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         Gratis es una palabra que nos atrae, como un imán lo hace con las limaduras de hierro, de una manera irremisible. La gratuidad debe ser un valor atávico que se remonta a la época del Paraíso, cuando lo que crecía era la fruta en los árboles en vez de los precios y la inflación. Esa cultura de sin esfuerzo obtener algo sigue viva en nuestros días y, además, parece que las cosas así obtenidas, sin dinero a cambio tienen un valor añadido.

           Nada más que hay que ver en mi tierra esas fiestas gastronómicas de Carnaval donde reparten gratuitamente ya sean erizos de mar, pestiños o cualquier otro manjar, las colas eternas que se forman independientemente de la climatología, todo sea por ese plato lleno, aunque sea de pie, a empujones y a una hora que más bien debía ser ya de la digestión después de tanta cola. O esos pensionistas que manejan las recetas en baraja, con la habilidad de un tahúr y que si se les pierde o regalan al vecino una, no les importa volver al día siguiente al médico por otra de esas barajas rojas. Esos libros que por una u otra razón, regalan con el periódico y que hasta los que no leen nunca acuden tempranos al kiosco para no perder un ejemplar que nunca leerán y acabará arrumbado sobre una polvorienta estantería.

             Y aquí entran también los políticos que reparten dádivas gratuitas, como medida de recoger votos y perpetuarse todo lo posible, con el dinero de todos. Porque, me pregunto yo, ¿por qué tengo que pagar con mi dinero esos 2.500 € que se dan ahora por nacimiento del hijo o libros de estudios gratuitos a gente que tiene muchísimo más dinero que yo? Lo políticamente correcto es decir que son unas maravillosas medidas sociales, cuando lo serían en realidad si, efectivamente, ayudaran a reducir las desigualdades sociales dándoselas a los que en verdad lo necesitan.

             Creo que debemos repensarnos las gratuidades, en una sociedad como la nuestra todo se paga, y si no lo hace el que lo disfruta es porque otro lo está haciendo. A veces, el simple hecho de que algo costara 50 céntimos, si en verdad no es necesario, nos haría pensar si gastarlos. ¿Es acaso ese dinero el que sería necesario para detenernos, un momento, a pensar si consumimos razonablemente?