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      Hubo un tiempo, muy distinto al de ahora, en que las cosas hoy habituales eran muy extrañas e incluso impensables, por ejemplo la democracia. En aquella época llegamos a pensar que era imprescindible cambiar el mundo en que vivíamos e incluso, con mayor o menor acierto y en la medida que pudimos, arrimamos nuestro hombro a ello. Aquella labor fue lenta y, en ocasiones, ardua. Muchos desaparecieron en aquel camino pero sobre todo y, eso fue lo más doloroso, se aniquilaron muchas ilusiones. Algo fundamental en aquellos años fue el estímulo de la música que ponía los cantautores.

            Entre aquellas voces siempre me gustaron la de este aragonés, músico, escritor, catedrático e que incluso llegó a ser político, que con aquellas canciones entonadas con aquella voz grave y profunda a la par que intensa en más de una ocasión logró emocionarme. En muchos actos, religiosos, sociales o políticos al final, a modo de himno, se entonaba la más famosa de sus canciones, el Canto a la libertad, todos de la mano y moviéndose al son de la música. Una canción que con el paso de los años suena siempre nueva, a pesar de que las circunstancias nos hagan preguntarnos más de una vez, si en muchas cosas no nos habremos equivocado.

            Cuando suena eso de “habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad”, nuestro ánimo se sigue sintiendo esperanzado. Especialmente siempre me ha gustado esa parte que dice “tal vez será posible que esa hermosa mañana ni tú, ni yo ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que empujarla para que pueda ser”. ¡Qué mejor herencia para nuestros hijos!

            Para muchos de mi generación la figura de este cantautor nos dice mucho, aunque otros más jóvenes sólo lo recordarán por aquellos paseos que daba en televisión por los caminos de España con su mochila al hombro. Descanse en paz José Antonio Labordeta, tus canciones seguirán sonando…