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       Primera novela de César Pérez Gellida (Valladolida,1974) . El título es una expresión latina  que significa “recuerda que morirás”.  Es una intriga policíaca en la que actúa un inteligente asesino en serie, la trama se desarrolla en lugares reconocibles y habituales de la ciudad de Valladolid.

                La acción se inicia en septiembre del 2010 cuando Ramiro Sancho, inspector de homicidios de Valladolid, debe enfrentarse al asesinato de una joven ecuatoriana. El  cadáver al que se le han recortado los párpados, aparece entre unos matorrales junto al río y en su boca aparece un poema escrito por el asesino. El hecho de que sea una víctima casual, sin móvil aparente, complica la labor de investigación. El inspector sufre  la burla de un asesino que parece jugar con él y, a la vez, tendrá que aguantar las presiones de sus jefes que exigen una rápida resolución del caso. Un caso que empieza a complicarse, cuando se suceden nuevos asesinatos, siempre cuidadosamente ejecutados y acompañados de un poema cada uno.

                Las escenas se van alternando entre la dificultad de la investigación policial y los pasos, siempre fríos y meticulosos que va dando el sicópata a quien le gusta “jugar” y arriesgarse le sube su adrenalina.  Una banda original compuesta de distintas canciones atraviesa toda la narración. Personajes bien diseñados: sufren, se enamoran, asesinan y cargan con sus  angustias y contradicciones. Los diálogos son ágiles e inteligentes, especialmente los que se desarrollan entre el inspector Sancho y el sicólogo “Cara pocha”. Acabé atrapado en el argumento y sin poder parar de leer cuando la historia se acercaba al final.

       “Pisó suelo sagrado. Culpó a la baja temperatura del interior por  el escalofrío que recorrió su columna con el billete de ida y vuelta. Había poca luz y un rumor de susurros rebotaba en los muros de piedra del templo. El aroma de la cera derretida intensificado por la fría humedad ambiental se imponía en la atmósfera del lugar. Se detuvo para hacerse una composición del lugar. Entraba luz natural por las ventanas ojivales del ábside central y a través de los dos grandes rosetones que remataban el crucero. También contaba con luz artificial que nacía de las columnas que separan la nave central de las laterales. Tenía que buscar una zona escasamente  iluminada y con el ángulo correcto para tener acceso visual a los rostros afligidos de los que ya empezaban a ocupar los primeros bancos de la iglesia. Se desplazó hacia la nave lateral situada frente a la puerta de entrada y se apoyó contra una pared desnuda. Las velas que tenía a su izquierda le distrajeron durante unos instantes. Una vela, un alma. Ora pro nobis."