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     Siempre hay una línea que nos separa, por medio, de los otros. También desde que él y ella se conocieron  hubo una línea que los separaba. No tenía colores, ni era material,  era sin medidas y carecía de costuras, pero...era una línea. A cada uno aquella línea le parecía algo diferente. Él en principio la veía como un gran precipicio, que podría tragarlo irremisiblemente cuando intentara acercarse a ella más de la cuenta. Ella la veía como una valla natural que la protegía de cualquiera de los embates que le pudieran llegar del exterior y que controlaban, siempre avizor, sus fieles cocodrilos.

El cariño empezó a surgir a ambos lados de aquella línea. Él daba pequeños pasos que cargaba de ternura y, a medida que se iba acercando a lo que pensaba era el borde del precipicio, éste iba empequeñeciendo hasta casi disolverse. Él la contempló a ella ya muy cerca. Ella fue consciente y gustó de aquellos pasos enredados que le hacían sentir, paulatinamente, la proximidad de él. Sus fieros cocodrilos se amansaron ya que perdieron su razón de ser, se dieron cuenta de que no necesitaban protegerla de él, todo lo contrario, se volvieron juguetones y alentaron a que la línea se convirtiera en un espejismo de tan a gusto que ella se empezó a sentir. Un sentimiento que fue mutuo y la proximidad entre él y ella se convirtió en un goce compartido.

Pero la línea seguía allí. Ahora era trazada con tinta indeleble,en parte por las circunstancias que vivían  y en parte por las circunstancias que sentían. Lo que no estaba nada claro era donde quedaba situada, finalmente, esa línea. Ella lo tenía muy claro...o creía tenerlo, pero cuando los mimos de él hacían que la línea que pasaba por en medio de ellos, casi imperceptiblemente, se deslizara a los labios o a los pechos de ella, las agitaciones de sus curvas llegaban, en algún momento, a convertirla en invisible.

Y en esto andan, él, ella y la línea que unas veces se cruza, otra se diluye y alguna otra vez se enrosca en torno a sus cuerpos aproximándolos hasta un extremo que nunca imaginaron. Y así se han tenido que acostumbrar, él y ella a este "ménage a trois" en sus vidas, disfrutando del mismo y que sean las agujas del reloj, las que finalmente hagan con esa línea lo que le dé la puñetera gana.