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         Sus pies, tras aquellos andares cansinos que había realizado Agustín por toda la playa,  se detuvieron frente a la orilla. Aquel era un buen sitio, se dijo sin palabras. Y dejando los bártulos que llevaba sobre la arena procedió, con esa tranquilidad paciente adquirida en sus largos años embarcado como marinero, a abrir la silla y montar las dos largas cañas de carrete que llevaba. El sol, a punto de esconderse tras el horizonte, había perdido el fulgor del día y teñía la escena de brillos sosegadamente tenues.  Algunas gaviotas se posaban sobre la arena, aprovechando la ausencia de gente.

           Un “buenas tardes”, contestado instantáneamente por él, le interrumpió en su cuidadosa labor de enganchar un camarón en el anzuelo.  Una chica, cómo de unos veinte años, de cara pecosa y pelo rizado observaba sus movimientos de pescador.  La chica dejó sobre la arena su mochila  y se sentó, cerca de él, alternando su mirada entre la placidez vespertina del mar y el ajetreo de cañas y cebos que se traía Agustín. Éste lanzó el aparejo al mar que con un ágil movimiento impactó en el mar, hundiéndose bajo el agua.  Repitió los gestos e hizo un lanzamiento con la segunda caña. Se sentó en la silla acomodando sus maltrechos riñones y alejó su vista a los extremos del sedal, cuando las sombras ya, atenuadas por las luces del paseo marítimo, iban devorando poco a poco la playa. La chica siguió allí, de vez en cuando cambiaba de postura, apoyaba sus brazos en la arena o estiraba las piernas.  El silencio fue invadiendo la escena, sólo roto por el ruido de los carretes en las recogidas y lanzadas de aquellos anzuelos, cuya carnada,  los peces iban engullendo limpia y sucesivamente. Agustín sacó un bocadillo y le hizo un gesto a la chica de si quería, que negó silenciosamente con la cabeza. Hizo una bola con el papel de plata y lo metió en la bolsa de plástico.  Comenzaba a hacer frío y la chica sacando una chaqueta verde del interior de la mochila, se la puso sobre su camiseta. 

          Y en esta monotonía ambiental fue transcurriendo la noche, hasta que poco después de las cinco de la mañana un tirón fuerte de la caña, los sacó de su ensimismamiento. Ambos a un tiempo se pusieron de pie. Agustín agarró la caña y fue recogiendo sedal muy lentamente, mientras escuchaba el  chapoteo del pescado que había atrapado. Cuando lo tuvo entre sus manos, vio que era una mojarra de unos trescientos gramos, escuchó un grito de “bien” a sus espaldas, le quitó el anzuelo y lo dejó en la cesta que gracias a aquel pescado dejaba de estar vacía.  No hubo más sobresaltos, aunque sí alguna cabezada casi imperceptible, hasta que sobre las seis media empezó a amanecer. A la chica debió gustarle  ver como se alargaban sus sombras con aquella luz, porque sacó su móvil para inmortalizar el instante y aprovechó para beber un trago de agua.  Agustín comenzaba a estar cansado, pero aguantó hasta las siete y media en que de la misma manera sosegada en la que vino fue recogiéndolo todo.  La chica lo observaba de vez en cuando. Cuando terminó de recoger fue a decirle adiós a la chica, mientras ésta se levantaba y se sacudía la arena adherida en sus pantalones cuando ésta se le adelantó diciéndole:

-Siempre me ha resultado admirable la paciencia que tienen ustedes los pescadores…

         Él abrió mucho los ojos, con cierta sorpresa, y haciendo un gesto con la cabeza, se dio la vuelta y emprendió despacio el regreso hacia su casa. ¡Hoy almorzaría mojarra!