Así empezaba una conocida canción francesa en aquellos tiempos que en el sistema educativo aprendíamos poesías y canciones en francés, a veces incluso antes de saber lo que significaban. Yo no acababa de entender en esta canción como se puede perder el DO de un clarinete. ¿A dónde habría ido a parar? Recordaba esto cuando el otro día leía en un artículo de Andrés Trapiello que se le había perdido una palabra. Una palabra que encontró en un libro de Unamuno, intentó luego recordarla pero yació perdida hasta que años después reapareció de nuevo.

     Y hablando de pérdidas he estado varias semanas preocupado por que me desapareció un relato que estaba escribiendo y del que llevaba ya escrito once folios. La pérdida de un relato es algo que me duele. Las palabras están dentro de nuestra cabeza en alegre mezcolanza y es todo un trabajo artesano el ir recuperándolas, separarlas y darles un lugar en las frases. Sentía que las horas que había dedicado a ello, el trabajo de documentación que había realizado y la mayor o menor calidad del texto se habían desintegrado en la nada. Rebusqué en el pc, registré una copia de seguridad que tengo...y nada...totalmente desaparecido. Además es que parece que actualmente como un texto no esté en un disco duro en la práctica no existe. Al fin, se me ocurrió una idea, estuve registrando en viejos papeles y ahí apareció el relato. Me dio mucha alegría encontrarme con él. Ahora tendré que teclearlo entero, pero no importa, las ideas, el genio de aquellos momentos está en sus frases.

     Para escribir bien estoy convencido que se necesita, aparte de las cualidades personales, el esfuerzo de muchas horas. Muchas de las frases geniales que podemos plasmar sobre el papel en blanco figuran en una caja fuerte que tenemos interiormente, lo que ocurre es que la mayoría de las veces hemos perdido la combinación y sólo es posible abrirla con mucha paciencia y tesón.