20090617201455-labioscerezas.jpg

         Parecía un día cualquiera y tras el amanecer la luz del sol fue dando un brillo creciente a los colores, hermoseándolos. Pero no, aquel era un día muy especial y, al recordar el motivo, embelleció, como sólo sabe hacerlo una sonrisa, su rostro de mujer madura. Deslizó juguetonamente su escueto camisón a través de su piel y con una hábil patada al aire lo lanzó a la cama. Se introdujo en la ducha y bajo su chorro de agua fresca se sintió revivir con aquella humedad que desperezaba su piel. Tras secarse sin prisas, dejando que la toalla se posara  muy despacio sobre su piel húmeda, se miró al espejo y se vio más joven y guapa que el día anterior, como si aquella mañana una niebla amnésica hubiera deshecho el cúmulo de preocupaciones, que habitualmente le acompañaban, como un pesado fardo. Sacó del armario la caja donde tenía guardado un conjunto de lencería verde oliva, sin estrenar, que reservaba para este día y disfrutó de ese momento en que aquella fina tela abrazó sus formas. Sacó sus pinturas del cajón y las desplegó como un inmenso arco iris por la encimera del lavabo.

         Estaba dispuesta a quedar relucientemente maquillada. Primero se dio una base para cubrir las imperfecciones y luego añadió el corrector, empezando por el oscuro para bordear y definir rasgos y luego el más claro para resaltarlo. Dio brillo a sus ojos negros con el iluminador, oscureciéndolo primero con una sombra suave en el párpado y trazando una línea negra bajo las pestañas que difuminó con los dedos. A las cejas les aplicó polvo y después cera para peinar y moldear el vello y en las pestañas, antes de peinarlas, les aplicó capas de máscara negra para reforzar su mirada.  Coronó aquel rato de “bellas artes” exfoliando sus labios antes de maquillarlos con un lápiz de labios rojo con los que los convirtió en frescos y sumamente deseables. Cogió una pintura complementaria con la de los labios y dedicó un buen rato a ornar sus veinte uñas con un mismo color. Feliz con el resultado descolgó del armario un vestido de gasa de vivos colores que tras colgar sobre sus hombros fue dibujando las líneas de su cuerpo mientras el aire jugueteaba con él en variadas cabriolas. Entremetió sus dedos para aventar su corta melena y se la atusó con una simple pasada del peine. Alzó los pies sobre unos “manolos” saliendo de casa cuando el reloj de la torre marcaba las 9 de la mañana. Sonrió, había calculado el tiempo necesario para arreglarse con suma perfección.

          Agradeció el aire de la calle mientras desplazaba su cuerpo oscilándolo con movimientos de princesa. Aunque ella no lo reconocería, tenía algunos nervios agarrados al estómago, lo que un observador perspicaz hubiera traducido por una casi imperceptible curvatura de su cuerpo al caminar. Su sensibilidad era tal que hubiera distinguido bajo la suela de los zapatos si hubiera pisado a una hormiga. No tardó mucho en llegar a donde iba: la puerta de la frutería. Aún no estaba abierta, el frutero estaba dentro colocando las cajas y ordenando la mercancía. A través de las rejas un fragante aroma a frutas la envolvió.  Como quien espera reencontrarse con un lejano amor, su mirada ávida rastreaba la penumbra del interior en esa búsqueda anhelante que hacía de hoy un día diferente: ¡el frutero le había dicho que tendría la primera caja de cerezas de la temporada!

          A ella, la espera se le hizo interminable pero al fin la reja se abrió y  entró al interior con lo que el aroma, más intenso, se acompañaba ahora de aquella imagen, siempre hermosa, de frutas de variados colores y de pieles brillantes   que se le ofrecía mimosamente a sus ojos. Su vista recorrió con rapidez las cajas, temiendo que no las tuviera pero ¡allí estaban! En una esquina había una caja donde se amontonaban con esas tonalidades tan variadas que da la naturaleza del rosado, al rojo, del fucsia al lila, agolpadas sin orden ni concierto con un cartel colocado: cerezas del valle del Jerte.

          Le tendió al frutero una bolsa de papel marrón que llevaba para que le echara un kilogramo de cerezas, sin preocuparse del alto precio que tenían al ser las primeras de la temporada… llevaba meses sin comerlas y ¡no aguantaba más sin llevarlas a la boca!

          Salió de la frutería como quien camina con pasos alados, mientras apretaba firme entre sus dedos aquella bolsa de papel en la que semejaba llevar un tesoro de inapreciable valor. Llegó a su casa sin detenerse a  esperar el ascensor, tal era su impaciencia, subiendo los escalones de dos en dos.  Dejó la bolsa sobre la mesa del salón y antes de abrirla trajo un cuenco con agua  y se sentó frente a la ventana. La vació sobre un plato y contempló como aquellas “perlas” brillantes entrechocaban entre sí. Disfrutaba pacientemente con aquel lento ritual que, mientras más postergaba su placer más acrecentaba su deseo. Hundió sus dedos en aquel océano de, sólo aparentemente, formas esféricas en que el color de sus uñas se confundía y la piel de sus manos gustaba de la lisura de aquellas pieles rojas. Acercó, a continuación, sus manos a su nariz,  cerrando los ojos como si eso le permitiera aspirar con más intensidad. Aquel siempre bienvenido olor le evocaba a sus años infantiles en los que recorría los campos “nevados” de su abuelo, así los llamaba ella desde que los vio la primera vez lleno de árboles cubiertos con su característica flor blanca.

          Masajeó sus manos un rato más en aquel plato, hasta que, al fin se decidió a coger la primera pareja de cerezas o guindas, como le gustaba llamarlas a ella. La sacó del montón tirando suavemente del rabillo verde que las unía y las contempló con delectación en ese contraste que las hacía destacar sobre el fondo luminoso de la ventana. Las contemplaba en esa oscilación  leve en la que pendían en el aire y que le semejaban dos péndulos de movimientos caprichosos. Aquel momento de observación distrajo su tensión y relajó el tacto tenue con que sus dedos sujetaban el rabillo y se soltaron yendo a caer, casualmente una de las cerezas en el interior de su escote quedando la otra, por fuera, a modo de un elegante broche  natural. Como un acto reflejo tiró hacia arriba de la que asomaba sintiendo un ligero estremecimiento al sentir el ascenso de la cereza sobre su pecho. Le gustó y en vez de sacarla de una vez se distrajo durante unos minutos en ese movimiento de vaivén que le hizo sentir escalofríos y poner sus vellos de punta. Al fin, dio un tirón más fuerte de lo habitual para eludir ese momento que tendía a perpetuarse y volvió a tener las dos cerezas colgando en el aire y como quien participa en una operación de rescate las condujo hasta aterrizarlas en el cuenco lleno de agua.

         Las sumergió y, por un momento, en aquel día de calor sofocante sintió cierta envidia al ver como se desdibujaban sus formas bajo el agua y adquirían ese matiz admirablemente suculento que les añadía la humedad. Tras tantos prolegómenos estaba ansiando probarlas, ya no podía oponerse más a ese deseo. Despacio con suavidad alzó aquel par de cerezas y tras levantar la barbilla y cerrar los ojos abrió su boca y dando un leve tirón de aquel rabillo verde atrapó la cereza cerrando los dientes, sintiendo, por primera vez en tanto tiempo, la caricia sabrosa de su piel. El rabillo ahora había quedado con una sola cereza, en modo asimétrico, que volvió a sumergirla en el cuenco. En cuanto a la otra la meció en su lengua, dilatando aquel momento, paladeándola a modo de un caramelo, mientras transitaba por todos los rincones de su boca. Ya no pudo resistirlo más y con un ágil movimiento desplazó aquel fruto a la parte izquierda de la boca y colocándolo entre las muelas, presionó éstas con estudiada intensidad hasta que sintió como se rasgaba su superficie exterior y esparcía su dulce sabor interior en manantiales nutricios. Era capaz de imaginar como aquel fluido rojo oscurecía la lengua a medida que avanzaba y se extendía, despertando todas sus papilas gustativas hasta que se canalizaba por la cavidad que daba entrada a su garganta. Hábilmente con su lengua desprendió el hueso y maceró parsimoniosamente, con el movimiento conjunto de sus maxilares, cada partícula carnosa exprimiendo el más oculto de sus sabores. El hueso quedó en la boca ahora aislado y recibiendo succionados insistentes lo dejaron desprovisto de todo. Escupido certeramente, cayó con un ruido seco, sobre un cenicero de alabastro sobre el que nunca se había vertido ceniza. Miró al frente por aquella abertura a la calle y distrajo su mirada sobre una pareja de petirrojos que sobre el tejado de una casa que remoloneaban mimosamente entre ellos, se aflojó y disfrutó de ese sabor que fue invadiendo su cuerpo como si se tratara de un beneficioso virus.

          De nuevo alargó su mano al cuenco y sacó la guinda que ya había absorbido la humedad y el proceso de deglución se repitió con el mismo lánguido procedimiento. No es difícil imaginar que a estas velocidades y con esta capacidad de disfrute sabroso, el proceso de desaparición de aquel kilogramo de cerezas se extendió a lo largo de muchas horas de aquel día. Mientras eso ocurría y aquellos sabores iban empapándola, ella pensaba, divagaba, reflexionaba sobre sí misma y se imponía metas de cambio a partir del día siguiente. La postrera guinda coincidió con la visión del sol que en tonos rojizos finalizaba su recorrido de aquel día. Ella, tras tragarla y con aquella imagen, cual cereza gigante que se ocultaba tras el horizonte, sufrió una especie de catarsis que le produjo un sosegante sueño. Un momento antes de que sus ojos se cerraran no le costó darse cuenta que al día siguiente, un año más tras el primer día del saboreo de las cerezas, tendría que ir a Urgencias a que le hicieran un lavado de estómago, pero es que…¡le gustaban tanto!