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             No, me refiero a ese grupo de personas que sobrevive ante una tragedia puntual sino a los que cotidianamente siguen hacia delante, a pesar de las zancadillas a los que la vida les somete. Por razones laborales me encuentro, habitualmente, con muchos de ellos. Un hombre de poco más de cuarenta años que con cuatrocientos euros debe sacar adelante a una casa de tres hijos. Parejas de ancianos que con muchos achaques y poco dinero, intentan con una exigua pensión echar una mano en casa de los hijos. Una joven que convive con su padre y que, tras morir él, se queda sin nada absolutamente.

            Casos de estos me sorprenden todos los días y te das cuenta cómo en medio de ese universo hay una verdadera casta de supervivientes. No sé cómo, pero se las avían para salir adelante, buscan y rebuscan en el supermercado de la vida y logran encontrar esos productos que los demás ni sospecharíamos que existen y, sobre todo, no pierden la sonrisa. Lo que más me gusta es, como cuando esta mañana, una viuda con un hijo adolescente comparte su alegría conmigo y me cuenta emocionada con lágrimas en los ojos cómo había conseguido, al fin, irse a vivir a un piso. Habían vivido, hasta entonces, en una habitación de una casa de vecinos y por primera vez en su vida, iban a tener su hijo un cuarto y ella otro. Cuando conozco estas historias, pienso:  ¿podemos quejarnos nosotros?