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…que monté en un avión fue cuando me subieron a uno, no precisamente por gusto,  para trasladarme a Canarias a hacer el servicio militar. La primera vez que navegué, me acordaba el otro día viendo una escena de una película, fue tras aprobar oposiciones e ir a tomar posesión mi primer destino.  Me enteré que había sido publicado en el BOE a través de una llamada de teléfono, en aquella época no se podía consultar por internet. Y así un cinco de julio, me vi navegando en un ferry en dirección a otro continente, tan cerca y tan lejos a la vez, con una bolsa grande en la que llevaba mis pertenencias. 

         El barco se deslizaba sobre las olas, con esa sensación de que cuando miras atrás empequeñece lo conocido y al mirar hacia delante cada vez se va acercando y haciendo más grande ese mundo desconocido en el que me iba a sumergir. Para acompañar aquella escena una gran tormenta, a pesar de estar en julio, me obligó a refugiarme bajo techo en aquellos sillones, frente aquel universo humano tan diferente al que yo conocía. Subí a un taxi y di la dirección de la oficina a la que me iba incorporar, mientras me sorprendí pensando cuando podría coger vacaciones. Al llegar allí todo me resultó extraño y ya no digo por los compañeros o el trabajo que no conocía, sino por el ambiente peculiar que aquella ciudad daba a todo lo que le rodeaba.  Busqué alojamiento en una pensión de aspecto dieciochochesco, donde en las advertencias previas me dijeron para que era el agua que llenaba la bañera: para lavarse o echar al retrete, ya que sólo se disponía de agua corriente en la ciudad de 8 de la mañana a 14,30 h. ¡Dónde había ido a parar…!

                Al día siguiente comentándolo con un compañero, me habló que se alojaba en casa de una señora que alquilaba habitaciones. Allí tenía la ventaja de que había depósito de agua en la azotea y agua corriente todo el día. Los alojados éramos cuatro, cada uno con nuestra habitación, que nuestra patrona aprovechándose de la dificultad de alquilar pisos, nos cobraba a precio de oro. E incluso aprovechaba, para ganar unas pesetas, cuando alguien se iba de fin de semana para re-alquilar la habitación. Todo un dineral que ganaba y que invertía con mala fortuna en sus partidas de bingo vespertinas.  Yo paraba bien poco en la casa y cuando lo hacía me encerraba con pestillo en el seguro refugio de mi habitación, porque cuando abría la puerta me podía encontrar con cualquier cosa. Como aquel día que me encontré con la figura sesentona de carnes ostentosas de mi patrona saliendo desnuda de la ducha o una noche en que me despertaron sus gritos cuando echaba a una prostituta de la  habitación de otro compañero, que no se enteró del asunto debido sueño profundo que le produjo la borrachera.

                En aquel castillo del terror aguanté durante un año y diez días, al menos todos los fines de semana huía de allí y los viernes hacía la navegación en sentido contrario aunque tuviera que volver el domingo por la noche, hasta que un concurso de traslados me hizo de manera definitiva regresar al viejo continente.  Ya hace casi veinticinco años de aquella postrera navegación de vuelta y nunca más he vuelto a navegar por aquellas aguas.