía mucho calor para taparse con la manta.