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              Últimamente circunstancias personales me han hecho toparme con gente que tenía prebendas colgadas en el pecho como el que luce las medallas a los ojos de todos en los desfiles. Pertenecen a una determinada clase social que nunca consentirían explícitamente el sistema de castas como el que existe en otros países, pero que con sus actitudes y modos hacen lo posible por perpetuarlo en nuestra sociedad.

               Son esos que cuando se les pretende aplicar la misma vara o norma que al resto de los mortales suelen sacar aquella frase que era tan habitual en nuestro país en años pretéritos: ¡No sabe con quién está usted hablando! Y pobre de aquel que intente ponerle alguna limitación, recibirá una llamada de su superior recriminándole: Pero ¡cómo se le ha ocurrido! Sus cuentas corrientes son abultadas tanto las blancas como las negras. Su ideología es lo de menos, los hay en todo el abanico político no depende tanto de la postura política como de la que tome ante la vida. Gastan muy poco, por eso suelen tener tanto dinero. No pagan entradas, siempre van invitados a los mejores lugares por otros de la misma casta. Entre ellos se piropean, se homenajean y se distinguen. Les hacen multitud de regalos sobre todo de aquellos que ellos miran por debajo del hombro y que sin embargo esperan recoger algún favor o migaja. No suelen usar el transporte público, su vehículo, su teléfono, su vivienda, lo que no saben que, incluso, su prestigio suele ir a costa de la empresa o de los contribuyentes. Creen que el mundo va de maravillas gracias a ellos y están ignorantes de lo que les rodea gracias a toda una cohorte de pelotas que se encargan de que así lo parezca.  Qué difícil es para el que vive así considerarse uno más de los habitantes de este planeta y educar la sensibilidad hacia aquellas personas que ellos suponen en ese escalón artificial de más abajo.

          No saben que puede llegar un día en que un viento fuerte le arranque esas prebendas y como un Adán en el paraíso se sienta desnudo frente al mundo. Y si a pesar de todo mantiene a todas ellas colgadas en su pecho hasta su muerte, ya habrá alguno mientras empuje su ataúd , esboce una sonrisa, pensando en las prebendas que, ahora, le toca heredar.