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          Los caballos galopando por las playas de Sanlúcar parecen estar huyendo de un verano, que tan rápido como al ritmo de esos pasos va quedando enterrado por el peso de las hojas caídas del calendario. Atrás quedan las huellas en la arena, tan breves como fútiles y con ellas los recuerdos, los momentos únicos o para olvidar, las ilusiones frustradas y todas las nostalgias que parecen acompañar al final de un verano.

         Ahora se introducirán en un tiempo diferente, no sólo de temperaturas más frías, sino de circunstancias más ordenadas, muchas veces dirigidas por la dictadura del reloj. Todo parece volver a la “normalidad” y las playas quedan vacías, reservadas para una elite de privilegiados mientras que casi todos se desperezan antes del amanercer y el cansancio va incrustándose en nuestros músculos en ese transcurrir  del día hasta esas otras horas en que el sol prontamente se retira a su refugio horizontal, acortando drásticamente las horas de luz.

         Tendremos una época, el otoño, que nos servirá para irnos acostumbrando, hasta que llegue esos días fríos, negros y lluviosos en que nos apetecería hibernar, pero siempre  en nuestro interior, seguiremos manteniendo el deseo ilusionante del próximo verano.