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        Hoy es el último día de octubre. Un mes que iniciamos con el ingenuo entusiasmo de un calor veraniego que esta vez se pudiera convertir en eterno y que terminamos hoy con esa hora de luz extraviada por el capricho humano de atrasar las agujas de los relojes. El viento,  al otro lado de mi ventana, agita con fuerza la rama de los árboles como queriendo provocar la caída de las hojas antes de tiempo, mientras silba con un acorde menor de película de terror. En este sur de clima benigno empezamos ya, cuando nuestros vecinos del norte hace tiempo que lo hicieron, a almacenar las camisas de manga corta en el fondo de los armarios y a dejar extrañamente vacíos los altillos tras airear sobre las camas esas mantas que siempre guardan un cierto tufillo a las apreturas en que estuvieron guardadas.

         Y es que el otoño siempre llega… Y sus luces y colores siempre me hacen soñar. Nunca he sabido por qué me retrotraen a aquellas tardes infantiles en que la noche se adueñaba de la calle antes de que con mi maleta regresara del colegio al seguro refugio de la casa familiar donde la merienda caliente me esperaba acogedora.  El tiempo otoñea y las ilusiones buscan un hueco en ese devenir cotidiano que obliga más a refugiarse entre los muros, para desarrollar esos talentos ocultos, que  el silencio siempre fluyen de una manera más sencilla. Llegarán las lluvias y los fríos y los bosques de tonos ocres darán lugar a las ramas paupérrimamente desnudas del invierno. La naturaleza, como nosotros, aparentemente calla en manifestaciones vitales, pero sólo será una transición que bien llevada nos conducirá un año más a ese gran milagro de la primavera, pero para ello no podemos despistarnos…