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         Tras rebuscar entre unos viejos papeles me apareció este dibujo que hice en aquel lejano abril de 1977 del santuario de Valdejimena en Salamanca. Al pararme ante esas líneas de boli negro que pretendieron retratar en una escena aquellas viejas piedras, brotan en torrente mis recuerdos de entonces. Era la primera vez que salía durante tanto tiempo, una semana, lejos de mi tierra sureña. Viajé en el exprés hasta Madrid y de allí seguí el viaje en autobús camino de Salamanca. Miraba expectante aquel paisaje de ancha meseta, novedoso, por la ventanilla y aquella sensación desconocida de sentirme “tan al Norte” me producía cierto vértigo, especialmente cuando atravesamos bajo el túnel de Guadarrama.

            Llegué a Salamanca ya por la tarde, me esperaban algunos amigos y me acompañaron al piso. Aquella noche dimos nuestro primer paseo por aquellas calles. ¡Qué poco imaginaba que mis ojos de asombrado turista se convertirían meses más tarde en los de un habitante más de aquella ciudad, que a partir de un determinado momento acabaría “enhechizándome”!

            Al día siguiente, un destartalado autobús nos conduciría a Valdejimena. Disfrutaba recorriendo aquellos campos de alrededor, nunca había visto tanta hierba o un rebaño de ovejas y contemplando aquellos árboles de enrevesadas formas que, en un principio pensé que eran olivos, pero que me dijeron que se llamaban encinas.Y en uno de aquellos ratos, en una plaza que tenía forma como para usarse para corridas de toros, sentado  en el suelo fui dibujando aquellas piedras sin pensar que alguna vez me serviría para acordarme de ellas. Recuerdo aquellos días con una mezcla de quietud y de sana alegría. Fue una experiencia maravillosa en la que ratos de reflexión y el apoyo entusiasta de aquellos jóvenes, casi todos con algún año mayor, que yo me ayudó a trenzar sueños para el futuro y a tomar decisiones que cambiarían mi vida, que acababa de salir no hacía mucho de la adolescencia. 

            Cuando terminamos aquellos días la mayoría se fueron de vacaciones y yo durante un par de días pude ir conociendo algunos rincones salmantinos y disfrutando de una Semana Santa que no tenía nada que ver con la de mi Andalucía, ni siquiera en las temperaturas. Me asombré al darme cuenta que se podía estar, andando por la calle, a temperaturas inferiores a cero grados sin que el cuerpo se quedara congelado.  El sábado santo 9 de abril, mientras estaba en el salón de aquel piso, en el que luego pasé cuatro años de mi vida estudiantil, apareció en aquella televisión en blanco y negro Adolfo Suárez para anunciar la legalización del partido comunista. Me fui a la cama, no me acababa de acostumbrar al hecho de dormir con calefacción, con una doble sensación, que luego se ha cumplido, que aquellos días iban a ser el inicio de una etapa tan fundamental para el resto de mi vida como lo iba a ser para la historia de España.