20060515174151-manopalo.jpg

-Dale más fuerte-le gritaban a Él.

-Así. ¡Venga con ganas! ¡Qué se note que eres un hombre!- le animaba alborozado otro vecino.       

            Él, animado por aquel grupo coral, armado de un palo le golpeaba a ella sin miramientos. Una y otra vez, como con rabia contenida. Ahora por delante, ahora por detrás y cada golpe sonaba sobre ella como un apagado tamtam. Con la cabeza gacha y las manos crispadas sobre el palo en alto descargaba toda la furia que encerraba.      

             Entonces la voz de Ella sonó desde dentro de la casa:

-Venga pasmarote ¿o te vas a pasar toda la tarde para sacudir una alfombra? Vente ya para dentro que tienes muchas cosas que hacer aquí.  

             El se detuvo de manera súbita, soltó el palo, y recogió la alfombra, que había estado sacudiendo, para ponerla sobre el hombro. Al girarse se le pudo ver que del ojo, que no tenía hinchado por el moratón, brotó una lágrima que lentamente resbaló por su mejilla. Sus pasos arrastrados le condujeron a la casa con la misma mansedumbre que un cordero es llevado al matadero.