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              De manera casi imperceptible, aunque no tanto como la primavera que siempre llega sin que nadie sepa cómo ha sido, el otoño llama a la puerta y, sin pedir permiso, inicia su andadura.  Dejamos atrás un verano lleno de días inacabables y calores sofocantes y que probablemente no fue como ilusionábamos. Los relojes recobran esa importancia que el estío dejó de darles y todo aquello que quedó pendiente y creímos olvidar asoma de nuevo sus largas orejas.

          El paisaje coge visos de madurez. Los colores gritones se troquelan en matices tenues, acogedores, mientras se preparan las chimeneas para el acompañado crepitar de las brasas. Las telas se alargan y engordan y los cuerpos, tan descaradamente exhibidos, se encogen sobre sí mismo o se acercan con una mayor apetencia a la acogida de ese abrazo cercano.

                Las nubes asoman con tonos cada vez más oscuros y caracolean en el cielo, hasta engullir los últimos ribetes de azul. Se convierten en una extensa bóveda gris que descarga agua en una tierra anhidra y ávida de humedad. El gorjeo desquiciado de las estaciones anteriores es sustituida por un piar trémulo de esas aves más resistentes y que no huyen a otras tierras. El paisaje se viste con sus mejores galas, cargándose de tonos ocres y amarillos y alfombrando los paseos de una alfombra interminable de hojas que crujen al pasar.

Siempre me ha gustado el otoño, esos días teñidos de pura nostalgia e incluso la visión que refleja de la naturaleza me parece más nítida. No sé si es cuestión emocional, de ánimo o simplemente de que me acabo de cambiar la graduación de mis gafas.