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             Tras cinco horas de tren, la proximidad de mi estación de destino hizo que me preparara y me dirigiera hacia la plataforma del vagón. También mi compañero de asiento, con el que sólo había cruzado durante todo el viaje unos educados buenos días, hizo lo propio. Aquel estrecho espacio nos impulsó a hablar y a preocupamos por las razones de nuestros respectivos viajes y, entonces, me enteré que vivía en Madrid, era profesor universitario y poeta, que venía a un congreso literario, que conocía a muchos escritores y que teníamos algunos amigos comunes….

             Sólo fueron siete minutos de atractiva y animada charla. pero cuando al estrecharnos las manos nos despedimos en aquel andén, me alejé viendo como se perdía en la distancia. Y entonces pensé que cuántas veces nos encontramos, en nuestra vida, con personas interesantes pero ésta, egoísta, con sus tretas, sólo nos concede dedicarles, como ahora, siete minutos.