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     Él no era diferente a sus compañeros, pero tenía esa especial soberbia de los que se creen mejor que el resto. Sentía que su estilizada figura destacaba sobre los demás. Cuando Él veía a Ella no dejaba de mirarla con deseo. Su piel blanca y levemente sonrosada, sus ondulaciones y curvas no le daban sosiego a su espíritu. Soñaba con aquel deseado momento en que se encontraría con Ella.

     Al fin, un día, atraído por una fuerza irresistible se notó acercándose a ella. Ella permaneció quieta, esperándole, mientras le mostraba la más hermosa de sus oquedades. Él se aproximó, primero con suavidad, y fue acariciando aquella sedosa piel. Él se notaba duro. Poco a poco y con un movimiento no exento de cierta ternura aquella hermosa puntita suya se introdujo en Ella, apreciando su humedad. Ella pareció temblar levemente al sentir aquel contacto. Él notó que ella disfrutaba, lo que le llevó a activar sus movimientos de entrada y salida. Esa aceleración creció, incluso, sin lógica. Hasta que en un determinado momento él se detuvo súbitamente y quedó quieto en su interior.

     Allí permaneció hasta que el otorrino de guardia sacó aquel bastoncito que se resistía a salir del interior de aquella oreja.