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            Cada noche cuando el atardecer se va convirtiendo en recuerdo y las agujas del reloj tienden a confundirse en una sola, mis pies cansados por el peso del día me conducen hacia la cama. La luz de la lámpara ilumina el, hasta un instante antes, oscuro dormitorio y con su brillo tenue acompasa mis movimientos hasta que mi cuerpo se expande en horizontal. Esa transformación de la habitual verticalidad del día a la horizontalidad de la noche, hace que un súbito sosiego me invada mientras cada centímetro de mi cuerpo se acomoda, poco a poco, en su lugar sobre el colchón. El libro sobre la mesa de noche y semejando unas alas abiertas se desplaza sobre mi pecho, mientras las gafas sobre la nariz conducen mi mirada hacia su interior.

 

            El tiempo se detiene. Aventuras, emociones, silencios, evocaciones…van tomando cuerpo en mi interior, desnudo de argumentos razonables, y una sensación grata me colorea por dentro, hasta que avanzadas las agujas, el parpadeo insistente de mis ojos me provoca un tenue sopor. Tengo justo el tiempo de dejar las gafas sobre la mesa de noche a la par que el libro inicia su vuelo. Apago la luz y mientras la cabeza encuentra su habitual acomodo sobre la almohada, mis ojos se cierran y, entonces en esta oscuridad, es cuando a su través veo con nitidez aquello que estuve buscando, sin encontrarlo, en muchos momentos a lo largo del día.