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Dos  ancianos, Joan y Soledad, vestidos de boda y abrazados son encontrados muertos en un piso de Barcelona. Lo que más llama la atención es que, aparentemente, no se conocían. Andreu, hijo de Joan, y Aurora, hija de Soledad,  cada uno por su lado empiezan a investigar el pasado de sus padres y van descubriendo que había muchas cosas que desconocían sobre sus vidas, quizás las más fundamentales.

La búsqueda es complicada porque les llevará a una historia ocurrida más de sesenta años antes, en la que no sólo los protagonistas están muertos sino que los demás personajes, recuerdos y paisajes, aparecen sumamente desvaídos, cuando no desaparecidos, por la pátina del tiempo. Estas indagaciones le harán surcar el océano y atravesar unas fronteras personales que nunca imaginaron.

Una bonita historia, bien hilvanada por Angela Becerra, de amores intensos y desencuentros insistentes. A través de toda ella se filtran los sones musicales de un piano, que resuena constantemente, a través de los dedos de tres generaciones de las respectivas familias y un amor que no sólo sigue vivo durante tantos años sino que se prolonga más allá de la vida de sus protagonistas. 

  “Su boca se acercó húmeda de aliento hasta posarse en los párpados cerrados de la mujer de viento. Un beso ingrávido suspendido en un hilo de seda.

            Quería sentirla sin romperla. Temía que aquella pasión se le desbocara como caballo nocturno, pero no pudo evitarlo. Por lo menos no sus dedos, que resbalaron desde el cuello blanquísimo, nacimiento de piel palpitante, hasta rozar el centro del escote, metiéndose entre dos montañas de piel que se erguían respondiendo vivas.

             Aurora, que no podía abrir los ojos, inmovilizada como estaba de placer, sentía aquellos dedos como diminutos pájaros en fuga dentro de su corpiño; teñían de ansias con sus plumas rojas no sólo las zonas tocadas, sino los lugares más impenetrables de su cuerpo. Aún no se habían besado y ya su piel se le caía en suspiros. No podías detenerlo. Sabía que sólo bastaba una palabra, su propia mano o una mirada abierta para impedir que la tocara, pero su voluntad no la escuchaba; había desplegado por fin sus alas y volaba por encima de ella misma…enseñándole el placer del primer vuelo.”

 “-Dejame amarte con los ojos.

            Lo dejó.

            Sus ojos se convirtieron en sus manos. Nunca lo había hecho así. Empezó a desvestirla con aquel verde húmedo que concentraba todas sus ansias: primero la tomó desde el alma. Palmo a palmo, botón a botón, fue desatando el vestido de su espíritu hasta tocar con sus ojos aquella piel escondida y poseerla. Después, su mirada se hundió en su pensamiento. Entrando y saliendo.. entrando y saliendo, despacio, sin prisas. Sintiéndola sin tiempo. Nada lo esperaba y lo esperaba todo. Sus ojos rebuscaron entre los pliegues femeninos de sus miedos y pudores, hasta encontrar la llave y liberarla… Ahora la sentía rotundamente desnuda en su vestido negro. Libre, bella, plena… Una aurora boreal encendida. Sólo con sus ojos. Sí, podía amarla sólo con sus ojos.

         Aurora sentía su cuerpo en llamas. Su mirada quemaba, humedecía, esclavizaba, hundía, elevaba…elevaba... La hacía sentir viva.”