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       Entiendo que muchos estén esperando este mes como “agua de agosto” para disfrutar  de ese descanso merecido y necesitado tras tantos meses de duro trabajo, pero a mí por distintas y variadas razones es el mes que menos me gusta del año.

       Para los que vivimos en un lugar de costa supone la invasión por todos sitios de muchedumbres incontables. La dificultad creciente de encontrar un hueco para colocar la sombrilla en la playa. El olvidarme del coche, porque ¿para qué sacarlo del garaje si luego no hay sitio para aparcarlo? El aprender el desusado arte de hacer colas, hasta para comprar una pieza de pan. El toparse en cualquier aspecto burocrático con una administración a medio gas: eso lo lleva fulanito, pero hasta septiembre no vuelve. Oficinas que habitualmente abren por la tarde y que ahora con media jornada semejan a una verbena, sólo les falta la música. La ausencia de esa revista a la que estamos suscritos. El obligado jaleo nocturno de los que están de vacaciones, que dando voces en la madrugada, para envidia de los que intentamos dormir, quedan a las doce del día siguiente para ir a la playa. La transformación de vestuario a la que parece empujar el sol y que hace que hasta el abogado de mi barrio, siempre pulcramente trajeado, se pase el día deambulando por el mismo en chanclas y pantalón corto. El calor sofocante con que nos invade este mes y que nos hace estar continuamente sudosos hasta pr la noche.

     Sí, de vez en cuando se me ocurre decir: puñetero agosto! Y todavía falta más de medio mes. No es extraño que el día de San Ramón Nonato, por la noche, tras haber felicitado a los ramones, salga a la terraza con una bandera de colores a dar la bienvenida a Septiembre y saludar a la rutina con una amplia sonrisa.