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        Aquella mañana, al levantarme de la cama, percibí algo extraño. Mis movimientos iniciales disimétricos, me informaban de que algo insólito me estaba sucediendo. Aquella sensación, se transformó en pocos minutos en una simple percepción y, por ello, no tardé en olvidarme de aquel leve estremecimiento que me había sacudido al inicio de mi jornada.

         El día siguió como otro cualquiera y en él viví los retazos cotidianos de trabajo, de sonrisas, de olvidos y de sueños. Sobre todo, era en aquellos momentos en que deambulaba por la calle, cuando, tenuemente, me volvía aquella extrañeza inicial acentuada por la presencia constante de aquella pareja, que de manera insistente no se separaba de mí. Ni siquiera los ratos de comida o aquellos en que charlaba con alguien, conseguían hacerme olvidar que algo me ocurría. 

            Coincidió la desaparición de la luz solar con mi llegada a casa. Me senté en la cama, con el alivio del fin del día y procedí a quitarme los zapatos y, entonces fue, cuando al depositarlos en paralelo sobre el suelo, me di cuenta que ¡había pasado todo el día con un par de zapatos diferentes!