Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes al tema Escribiendo.

Dibujando del natural

20160825184519-nervios.jpg

          Se sentía un poco nerviosa, era la primera vez que dibujaba un cuerpo desnudo del natural. Estaba en el dormitorio que compartían. La luz de amanecida atravesaba los visillos y se desparramaba sobre aquel cuerpo desnudo, que tan bien conocía, y que le serviría de modelo.

         Retiró su ropa interior del sillón para sentarse con su cuaderno abierto sobre sus muslos, también desnuda, para solidarizarse en sensaciones. De su cartuchera sacó un lápiz HB. Éste le vendría bien para hacer ese dibujo, que iba a resultar inolvidable. Aspiró el olor a madera del lápiz y no pudo dejar de evocar sus años escolares.  Le gustó el ruido que provocaban sus dedos en la cartuchera, le recordaba al ritmo de la bachata: uno, dos, tres, cuatro…, buscando el sacapuntas. Lo encontró en el fondo y sacó punta al lápiz hasta conseguir que no tuviera más grosor que un pelo, como le decía, machaconamente, su profesor de dibujo.

         Posó su mirada sobre el cuerpo desnudo que se le mostraba desde el colchón, se regodeó en aquellas formas masculinas por la que sus dedos, como si fuera un camino de peregrinación, habían recorrido kilómetros. Tengo que mirarlo con ojos de artistas, pensó. Y calculó la manera más adecuada de encuadrar aquel cuerpo dentro del papel, todavía en blanco.

         Las primeras líneas de grafito  abocetaron sutilmente la figura sobre el papel. Tras engarzar las líneas principales de la figura, empezó a esbozar, someramente, las distintas partes de su anatomía. Le gustaba el orden y empezó por dibujar la mata de pelo ondulado que descansaba sobre la almohada. Parecen olas espumosas, pensó al dibujar las primeras líneas, pero dejaron de parecer espumas en cuanto las fue oscureciendo. Diseñó las cejas y delineó sus párpados cerrados a través de los que asomaban unas largas pestañas negras, que desde que lo conoció, siempre la habían seducido. La nariz firme y un tanto aguileña brotó en el papel. Los labios entreabiertos dejaban adivinar sus dientes. Intentó darles esa carnosidad que ella, muchas veces, había degustado con fruición, pero no terminaba de lograrlo. Tuvo que sacar la goma blanca y borrar hasta tres veces, insistió y al fin sonrió con casi el mismo tipo de postura de aquellos labios, si es que se podía decir que estuvieran bosquejando una sonrisa…

         El cuello ligeramente inclinado hacia un lado.. Empezó con el hombro izquierdo, eran brazos poco musculosos pero bien torneados. Delineó con delicadeza el escorzo que provocaba el brazo doblado acabado en la mano, que bajo su sombra ocultaba la redondez de su ombligo. Dibujó muy lentamente la mano, las falanges de aquellos dedos largos que tanto le habían provocado. Perfiló las uñas y procuró insuflarle vida a aquella mano a través de sus pliegues. Se felicitó por el resultado y se fue  al otro hombro. A través del la parte superior del brazo asomaba el vello negro de su axila, que ella oscureció con su grafito. Éste brazo caía a lo largo del colchón hacia fuera y la mano, con los dedos juntos y curvados hacia arriba, le semejó la forma de la mano que ella ponía, en aquellos días de calor sofocante veraniego, para beber agua de la fuente de la plaza del pueblo. Una simple sombra bajo la mano le sirvió para indicar que descansaba sobre el suelo.

         Dio forma a su pecho y a su barriga, se detuvo en ella, decididamente tomaba mucha cerveza. Ni siquiera la postura horizontal le hacía disimular aquellas bruscas ondulaciones que le provocaba la grasa allí acumulada. Detuvo su mirada en su pene que se curvaba semi oculto por el matojo negro del pubis. ¡Qué diferente ahora de cuando estaba el plena euforia! Mejor no pensar en ello. Terminó de ennegrecer el vello y pasó a la pierna izquierda. Le costó trabajo y varios borrados de goma el lograr la adecuada perspectiva de la pierna, era complicado porque tenía que destacar el pie y la pierna prácticamente no se veía. La pierna derecha fue algo más sencilla de dibujar, gracias a la leve inclinación que tenía, lo que originaba que la postura fuera menos compleja. Le costó especialmente la articulación de los dedos de los pies, pero una vez terminado acabó satisfecha del resultado.

         Ya dibujada la figura, se dispuso a dar las sombras correspondientes,  como si jugara con las luces que iluminaban el cuerpo desnudo de su modelo. Con la creciente habilidad que le habían dado muchos años de práctica, las sombras con mayor o menor energía elaboraron tan artísticamente aquella figura que parecía surgir de la hoja en blanco. Parecía como si de un  momento a otro fuera a levantarse… Una nube negra pareció surcar su pensamiento y sus cejas se fruncieron.

-¿Levantarse?-pronunció esta palabra en voz alta.

-¡No!- gritó-no se volverá a levantar.

         Atropelladamente se dirigió hacia la cartuchera. Me falta colorear, pensó. Comenzó a sudar. Notó sus axilas muy húmedas. De nuevo, le resonó el ritmo de la bachata: uno, dos, tres, cuatro…hasta que apareció el rotulador que buscaba. Una mancha roja cubrió el pecho de aquel dibujo y unas líneas que brotaban de una raja, exactamente igual a la que tenía el modelo.

        Lo que no dibujó fue el cuchillo que estaba en el suelo, manchado de sangre y fuera del encuadre. Instantes antes, en cuanto se durmió, se lo había clavado en el pecho. Ya no volvería a violarla más, como lo hizo tantas veces en los últimos años. Aquel día del caluroso verano, decidió redimirse del sufrimiento oculto de tantos años, sin pensar que las clases de dibujo iban a ser el medio para ello.

Dejó su obra, ya terminada, sobre la mesa de noche y, a través del móvil, llamó a la policía. Cuando llegaron, tras examinar el lugar, le pusieron las esposas. Antes de salir por la puerta echó una última mirada al dibujo que, tan fielmente, retrataba la escena de aquel crimen. Entonces, se dio cuenta de un terrible olvido: ¡no había firmado el dibujo!


La ventana

20140520185433-ventana4da7.jpg

No sé desde cuando nos empezamos a saludar, hace ya algunos años, cuando nos cruzábamos al ir a comprar el pan. Su cuerpo menudo, coronado con un cabello blanco, como dicen que es la nieve, que nunca hemos visto por aquí. En su rostro surcado por arrugas y ajado por los años, destacan unos ojos luminosos, que observan con mirada aguda a ambos lados de una nariz ganchuda. Siempre a su lado, su mujer, bajita y oronda, agarrándolo por el brazo, acompañando sus pasos como si de una sombra perenne se tratara y, al cruzarnos, el saludo amigable de buenos días acompañado de una amplia sonrisa.

Un día al verlo tras la ventana de una planta baja, me di cuenta de que vivía muy cerca de donde yo vivo. Cada vez que pasaba por delante de aquella ventana, sentado en la penumbra la habitación, lo veía sentado en un sillón al lado de la ventana, mientras en su figura se reflejaban caprichosamente las imágenes de la televisión encendida. En el sillón de al lado, siempre, su esposa.  Salvo cuando los veía por la calle con aquel paso lento, siempre estaban en aquella sala, en la que se adivinaba esa placidez, sin prisas, que se gana con el transcurrir de los muchos años.

Así pasaron muchos meses, hasta que un día pasé por delante de la ventana y vi aquel sillón vacío, la mujer seguía sentado en el suyo. Me fijé especialmente desde ese día y la ocupación de aquellos sillones permanecía invariable. Días más tardes, me crucé con ella sola más pequeña que nunca, que caminaba muy despacio camino de la panadería y desde entonces ya supe que él nunca más volverá a saludarme por la calle. 

 




75 años

20140222235508-antonio-machado.jpg

    Tal día como hoy se celebra el setenta y cinco aniversario de la muerte del gran poeta Antonio Machado en la ciudad francesa de Colliure. Allí había llegado unas semanas antes con su madre Ana Ruiz y su hermano, huyendo al final de una guerra que se había vuelto contra ellos y contra tantos miles de españoles. Allí se alojaron en el hotel de la familia Quintana y a las cuatro de la tarde del 22 de febrero, como consecuencia de una neumonía, falleció. Cuando su hermano José metió la mano en su bolsillo, encontró sus últimos versos: "estos días azules y este sol de la infancia". Su madre  murió tres días después. En su retrato escribe sobre su último día:   

 Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

En 1975 en el colegio mis compañeros de Letras hicieron un homenaje a Antonio Machado con motivo del centenario de su nacimiento, al que asistí participando de la escucha de sus poemas y con un montaje de diapositivas de aquellos campos de Soria a los que cantó el poeta. Me gustó y empecé a leer su poesía y sobre todo a conocer la tierra castellana a través de sus versos, en una antología que durante muchos años fue mi libro de cabecera. Al año siguiente cuando conocí Castilla, en la que viví durante cuatro años, me di cuenta que era tal como me había hablado Antonio Machado de ella y no me costó enhechizarme de aquel paisaje infinito de trigos y encinares. 


Una comunidad 2.0

20130117204253-rezo-por-vos.jpg

   Tras alborear aquella mañana de Reyes, aquellos ocho frailes con ilusión casi infantil se dirigieron presurosos a la sala de comunidad a desenvolver sus regalos. Todos los paquetes eran exactamente iguales: de forma rectangular y envueltos primorosamente en un papel de regalo  de color azul con rayas amarillas. Aquellos envoltorios fueron rasgados al unísono, sonando algo parecido al rumor de  unos truenos lejanos.

-¿Qué es esto?- dijeron varias voces, para todos era un sorpresa menos para Fray Alberto el superior, que era el artífice de aquel original regalo.

-Es una tablet- respondió entusiasmado Carlos el novicio, que hasta unos meses antes de su ingreso en el convento había sido un activo hacker.

-Es una tablet- confirmó Fray Alberto-tenemos que modernizarnos en el convento y estar atento al fenómeno de internet.

-¿Una tablet?- dijeron sorprendidos las seis voces a coro.

-Es como un ordenador pero más sencilla de usar. Ya veréis lo práctica que nos va a resultar-  justificó Fray Alberto.

             Y tras el desayuno, Carlos procedió con una limitada paciencia a enseñar el funcionamiento de aquel extraño aparato a sus compañeros. Cuando la paciencia flaqueaba, especialmente con Fray Ezequiel que pretendía pintar encima cual si una pizarra se tratara, Fray Alberto animaba a Carlos indicándole que “enseñar al que no sabe” es una de las obras de la misericordia. Poco a poco, a lo largo del día, casi todos aprendieron a encender la tablet y pasar páginas con sus dedos. A la hora de la merienda Fray Alberto decidió lanzar su idea. A partir del día siguiente  las oraciones se harían con la ayuda de la tablet. Entre él y Carlos descargaron en todas ellas una aplicación llamada iBreviary que pulsando en “rezar”, entraba en los rezos del libro de oraciones de ese día. La cena se convirtió en una gran algarabía donde todos, ilusionados, hablaban de sus progresos con la Tablet. ¿Todos? ¡No! Fray Segundo el decano del convento, a punto de cumplir los 93 años, miraba a aquel extraño aparato como si fuera fruto de una extraña alianza del superior con algún enviado del averno. Por la noche, tras la oración de Completas, el superior solicitó la ayuda del novicio para recoger en la capilla todos los libros de oraciones y deshacerse de ellos. Viéndose con la tablet reflejado en un espejo, no supo cómo, le vino a la memoria aquella imagen de la película “Los diez mandamientos” en que se veía a Charlton Heston descendiendo del Sinaí con las tablas de la Ley. Sonrió. Al día siguiente la oración entraría también en la era digital…

             La campana sonó a las 7 h como cada mañana y a las siete y media tenía que empezar el rezo de Laudes, y digo “tenía” porque a las ocho menos cuarto aún estaba alguno que no atinaba con el botón de encendido, otros intentando silenciar músicas extrañas que sonaban sin saber cómo y uno de ellos intentando raspar con un bolígrafo unas manchas de cera que habían caído sobre la pantalla procedente de uno de los cirios. Al fin con la ayuda de aquellos dos aficionados a la informática, a las 8 y diez de la mañana estaban ya todas las tablets, puestas en el saludo del oficio matutino y el rezo comenzó con normalidad, pero no habían llegado a la mitad del primer salmo cuando la iglesia se quedo a oscuras.

-No importa – dijo alguien- podremos seguir leyendo a la luz de las velas.

             Lo que no sabía el interfecto de aquel apagón había apagado también el router y en todas las tablets apareció el mismo mensaje de “error de conexión”. Cierta algarabía con un cierto sabor a amotinamiento apareció en aquel coro. Un problema surgía para el rezo, los libros habían sido enviados a un librero de segunda mano y aquellas tablets no funcionaban, menos mal que Fray Segundo tan sabio como viejo, con su andar cansino se dirigió al armario del fondo y sacando un antiguo y enorme libro que tenía bien custodiado, lo puso sobre el gigantesco atril del centro del coro. Todos los frailes se colocaron frente al libro de letras gigantes y al fin pudieron volver a aquel rezo coral.

             Mientras salmodiaba el superior pensaba que en cuanto terminaran los rezos tendría que ir a la librería a rescatar aquellos libros que habían retirado el día anterior y que quizás todavía no era buen momento para la instauración de la comunidad 2.0. ¿Le devolverían el dinero de las tablets? La que más le preocupaba era que no le devolvieran el de aquella de la que no había forma de quitarle el goterón de cera de la pantalla. 

 


Mis últimas letras

20121210200517-mano-pistola-bang-bang.jpg

         Yo lo miraba y no me lo terminaba de creer. Mi mente estaba totalmente bloqueada y me resultaba imposible imaginar, ni en la peor de mis pesadillas, una situación tan terrible como la que estaba viviendo.  Miré al frente y pude observar la desesperación en aquel gesto torvo de barba descuidada y surcado de ojeras, mientras empuñaba la pistola con desesperación. ¿Cuánto duraría aquel instante eterno? No tenía ni idea de lo que iba a ocurrir. De pronto, no sé cómo, el agujero del cañón se movió y lo vi frente a mí y a través de la oscuridad del mismo me pareció entrar en el interior de aquella mente.  Quedé quieto y un fuerte estruendo atronó mis oídos, el espejo en el que me estaba reflejando saltó en mil pedazos.

            Todo mi cuerpo se sacudió  por el temblor de aquella vibración y noté cómo empezaba a sudar copiosamente y como si yo mismo hubiera dejado de obedecerme. El cañón se fue girando lentamente de nuevo hasta que el agujero negro del cañón se situó frente a mí.  Ahora no apuntaba a ningún espejo intermedio. Noté como mi dedo índice como automatizado iba empujando lentamente el gatillo hacia atrás. No me preguntéis el por qué pero estoy seguro de que éstas serán mis últimas letras…


Autoedición

20121109234215-bubokwriter.png

    Muchos de los que andamos por este mundo de la blogosfera, leyendo blogs, somos aficionados a la escritura. Esa es la razón por la que quería daros a conocer una herramienta gratuita que se ha creado en Bubok, llamada bubokwriter y permite autoeditarse libros en formato epub.

       Ya es cuestión de animarse, ponerse a escribir y autopublicarse.


Post mortem

20120313201224-cadaver-de-goma.jpg

Recuerdo que en el primer año de universidad una de las conversaciones habituales con los compañeros que estudiaban en la facultad de Medicina era su inicio en las prácticas de Anatomía y si habían superado con éxito el trance de ver y diseccionar su primer cadáver. Me ha venido esto a la memoria al leer un curioso artículo en el que indicaban que actualmente hay en más de una ocasión quien pretende donar el cuerpo de un difunto a la facultad de Medicina, para ahorrarse los gastos del sepelio, pero no se admiten porque para ello es necesaria la autorización en vida del difunto.

            Según el artículo un cadáver a -4ºC puede aguantar hasta ocho años y cuando más aguanta es cuando se congela que puede durar hasta veinte años, el problema en este último caso es, como ocurre con los alimentos, que si se congela no se puede volver a congelar. Aparte hay un método con el que se sustituye el agua y se realiza una especie de plastificación del cadáver que lo deja como si fuera de silicona y ya dura todo el tiempo que haga falta.

            Imagino que habrá más gente que dona órganos, que las que donan cadáveres para la facultad de medicina, alguien habrá, pero en general a nadie le gusta imaginarse en trozos repartidos por las mesas estudiantiles. Eso sí, supongo que estas prácticas con cadáveres son imprescindibles para que cuando estos aprendices de médicos lleguen a tratar con seres vivos ya hayan practicado bastante y vayan sobre seguro.

 

No hay comentarios. Comentar. Más...

La fábrica de sueños

20120305224520-manos-ancianas-2.jpg

           Las ruedas provocaron un chirrido al rodar sobre el suelo brillante de mármol de aquella gran sala de estar. Había dejado la maleta en la habitación, junto a la cama que le habían asignado. Lo primero que percibió su afilada pituitaria es un olor acre que había en el ambiente, esto debe ser lo que llaman olor a viejo, pensó desde la experiencia de sus ochenta años., mirando a aquel grupo de ancianos y ancianas que vio sentados en aquella sala.

            No había sido un buen día, había llorado cómo hacía tiempo que no lo hacía, cuando se cerró a su espalda el piso en el que había vivido los últimos cincuenta y tres años. Ya no es posible que vivas solo, le había insistido su sobrino, y tenía razón, desde la caída que tuvo y posterior operación no podía dar un paso. Verás como estás bien, le insistía, pero a él se le desdibujaba en su mente los recuerdos vividos entre aquellas paredes, los treinta años transcurridos hasta que enviudó y todos los posteriores que, aunque sólo, había aprendido a despistar a la soledad con la ayuda de aquellas paredes y objetos conocidos. Ahora a todo le había dicho adiós y hoy entraba en aquella silla de ruedas, encorvado más por el pesar que por el peso de los años.

            Torpemente y con esa vergüenza de novato conductor de silla de ruedas buscó la protección de un rincón. Ponte aquí a mi lado, le dijo una mujer sentada en otra silla de ruedas en la que,  en su rostro surcado de arrugas, destacaban dos brillantes ojos azules. Eres nuevo, se te nota, y con esas palabras tan simple se difuminó su sensación de disgusto. Él, en principio, respondió por mera educación y a medida que avanzaba la conversación, porque se sentía a gusto hablando con Lucía, que así le dijo ella que se llamaba.

            No durmió mal aquella noche y al día siguiente le alegró encontrar a la portadora de aquellos ojos en la mesa del desayuno. Acompáñame, le dijo al terminar de desayunar, y rodando aquellas ruedas gigantes ella lo llevó al jardín del exterior.  Allí retomaron la conversación donde la dejaron el día anterior, almorzaron y siguieron con sus palabras buceando en el conocimiento del otro. Ahora estoy más que a gusto, como no recuerdo desde hace años, pensó él cuando las últimas luces del día se ocultaron tras los árboles.

            En aquel momento, casi inadvertidamente, sintió como la mano de Lucía se agarraba a la suya, la percibió cálida y se extrañó de cómo un simple gesto pudiera recorrerle de aquella manera su marchito cuerpo. Se descubrió apretando aquella mano con ternura, no sólo en ese momento, sino a partir de entonces todos los días mientras estaban en el jardín. Y lo que fue más inesperado, sentía como si aquella silla, que lo mantenía postrado, se elevara y entonces viajaba con ella a lugares maravillosos y nunca imaginados y es que, como descubrió, el agarre de aquellas manos arrugadas, que se asían para recuperar la vida que aún latía en él, se les había convertido en una verdadera fábrica de sueños.


23:23

20120219122407-cimg5441-558x293.jpg

     Tras un largo día, dejo, sin resistencias, que el cansancio se enrosque a mi cuerpo, lo que impulsa a que mis pies, con sus andares arrastradamente cansinos, trasladen todo mi ser hasta la cama. Dos sacudidas en el aire hacen que mis zapatillas tras una pirueta caigan caprichosamente bajo la silla y el aire frío abraza los dedos de mis pies, sólo un momento, porque rápidamente me introduzco, todo entero, bajo el edredón. Mi primera reacción es sentir las sábanas heladas, pero tras uno instantes logro caldearlas con el calor que desprendo. Saboreo entonces ese goce cotidiano que, tras todo el día, supone el encuentro con esta horizontalidad acolchada del colchón. Me giro sobre el lado derecho y pongo la mano derecha bajo la almohada. Ésta crece en estatura y me permite acomodar mejor mi cara que disfruta de este tacto mullido.

       Apago la luz de la mesa de noche, sacando levemente mi mano. Tiro del edredón hacia mi nariz y dejo un hueco por el que respirar, como si sacara un periscopio. La luz se tiñe de penumbras y parece como si eso acrecentara mi agotamiento que cae a plomo sobre todo mi cuerpo. Mis ojos miran hacia la mesa de noche donde  sólo brillan los números del reloj despertador: 23:23.  Noto como el sueño me va invadiendo y esos números parecen juguetear ante mis ojos. Estoy solo en la cama y una nostalgia solitaria crece dentro de mí sin que pueda controlarla. Esos números me recuerdan a nosotros. El 2 eres tú, con tus formas elásticas y sinuosas, como la gacela de mis sueños, que despiertan y colman mis ansias. El 3 soy yo, ¿es cosa mía? Parece tener algo de barriga, pero lo que asombrosamente más me recuerda a mí son esos brazos estirados, intentando aprehenderte, pero siempre…sin llegar, sin lograr ese objetivo. Y para colmo, esa escena repetida en el segundo 23.  Mis brazos intentan estirarse, hacia ti, hacia donde tú no estás, pero el edredón bien remetido impide que se separen del cuerpo. De pronto, una extraña e invisible niebla invade todo mi cuerpo…

            Un ruido me sobresalta, a través de la oscuridad miro la hora: 07:07

No hay comentarios. Comentar. Más...

Dos herramientas para escritores

20120113155605-escribiendo-en-compu.jpg

     No sólo son escritores esos personajes afamados, que publican sesudas novelas leídas por muchos lectores. A casi todos los que andamos por la blogosfera nos gusta trenzar palabras y disfrutamos con ellas y comunicándonos a través de frases escritas, somos por tanto escritores.

También en internet se pueden encontrar herramientas que ayudan a la afición literaria, comparto, por si a alguien le interesa:

1) Programa para escribir novelas y ensayos: Ywriter5, un interesante programa para descargar. Vamos escribiendo cada capítulo independientemente, podemos acceder a un esquema, introducir personajes y sus puntos de vista, borrador... y otras herramientas que se van descubriendo a medida que se trabaja con él.   Aunque se descarga en inglés, el lenguaje del programa se puede transformar al castellano. También podemos encontrar un sencillo manual, que nos permite acercarnos a él, dar nuestros primeros pasos y tener una visión global del programa.

2) Programa para rimas. ¿Quién no ha sudado, exprimiendo la mente a la hora de escribir una poesía, buscando palabras con las que hacer rimas? Este problema lo soluciona. Decimos si queremos una rima asonante o consonante, el número de sílabas y por qué comienza...y nos aparecen montones de palabra para usarlas en nuestro poema. De muchas de esas palabras desconoceremos el significado, pero no importa, poniéndonos sobre ellas, nos aparece su significado en el Diccionario de la RAE.

     Dos herramientas interesantes que pueden ayudar a escribir, pero que nunca sustituirán al deseo por la escritura que es algo que brota del interior del escritor.


Trayecto en tren

20111230212005-cimg5349.jpg

        Siempre que viajo en tren me envuelve un poco la nostalgia que produce el desplazarme hacia otro lugar donde se despierta mi sensibilidad de una manera muy especial. Y eso que estos trenes son muy diferentes a aquellos de olor rancio, traqueteo continuo y detenciones inauditas en mitad de la nada. Se nota que es época de vacaciones, el tren entra veloz rasgando la estación con el doble de vagones de lo habitual. Voy en uno de los últimos vagones por lo que tengo que recorrer unas decenas de metros por el andén, lamentando que mi maleta además de ruedas no tenga motor.

         Coloco la maleta sobre mi asiento y me acomodo, con una cierta incomodidad, valga la contradicción, porque he sido de los afortunados en viajar frente a otro asiento. Allí se sienta un individuo alto, de cabellos largos por detrás e intermitentes sobre la cabeza, boca cerrada en forma de A y unas estudiadas patillas que adelgazan por la mejilla hasta desaparecer.  Tanto él como yo tenemos que hacer habilidades con las piernas para no estorbarnos mutuamente. No dice nada, sólo mira al frente, mientras yo abro mi libro y leo, mientras me gusta mirar a mi alrededor. No presto atención a la película, la he visto hace poco.

         Cuando miro por la ventana, los olivos parecen perseguirse unos a otros, mientras atravesamos las tierras de Jaén. A mi derecha una pareja madura, ella oronda apoyada en el cristal de la ventana, hace punto sin parar con dos agujas. A él con una gorra cuya visera casi le roza las gafas, le falta un brazo y lee a Stieg Larsson en un libro de bolsillo que apoya contra su pierna izquierda.  Con suma habilidad descansa el libro y saca el móvil del bolsillo para mirar la hora. Interrumpe ella el punto para decirle que quiere una cocacola light y él sumiso deja el libro sobre el asiento para desaparecer hacia el vagón cafetería. Frente a ellos una pareja muy joven, él descansa su cabeza, casi descolgada y de ojos cerrados, sobre el hombro de ella, una chica de rasgos sudamericanos con uñas muy cuidadas de color de moras.

         Sigo leyendo. El tren ralentiza su marcha, miro por la ventana cuando entramos en una Ciudad Real fantasmagórica, casi desaparecida por la niebla. La puerta del vagón se abre continuamente y al fondo la luz roja indica wc ocupado. Una mujer de formas de tan apretadas, estilizada, pasa a mi lado y su perfume nos impregna, Mi vecino gestualiza convirtiendo su boca en A, ahora en U.

           Los primeros edificios de Madrid aparecen tras la ventana y coches, muchos, camino de quién sabe donde. Distingo edificios conocidos y el tren se va rodeando de otros trenes que le hacen como de coro. La velocidad disminuye hasta que el tren se para del todo. Desciendo del tren con mi maleta y de nuevo me doy un obligado paseo de muchos metros hasta llegar a la estación, al menos no llueve. Cuando llego a la parte principal me detengo y me pongo a admirar a las tortugas que hay allí. No corren, están casi estáticas y yo diría que hasta sonrientes…

No hay comentarios. Comentar. Más...

Lustro más uno

20111215225437-escribiendo.jpg

        El pasado mes de noviembre se cumplieron ya seis años desde aquel día en que decidí alojar mis letras en este blog. Este rincón comenzó como un lugar en el que posar mi ejercicio cotidiano de escritura.  Desde entonces, acompañando al ánimo inspirativo, he venido escribiendo con mayor o menor regularidad o pereza. He procurado insertar una reseña de todos los libros que he ido leyendo, lo que me ayuda a tener un recordatorio de los mismos y en qué época los leí. Me he obligado a rescatar retazos de mi memoria con los que he revivido algún tiempo más o menos lejano. He aprovechado para colgar dibujos realizados con las líneas que se escapan de mi bolígrafo. Y, por fin, otras veces simplemente he escrito por el puro placer de escribir.

         Durante todo este tiempo, he ido leyendo otros blogs, disfrutando de las letras ajenas o contactando con personas interesantes de la blogosfera. Muchos quedaron en el camino, simplemente un día cambiaron de lugar porque cambiaron de vida o simplemente de ganas de escribir y con ellos se fueron sus letras. Otros desaparecieron ¿para siempre?, y quedaron sus post como símbolos de unas ideas que en aquel momento y quién sabe por qué razones bulleron en su interior. En fin, hay otros que siguen resistiendo, pese a la escasez de tiempo o los cambios cotidianos y siguen regando de flores nuevas sus blogs.

        Los comentarios en los post son bastante escasos, por no decir prácticamente nulos, hubo épocas en que abundaban más, lo que me lleva a dudar, aunque sé que hay gente que entra por aquí, si me leen. Eso no es algo que me desanime, cuando uno vive respira porque sí, no por el hecho de que los otros vean cómo lo hace. Cuando gusta escribir ocurre algo similar, se escribe por puro placer, aunque gusta que los demás lean lo que escribes, tampoco es algo esencial para seguir haciéndolo. Eso, sin embargo, no quiere decir que pueda llegar un día en que estas letras se coloquen las alas y se decidan a volar hacia lugares nuevos o inexplorados.


Una jornada de pesca

20110915153731-pesca.jpg

         Sus pies, tras aquellos andares cansinos que había realizado Agustín por toda la playa,  se detuvieron frente a la orilla. Aquel era un buen sitio, se dijo sin palabras. Y dejando los bártulos que llevaba sobre la arena procedió, con esa tranquilidad paciente adquirida en sus largos años embarcado como marinero, a abrir la silla y montar las dos largas cañas de carrete que llevaba. El sol, a punto de esconderse tras el horizonte, había perdido el fulgor del día y teñía la escena de brillos sosegadamente tenues.  Algunas gaviotas se posaban sobre la arena, aprovechando la ausencia de gente.

           Un “buenas tardes”, contestado instantáneamente por él, le interrumpió en su cuidadosa labor de enganchar un camarón en el anzuelo.  Una chica, cómo de unos veinte años, de cara pecosa y pelo rizado observaba sus movimientos de pescador.  La chica dejó sobre la arena su mochila  y se sentó, cerca de él, alternando su mirada entre la placidez vespertina del mar y el ajetreo de cañas y cebos que se traía Agustín. Éste lanzó el aparejo al mar que con un ágil movimiento impactó en el mar, hundiéndose bajo el agua.  Repitió los gestos e hizo un lanzamiento con la segunda caña. Se sentó en la silla acomodando sus maltrechos riñones y alejó su vista a los extremos del sedal, cuando las sombras ya, atenuadas por las luces del paseo marítimo, iban devorando poco a poco la playa. La chica siguió allí, de vez en cuando cambiaba de postura, apoyaba sus brazos en la arena o estiraba las piernas.  El silencio fue invadiendo la escena, sólo roto por el ruido de los carretes en las recogidas y lanzadas de aquellos anzuelos, cuya carnada,  los peces iban engullendo limpia y sucesivamente. Agustín sacó un bocadillo y le hizo un gesto a la chica de si quería, que negó silenciosamente con la cabeza. Hizo una bola con el papel de plata y lo metió en la bolsa de plástico.  Comenzaba a hacer frío y la chica sacando una chaqueta verde del interior de la mochila, se la puso sobre su camiseta. 

          Y en esta monotonía ambiental fue transcurriendo la noche, hasta que poco después de las cinco de la mañana un tirón fuerte de la caña, los sacó de su ensimismamiento. Ambos a un tiempo se pusieron de pie. Agustín agarró la caña y fue recogiendo sedal muy lentamente, mientras escuchaba el  chapoteo del pescado que había atrapado. Cuando lo tuvo entre sus manos, vio que era una mojarra de unos trescientos gramos, escuchó un grito de “bien” a sus espaldas, le quitó el anzuelo y lo dejó en la cesta que gracias a aquel pescado dejaba de estar vacía.  No hubo más sobresaltos, aunque sí alguna cabezada casi imperceptible, hasta que sobre las seis media empezó a amanecer. A la chica debió gustarle  ver como se alargaban sus sombras con aquella luz, porque sacó su móvil para inmortalizar el instante y aprovechó para beber un trago de agua.  Agustín comenzaba a estar cansado, pero aguantó hasta las siete y media en que de la misma manera sosegada en la que vino fue recogiéndolo todo.  La chica lo observaba de vez en cuando. Cuando terminó de recoger fue a decirle adiós a la chica, mientras ésta se levantaba y se sacudía la arena adherida en sus pantalones cuando ésta se le adelantó diciéndole:

-Siempre me ha resultado admirable la paciencia que tienen ustedes los pescadores…

         Él abrió mucho los ojos, con cierta sorpresa, y haciendo un gesto con la cabeza, se dio la vuelta y emprendió despacio el regreso hacia su casa. ¡Hoy almorzaría mojarra!

No hay comentarios. Comentar. Más...

La nube enamorada

20110612154220-cimg4827.jpg

    Sucedió en una piscina, miraba yo a un cielo escandalosamente azul, cuando delante de mis ojos apareció una nube rizadamente blanca, pequeña y pizpireta. Se desplazaba, movida suavemente, por un viento que parecía querer darle volteretas. Por un instante aquella nube pareció detenerse ante el vértice de este edificio. ¿Fué cosa mía o me pareció que aquella mata blanca lanzaba, con sus ojos invisibles, guiños de enamorada? Entonces fue cuando saqué esta foto.

A continuación ocurrió algo extraño y de lo que me quedé tan sorprendido que ni siquiera se me ocurrió fotografiar. Aquella nube empezó a deshilacharse sobre sí misma en finos hilos blancos que desaparecieron en pocos instantes, hasta invisibilizarla del todo. Me terminó de convencer que había tenido un gesto postrero de amor diciéndole adiós a su esencia a la vista de aquel seductor vértice.


Amigos para siempre

20110513190311-amigos-para-siempre.jpg

    Un año más la editorial Hipálage, ha recopilado los microrrelatos seleccionados, de los enviados para un concurso, en los que había que escribir sobre la amistad. El resultado es este ejemplar con este nombre tan atractivo de "Amigos para siempre", que se podrá adquirir en librerías. Entre los relatos seleccionados hay uno del autor de este blog.


Viaje sin destino

20110419152916-viaje.jpg

      Llevaba mucho tiempo preparando este viaje.  Soñé muchas veces, despierto y dormido, cómo efectuarlo. Dejaría el seguro refugio en el que había posado mis pies hasta entonces para emprender una verdadera aventura, resignándome a ir en solitario. Al fin, me desprendí de todos mis lastres y resolví emprenderlo.  No tenía que preparar ningún equipaje, simplemente decidirme. El día antes, precisamente, empezó a dolerme mucho la cabeza. Eso no podía ser un obstáculo. Después no recuerdo nada, sólo que cuando desperté llevaba puesta una camisa que impedía el movimiento de mis brazos.  Se había iniciado mi viaje hacia la locura…


Palabras dormidas

20110402003242-palabras.jpg

   Ayer me tropecé por la calle con una antigua compañera de un taller literario, a quien no veía desde hacía varios años. Después de interesarnos por nuestras mutuas vidas, preguntamos al otro si seguía escribiendo. Ella me dijo que ya no escribía y a mí me resonó extraño, que alguien con quien compartía el interés por las letras, se le hubieran deshinchado de tal manera.

   Yo le dije que seguía escribiendo y por un instante me sentí triste de pensar que podía dejar de hacerlo. La compañía de las letras durante tantos años ha hecho que se me conviertan en indispensables. Es como si ellas hubieran tomado aspecto humano. Y así, las palabras se desperezan dentro de mí, toman mil formas inimaginables, me narran historias y dan cuerpo a mi imaginación. Me hablan silenciosamente,me seducen y me atraen irremisiblemente. Y cuando en alguna época piensan que me olvido de ellas sus celos me oprimen y me obligan a acercame a ellas, para curarlas, desparramándolas mimosa y ordenadamente sobre el papel en blanco.


A mi lado

20110125152634-cimg4680.jpg

       Cada día permaneces a mi lado, inadvertida, casi reflexiva,  alborotando mi día  con tu silencio. Me muestras tu aspecto lánguido y sinuoso, dejándote acariciar por el aire, revivir por el sol y empaparte con el agua de las nubes. Hay días que ni te miro, que ni siquiera te hago caso. Otros en los que tu lozanía me alegra el ánimo y algunos en los que me apena tu contrita imagen.  Hay épocas en que me olvido de ti y cuando sorprendido, te redescubro, pareces mirarme cómplice aunque no tengas  ojos abiertos.  Sólo te tengo a ti…

            …en la terraza de mi oficina, eres mi única planta. A pesar de que te presto una habitual indiferencia, cuando llega esta época siempre te resurges, te atildas con tus mejores flores amarillas y me regocijas anunciando como heraldo de buenas noticias, que pronto, muy pronto llegará la primavera.


En la balaustrada

20110114213503-dsc-0261.jpg

(Foto de elbúcaro)   

-Siempre me han dicho los viejos de la bandada que las balaustradas son un lugar privilegiado para ligar. ¡Voy a comprobarlo con esta bellezona!


Aromas de ausencia

20101210212054-cimg4669.jpg

            Hay aromas de ausencia en la estación de autobuses, de algunos encuentros pero muchos más adioses, de rincones imbuidos de promesas incumplidas, de efluvios disueltos en el aire, de abrazos que quieren impregnarse del otro y de besos tan apasionados como desesperados.

            Figuras ociosas sobre los sillones de espera, que distraen sus miradas entre el reloj y la nada, acompañadas de maletas y bolsas de distintos formas y colores. Cuando el autobús llega atrae bullicio a su alrededor. Los escalones de la puerta soportan los pies que reviven tras horas estáticos. Los maleteros se abren, las bolsas salen del maletero arrastradas por brazos que van desarrugándose tras tantos kilómetros. Otras entran amontonadas y empujadas hacia dentro como si alimentaran las tripas del autobús.

            Rostros que llegan con cara de no querer haber venido y otros en los que se dibuja la alegría producida por quien les espera. Primeros holas y últimos besos, la puerta cierra y algunos miran hacia fuera como si los hubieran hecho prisioneros. Siempre sale marcha atrás y en pocos minutos aquel andén se tornará tan solitario como un cementerio de madrugada. Una última mirada, antes de que desaparezca de mi vista y por primera vez he aprendido a odiar a un número: al cinco. Es el único número que me ha dado tiempo a ver en la matrícula de ese autobús en que te has marchado de mi lado…

No hay comentarios. Comentar. Más...

Meciendo

20101206195459-dsc-0174.jpg

     Hay cuadros, como éste del pintor Ahumada, que al contemplarlos, nuestra mirada se deja mecer por el sosiego y la luz que emanan, de la misma manera que esa barca de pescadores baila suavemente sobre las aguas del río Guadalquivir, frente al Coto de Doñana.

No hay comentarios. Comentar. Más...

El sillón de masajes

20101130201437-sillon-de-masajes.jpg

       No era una hora muy adecuada para recibir visitas, me dije saltando de la cama, cuando, siendo domingo, el reloj no había dado aún las diez. Anudé de mala manera mi batín y con  los pelos enmarañados y ojos semiabiertos abrí la puerta con el gesto más adusto que pude poner.

            Pero no pude hablar ante la sinuosa figura que junto a mi puerta, me pedía perdón por la intromisión matinal en mi intimidad y que rápidamente me desarmó. Se llamaba Virginia y me contó esa historia, mil veces conocida, de la que se pasa toda la semana trabajando, incluso los domingos, para no vender ningún sillón de masajes, que es lo que vendía y en todo ese tiempo no había ganado un solo euro, ya que trabajaba a comisión.

          Tras aquella ráfaga de palabras no pude menos de tener conmiseración e invitarla a que, al menos, me contara las excelencias de aquel sillón, que pronto me enteré que tenía hasta doce velocidades y provocaba unas sensaciones tan útiles como necesarias para relajarse. Me gustó ver como su rostro se le iluminaba, era la primera vez que la escuchaban y podía desarrollar todo lo aprendido en aquel curso de ventas que tanto dinero le había costado.  Tan feliz se sintió que se avino a traer un sillón de que tenía en el depósito y en mi coche lo trajimos a mi casa, para poder experimentarlo. Me daba cuenta que cada vez se estaba haciendo más complicado el decir que no y más cuando manejado el mando a distancia con los dedos finos de Virginia, gusté los diferentes tipos de masaje que el sillón provocaba sobre mi espalda.

…..

            Cuando ya han pasado seis meses de aquel domingo, voy a decir en que quedó todo aquello, pues si sigue leyendo es que quiere satisfacer su curiosidad.  El sillón sigue en el rincón de mi salón donde lo depositamos. Fue el primer y último sillón que ha vendido Virginia en toda su vida laboral, porque después de esto dejó de trabajar. El sillón nunca lo he puesto a funcionar, y me mira sin ojos, porque cuando quiero un masaje…para eso tengo a mi lado a Virginia que tiene mucha más habilidad que cien sillones de masaje.

No hay comentarios. Comentar. Más...

Clin-clin

20101128184104-dsc-0165.jpg

      El concierto asíncrono de las gotas de lluvia me despertó desde el otro lado del cristal. Me sentí a gusto, con mi cabeza apoyada en la almohada y no teniendo que levantarme para ir a trabajar. Y aquel traqueteo acuoso ayudó, durante un buen rato, a volar mi imaginación sobre esos paisajes oníricos en los que nos permitimos flotar sin necesidad de la gravedad que nos impone la cotidianeidad.

      Miré a la calle solitaria con la luz atenuada de la mañana y seguí con mi mirada el curso de las aguas desde las nubes negras hasta esos canales de agua que fluían arrebujados hacia los desagües. El viento azotaba a las palmeras, que permanecían estáticas en el suelo, pero cuyas ramas se doblaban semejando hacer reverencias sin orden. Un paraguas roto se veía especialmente solitario junto a una esquina. Me sentí a gusto no teniendo que salir a la calle y aquella oscuridad se transformó en pereza que se empeñaba en retornarme hacia la cama. Resistí la tentación y preferí sentarme junto a la ventana y mientras el clin-clin de las gotas en los cristales me acompañaba, me puse a escribir estas letras.

No hay comentarios. Comentar. Más...

Entre los lomos

20101127140409-dsc-0163.jpg

      Siempre me recuerdo, desde que era un niño, con un libro entre las manos. Primero fueron los tebeos de todo tipo y luego Julio Verne, Karl May y la obra completa de Agatha Christie que me distrajo  durante el tedio de un verano adolescente. Este apego a los libros de lectura fue sustituido durante los años de universidad, por mi inclinación hacia los libros de estudios plagados de fórmulas y bastante escasos de letras, para dar paso posteriormente a otros libros, durante mi época de opositor, cargado de artículos legislativos.

            Posteriormente, ya más regalado de tiempo retorné a la lectura, primero con un acercamiento leve que fue incrementándose a medida que pasaba el tiempo. Llegado ese momento que la saturación de letras me obligó a soltarlas desde dentro de mi inspiración y a través de mis dedos. Hoy considero a las letras como unas viejas amigas que no sólo me entretienen, sino que me cuestionan y despiertan mis emociones. Actualmente siempre tengo algún libro entre manos y en ocasiones hasta dos o tres y el observar las tablas de mi librería cargada de libros de temas y tamaños variopintos, me hace sentirme en un ambiente acogedor. Hay momentos en que paso apresuradamente por su lado y al detener mi vista en los lomos, tan diferentes, de los libro es como si las horas que disfruté entre sus páginas aparecieran en un soplo como una caricia al espíritu y prometiéndome vividas y renovadas emociones si volviera a tomarlos entre mis manos.

No hay comentarios. Comentar. Más...

Tocando música

20100820194551-templete-espolon.jpg

     Te acuerdas? Fue aquel día en el que nos citamos para pasear por el parque. Nos reencontramos después de mucho tiempo de anhelado contacto. Desenvolvimos, frente a frente, nuestros deseos y buscamos al otro en un intenso abrazo. Paladeé, con especial deleite, ese instante en el que mis manos recorrieron tu cuerpo, palpándote de arriba abajo, como queriendo asegurarme de que estabas a mi lado.

     Era un día de otoño, con olor a humedad y nuestros pasos, gozosamente al unísono, crepitaban las hojas secas. La luz del sol, pálidamente luminosa, arrancaba vivos y hermosos colores de las hojas que enjaezaban las ramas de los árboles.  Atraídos por el sonido de la música nos acercamos al templete, donde en aquel momento el director alzaba la batuta hacia el cielo para iniciar los primeros compases del Lago de los Cisnes.

    Nos sentamos en la hierba a escucharla, mientras tu mano agarraba mimosamente la mía.  Blancas y negras, redondas y corcheas, alternaban con armonía en aquella composición, cuando en un determinado momento tus dedos deslizándose por mi palma llegaron hasta mi muñeca y como si arrancaras el sonido de mis venas, me la acariciaste al ritmo de la música. Las yemas de tus dedos se deslizaban por la piel interior del brazo, unas veces como si rasgaran las cuerdas de una guitarra, otras como si taparan los agujeros de la flauta o estiraran las cuerdas de un violín. Tus dedos hacían que me fuera fundiendo contigo a través de la música. Y en el último compás, tras un golpe certero de la batuta, todos los instrumentos sonaron al unísono, mientras nuestras miradas se encontraron deseosas en el aire. Entonces, nuestros labios se encontraron, acomodándose en los del otro, hambrientos de la proximidad y de la humedad ajena. Tu sabor jugoso unido a ese aroma tuyo que siempre reconozco, aunque esté oculto en algún sitio perdido de mi memoria, me rodeó de maravillosos temblores que aún hoy, cuando lo recuerdo, hacen vibrar todo mi cuerpo.

No hay comentarios. Comentar. Más...

Sueños

20100630200648-sonando.jpg

        Puedo aguantar mucho tiempo sin comer, pero no consigo que pase un día sin avivar y disfrutar de mis sueños. El soñar es un aderezo imprescindible en nuestra vida y un contrapunto a una cotidianeidad que muchas veces se nos muestra con una complicación y una dureza inmutable.  Los sueños, a su vez, tienen que ir cargados de un cierto realismo utópico que nos permita distinguir los que son posibles de los sueños imposibles. No hay duda de que los más maravillosos son los imposibles, aquellos que sabes que nunca alcanzarás, por mucho esfuerzo que pongas en ellos. Y que en cuanto les acercas tus manos se disuelven entre tus dedos. Aunque el ser consciente de ello no debe desanimarnos para que dejemos de soñarlos.

          El esfuerzo y la habilidad que ejercitamos en los sueños imposibles, orientan nuestra capacidad de soñar y, muchas veces, nos conduce hasta los sueños impensables. Esos sueños que nunca se nos hubiera ocurrido ni imaginarnos y que, sin embargo, cuando los conseguimos, como un regalo imprevisible, son muchos más maravillosos que el mejor de los sueños imposibles.

          Y esto no me lo ha dicho nadie, simplemente me lo ha enseñado la experiencia de la vida.

 

No hay comentarios. Comentar. Más...

Azuzando a las musas

20100523185053-mariquita.jpeg

Hoy he estado sacando cosas, primero las chanclas de goma del armario envueltas en ese polvo invisible de los meses y segundo mis piernas blancas de los pantalones para brindarlas a la mirada del sol. Crema bronceadora que poco a poco va cubriendo toda esa piel que expongo al aire, una butaca de playa y un libro que leído bajo un cielo azul parece contar la historia de otra manera.

                Ha sido el primer día de playa. La piel parece desprenderse de esa pátina grisácea a la que le condenó el crudo invierno, que hemos tenido este año y empieza a abrirse a las distintas sensaciones que me van envolviendo. La brisa me inunda por entero en caricias sedosas que me hacen sentir a gusto. El rumor de las olas va sosegando hasta los últimos ápices de nerviosismo. El calor me embriaga en sensaciones placenteras. Mientras mi mirada, distraída de vez en cuando, de las páginas del libro se posan unas veces dejando mecerse por las ondas marinas, otras siguiendo las huellas de la gente que va caminando por la orilla sin un destino concreto. No es extraño que todo ese cúmulo de impresiones azuce a las musas que también andan perezosas y sean capaces de crear en mi cabeza variadas historias. Todo lo que me rodea me ayuda a tener unos instantes de felicidad.

                ¿Todo? Bueno, casi todo…porque en un determinado momento y columpiadas en el viento de levante, multitud de mariquitas hicieron su entrada en la playa y harto de sacudirme aquellos objetos voladores e identificados, cogí mis aperos y me vine para casa.

No hay comentarios. Comentar. Más...

Un trabajo casi arqueológico

20100514223529-escribiendo.jpg

 

                Raúl regresó preocupado del colegio por el trabajo que le había mandado su profesor. Ya le habían avisado que al llegar a Secundaria las tareas se hacían más complicadas, pero no imaginó que pudiera ser tanto.  En cuanto merendó entró en su cuarto encendió el flexo y sacando el portátil con el que trabaja en clase, se conectó a la web de la clase donde estaban desarrolladas las instrucciones del trabajo que tenía que realizar.

                Tenía primero que buscar a un amigo, buscó en su lista de cuatrocientos amigos del Tuenti y pasó un rato hasta decidirse. Sobre un folio fue esbozando entre inspiraciones personales y búsquedas de Google aquello que se le fue ocurriendo. Le costó trazar letras sobre el papel y le vinieron recuerdos de sus ya casi ancestrales clases de caligrafía. ¡Qué esfuerzo le llevó rellenar una página de un folio! Luego sacó aquel papel doblado y amarillento que le había costado recorrer tres librerías hasta encontrarlo y que le llamaban sobre.  Puso el nombre de su amigo y debajo unos códigos extraños que no sabía de dónde salían pero que había que ponerlo. El papel lo metió en el sobre que cerró pegándolo con la lengua, no supo por qué le gustó ese gesto.  A continuación puso el sobre junto al pc, entró en el programa de correo electrónico y le dio a “enviar”.  Algo había hecho mal porque aunque reiteró ese gesto varias veces, el sobre seguía allí.  Solamente al profesor de Lengua se le podía haber ocurrido una cosa tan complicada, para comunicarse, como ésta que se hacía antiguamente y a la que llamó “escribir una carta”.

 


Envidia a los columpios

20100420170834-columpios-.jpg

            Tengo envidia a los columpios con ese trabajo tan gratificante de divertir siempre. Con sus patas bien fijas en el suelo y unas cadenas que en vez de atar sirven para liberar su asiento oscilante. Se dejan acariciar por el sol, refrescar por la lluvia y  les basta con una  mano de pintura para sentirse renovados. Por la noche, cuando silencian sus chirridos, se dejan alumbrar por la luna y acariciar por la mirada de las estrellas. Espabilan cada mañana sin necesidad de desperezarse siempre que obtengan ese impulso necesario y creativo que los pone en movimiento y que raramente, desde entonces, les impide que la soledad los invada.

            Cada día siempre es nuevo y viene cargado de los rumores de un jolgorio infantil que nunca envejece, porque, con el tiempo, los niños que juegan siempre son sustituidos por otros. Surcan el aire sin cansarse, jugueteando a su alrededor las ramas de los árboles, moscas, libélulas y mariposas de colores, con lo que semejan celebrar una perpetua fiesta de cumpleaños.

            Sí, decididamente tengo envidia de los columpios.


Desperezándose

20100317153752-cimg3987.jpg

            Esta mañana al amanecer, sentí un gran estruendo.  Asomándome a la ventana para observar la causa de aquel estrépito, pude ver a los árboles que, pensando que nadie los veía a esas horas, estiraban sus ramas hacia el cielo mientras se desperezaban al viento.


No me convences

20100311200334-cimg3977.jpg

      No, no me convences, con que eres una artista original y no perteneces a un grupo de desarrapados bohemios y tampoco con que causes admiración en muchas partes del planeta. Empiezas a resultarme engorrosa, con tu insistente presencia, cansina y obsesiva. Ya puedes vestirte de algodones o en tus trajes más grises, me da exactamente igual. Me estás hartando  tanto cuando vas sola o amontonada en esa abigarrada pandilla que causa hartazgo.

         No, no me convences, querida nube, de que te admire, por hermoso que sea el cuadro, como éste de la foto en el que has pintado, con las gotas de la lluvia, árboles boca abajo en el suelo.


Enamorado

20100214192318-manoescribe.jpg

 

        Su aspecto era seco y taciturno, por fuera y por dentro, en ello influía, sin duda, que a pesar de haber entrado en la cuarentena, nunca había sido tocado por flecha alguna de Cupido. Las hojas del calendario caían siempre de idéntica manera haciendo que sus días, a lo largo del año, sólo se distinguieran unos de otros por la cantidad de ropa con la que se abrigaba. Pero hasta la piedra más seca es capaz de hacer florecer una minúscula semilla y así fue como una mañana, probablemente de primavera, nuestro protagonista se dio cuenta de que se había enamorado.

            Lo notó al mirarse al espejo, sus habituales arrugas le parecían tamizadas y la curvatura de sus labios en un gesto, casi olvidado, emitía una sonrisa. Mirose el interior y se dio cuenta, efectivamente, de que el amor había anidado con sutiles fuerzas en lo más profundo de su corazón.  Y ahora amanecía de distinta manera, cada día era como un pequeño milagro, cada gesto un deseo de compartir y no se dormía cada noche sin dar un intenso suspiro. Era consciente de que aquello que le pasaba, de que ese cariño que le brotaba de dentro por todos sus poros era lo más hermoso que nunca le había ocurrido.

     Acostumbrado a su vida gris, tanta felicidad le parecía imposible y a pesar de que la sociedad era ahora más permisiva, empezó a dudar si ese amor que sentía por él sería bien comprendido. Dudaba y se dolía con ello, de que cualquier tipo de amor pudiera tener criticas o siquiera límites. Decidió escribirle una carta en la que compartirle lo que sentía, cogió una hoja en blanco y solazó en ella sus sentimientos, hasta el punto de tener que secarla a la ventana, empapada por las lágrimas que derramó mientras escribía. Con paso, entre vacilante y saltarín, se dirigió al buzón de correos, por el que introdujo la carta que se deslizó despacio hacia el interior.

            Siguió viviendo, ahora, entre fantasías y realidad con cierta alegría reprimida. Esperando, sumido en incertidumbre, a un cartero que nunca llegaba. Al fin, un día, al abrir el buzón el corazón le dio un vuelco. Sacó agarrada entre sus dedos, de aquella estrechez oscura, la carta y nervioso rasgó aquel sobre del que salieron a ráfagas letras sentidas en una letra que bien conocía. Tras leerla, de sus ojos cayeron dos gruesos lagrimones mientras decidía que no le importaba que criticaran su enamoramiento… después de conocer tanta gente había concluido que no había nadie mejor ni más maravilloso, ni a quien pudiera conocer mejor, que sí mismo. Dejó su ropa cuidadosamente sobre la silla y acostándose en su cama, totalmente desnudo, se acurrucó feliz, sobre sí, y se quedó dulcemente dormido.

 


Un largo fin de semana

20100124122816-mujer-trabajando.jpg

 

             Volvía a casa a mediodía del viernes, con una mezcla de agotamiento y felicidad, la semana había sido dura, pero provechosa y el cansancio acumulado durante los cinco días la hacía apetecible el descanso del fin de semana. La envolvía una cierta euforia, había logrado culminar dos importantes proyectos que tenía entre manos y había sido calurosamente felicitada por su jefe, quien la auguró un pronto ascenso. Se sentía, alzada en su recién estrenado cuarenta y cinco años, en un estupendo momento de su vida, a gusto consigo misma y con lo que hacía. Los clientes siempre preferían que ella les atendiera su capacidad organizativa y templada les hacía sentirse cómodos. Y se sentía admirada y querida por sus compañeros, en alguno de los cuales, ella se daba cuenta, despertaba algo más que admiración en alguno y algo más que envidia en alguna..

     El movimiento del ascensor la despertó de su ensimismamiento y se dio cuenta que era el momento de ir desnudándose de aquel disfraz y mutarse en aquel otro que, cada vez, le iba pesando más. El beso leve como el aire de su marido estuvo acompañado del “ya era hora” que estaba muerto de hambre… Tardó poco en desastrar su imagen y meterse en el ambiente onírico de los humos de la cocina. Su hijo adolescente con gesto malencarado le dijo que estaba harto de aquellas comidas que hacía y masculló continuamente hasta el momento del postre. Recogió toda la cocina y después puso el lavado, tras lo cual retomó el coser unas cortinas que le quedaron pendientes del fin de semana anterior, mientras el ruido de la televisión de su marido y la música de su hijo, pugnaban por vencerse mutuamente en el aire. Preparó la cena y cenaron, ahora en atmósfera silenciosa, su hijo se había ido y volvería “cuando le diera la gana” como claramente le indicó. Se sentó en el sofá y cuando despertó escuchó los ronquidos de su marido desde la cama.

            El sábado y el domingo no mejoraron mucho aquel panorama vivido entre sus ropas desaliñadas de marmota, su no parar en casa, su preparación del trabajo de la semana y su soledad acrecentada en la ausencia de cariño y caricias. Por eso no fue extraño que, durante la ducha del domingo por la noche, mientras el agua resbalaba por su cuerpo desnudo, sus lágrimas brotaran confundiéndose con los chorros de la ducha y con voz encogida, como quien dice sus últimas palabras, musitara en un par de ocasiones: ¡menos mal que mañana es lunes!

 


En la vertical

20100117141528-mujer-en-pie-small.jpg

            Entras como tantas veces lo haces y por eso no le das importancia al hecho de atravesar esa puerta. Los tacones repiquetean sobre el suelo y, erguido en ellos, ascienden tus piernas torneadas en el aire hasta coronarse en tus nalgas, que se embuten, exquisitas en la tela ceñida de tu falda roja. Tu blusa descuidadamente abierta descubre tu más hermosa pareja de ondulaciones. Piensas en ti, esculcas en tu interior, y la soledad lacerante, que te acompañó durante toda la mañana, te hiere tan intensamente que parece agitar tu cuerpo. Una agitación que te pasa inadvertida porque se acompasa con el suelo que ahora empieza a temblar bajo tus pies. No sólo el suelo, ahora también el movimiento se transmite a las paredes. Cierras los ojos como para querer olvidar todo. Te apetecería tanto no estar sola en este momento…pero lo peor que tiene la compañía es que no siempre se eligen las ocasiones de disfrutarla. Te sientes engullida en las vibraciones que se producen a tu alrededor y, como pidiendo seguridad, te agarras con fuerza a la carpeta que tienes entre tus manos. No eres capaz de calcular los minutos que transcurren en esta agitación. Tienes el tiempo justo de atusarte el pelo cuando, al fin, se detiene y se abre la puerta del ascensor. Al salir a la calle, agradeces la ráfaga de aire helado que maquilla tu gesto.

No hay comentarios. Comentar. Más...

La escritora

20091228233622-estudio-escritora-448x336.jpg

                   Un día más se sentó ante el ordenador, con sus hombros desnudos sintiendo la caricia suave de su melena rubia, con sus dedos finos de uñas recortadas dispuestos a construir palabras y, sobre todo, con esa mirada expectante con la que se contemplaba cada tarde la pantalla, a través de las volutas caprichosas del té con limón. Curiosa y con el corazón habitualmente en un brete se acercaba a aquellas letras, que imaginaba de caligrafía fuerte si estuvieran escrito sobre el papel, que le iban desnudando la atractiva personalidad de Ramón. Era una sensación inusual las que aquellas letras le causaban, por un lado le atraían y seducían, por otro le inquietaban y preocupaban., aunque siempre contaba las horas para que llegara ese rato vespertino, en que deseosa y expectante se ponía a leerlo.

           Le gustaba aquel diálogo entre corazones en el que ella empezó abriéndose con la levedad del ser, pero que a través del paso de los días había ido abriendo ante aquel hombre desconocido las más hondas de sus entretelas. Era el hombre perfecto, muy diferente de aquellos con los que la vida parecía haberle obligado a tratar. Siempre tenía la palabra adecuada para hacerla gozar, cuando no ese piropo acertado que le hacía escalar su autoestima hasta extremos inusitados. Había tomado la costumbre, cual madrastra de Blancanieves, terminar todos los días su misiva  virtual con la misma pregunta: ¿Quién es la mujer más hermosa del mundo?

           “Tú, mi reina” y después seguía comentando el argumento del día, sobre el que ella había iniciado el día anterior en un diálogo rico y vivo. Hablaban de lo divino y de lo humano y ella se dejaba seducir por sus palabras. Ella amante de la escritura disfrutaba  excitadamente con aquel intercambio epistolar, hasta aquel día…

            “Tú estás bien, sin embargo las hay mejores”, aquello era presentimiento de tempestad y las letras que siguieron, esta vez eran diferentes, ahondaban en sus debilidades femeninas y se regodeaba en ellas. Ella intentó defenderse en la respuesta, pero el correo de vuelta era aún más duro. Llegó un momento que se le hizo insoportable que alguien se cebara así en ella y aquella actitud tornó en tal desesperación que un día, tras una frase especialmente hiriente abrió la ventana y se lanzó al vacío del espacio y de su vida.

             Nadie se preocupó de que aquellas cartas ya no llegaran, porque aquella escritora había intentado el más difícil todavía, como un jugador de ajedrez que juega contra sí misma, ella se escribía su propio chateo, pero lo más peligroso fue cuando intentó experimentar ahondando en sus defectos. ¡No pudo resistir que alguien conociera tanto sus zonas oscuras como las conocía ella.!


Ronquidos

20091207131147-roncando.jpg

En la soledad de la cama, Laura, echaba de menos aquellos ronquidos de él de los que tanto se quejó. Pero ahora era demasiado tarde, otra mujer ya los había hecho suyos al descubrir el punto de ternura que se encerraba en aquel ulular nocturno.


La marquesina de autobús

20091206134443-cimg3853.jpg

             Hacía frío el otoño ya había hecho descender la temperatura y aquellas seis personas se refugiaron algo apretados , en aquellas primeras horas de la mañana, bajo la marquesina del autobús. Y como del contacto nace la confianza, cuando llevaron un rato de espera empezaron a charlar, tampoco había nada mejor que hacer… Y hablaron de lo divino y de lo humano, hasta que llegado el atardecer esa hora que empareja incluso a seres tan diferentes, como el sol y la luna, crecieron en sus intimidades. Cuando el sol salió, al día siguiente, la euforia les embargaba e incluso se alegraron, en días sucesivos de no ser el único amanecer que habrían compartido.

 

            A los nueve meses, cuando ya la primavera hacía brotar flores donde menos se esperaba, nuevos y minúsculos inquilinos, aumentaron los seres que pululaban bajo la marquesina. La densidad aumentó, menos mal que empezaba a hacer mejor tiempo y algunos salían a pasear por los alrededores, pero por la noche volvían y apretados dormían en su seguro refugio. El tiempo pasó y los niños hasta crecieron y se empezaron a dar clases usando de pizarra, el papel donde se señalaba el horario de autobuses.  Celebraron fiestas bajo aquella marquesina, incluso una feria a las que todos eran tan aficionado e incluso en Navidades se intercambiaban de regalo aquello que llevaban en los bolsillos.

 

            Los maduros se convirtieron en ancianos y los niños en rebeldes adolescentes y en aquel mundo pequeño se desarrollaban historias y conflictos como en el resto del planeta, lo que las caracterizaba era la espera de un autobús que tardaba más de lo habitual. Un día uno de aquellos adolescentes, más osado que el resto, se alejó cincuenta metros de la marquesina y en un poste de la luz vio un papel amarilleado por el sol y desgarrado por el viento en el que ponía: “A PARTIR DEL UNO DE OCTUBRE EL AUTOBÚS NO PARARÁ MÁS AQUÍ  POR CAMBIO DE ITINERARIO”. Un vacío desconocido lo invadió, aunque sólo fue un  instante, era de noche y era la hora de irse de botellón con  sus "colegas" a uno de los extremos de la marquesina donde lo estaban esperando.


Manual de instrucciones

20091205175045-instrucciones.jpg

     Cuando los rayos del amanecer alumbraron su cuerpo, Laura, saltó de la cama. Su marido se dio la vuelta para dormir un rato más. Sintió el suelo frío en la planta de sus pies. Llevaba tiempo preocupada por qué regalarle a su marido por las bodas de plata de matrimonio que, en las próximas semanas, iban a celebrar. ¡Tenía una idea! Se le había ocurrido en este último rato. Le regalaría algo escrito y dibujado por ella...se podría titular: "Manual de instrucciones para extraerles su magia a unos pechos femeninos".    

     Sonrió ante esta ocurrencia, pero fue sólo un instante, porque enseguida un rastro de pena nubló su semblante y sus lágrimas se fundieron con el agua de la ducha.


Marcela

20091124195524-mujer.jpg

         En el pueblo, aunque sólo sea de vista, todos nos conocemos, pero este conocimiento es mayor cuando existe una mayor habitualidad en la visita a nuestra oficina, como en el caso de Marcela, dueña del bar y propietaria del piso en que se aloja, desde que llegó a aquí, Olga, mi compañera de trabajo,. Marcela tiene sus treinta y varios años, podría decir su edad exacta pero el sigilo profesional me lo prohíbe, ha enviudado ya tres veces. En ambas ocasiones se casó con solterones recalcitrantes del pueblo de carteras bien provistas, lo que unido a su olfato mercantil la ha transformado en una de las terratenientes del pueblo.

 

            Tiene una bonita figura, no se puede decir que estilizada aunque sí revestida de curvas onduladas. Sus andares, no exentos de cierta elegancia, me han recordado siempre a los de una bailarina de ballet. No ocultaré que siempre me ha resultado atractiva y deseable, pero una cierta prudencia y temor reverencial  ha hecho que guarde las distancias frente a su persona. Entre mis paisanos es motivo jocoso el hecho de que sus tres maridos murieran “en la cama” y no precisamente durmiendo. Este rumor sobre su fiereza y fogosidad sexual han traspasado los límites del pueblo. Pero, en general, la gente la mira con cierta simpatía y la benevolencia de quien ha sido capaz de alegrarle los últimos momentos como nunca habrían imaginado a aquellos provectos hombres. ¡Y qué mejor forma de morir que en pleno éxtasis sexual! Pueden decir lo que quieran, pero de ahí surge mi temor, no soy un fuera de serie, para que engañarnos, en estos ejercicios del sexo activo y ello hace que, ese instinto de supervivencia de no morir tan joven, me mantenga a distancia de las fauces de esa mantis.

 

            Yo la conocía sobre todo de acudir a su bar, que es donde vamos a desayunar, la conocí más “íntimamente”, si es que puede llamarse intimidad a mi despacho, cuando vino a que le informara de los trámites necesarios para solicitar la pensión de viudedad por la muerte de su tercer marido. Horas de discusiones, sólo interrumpida por mi compañera que me pasaba escritos para firmar mientras no quitaba ojo de la neoviuda, hasta convencerla de que ahora que al haber muerto su tercer marido no podría recuperar también la pensión de viudedad ni del primero ni del segundo marido por mucho que aquellos hubieran cotizado.

 

            Vestía de negro riguroso de pies a cabeza, tenebrismo sólo interrumpido por unos perfiladísimos labios rojos que bailaban sobre su cara mientras sus palabras, emitidas con voz dulzona, salían de su boca. En aquellos conciliábulos me enteré de que el nombre de Marcela, no se lo habían puesto por dotarla de un cierto exotismo sino por un error del encargado de registro que además de “enchufado” era semianalfabeto y confundió Carmela, su nombre original, con Marcela.

 

            De vez en cuando venía a hacer alguna gestión y aunque mi activa compañera se aprestaba a atenderla, preguntaba invariablemente por el jefe a lo que aquella contestaba con un gesto hosco, mal disimulado, a la vez que me llamaba. A veces era colocar un simple sello en un papel al que ella solía responder con una apertura de labios en que su dentadura blanca iluminaba su rostro, mientras envolvía, por unos minutos aquella atmósfera burocrática, de habitual olor a celulosa, en un olor tiernamente sabrosón. Yo, precavido, siempre procuraba mantenerme a una más que prudente distancia, porque me iba haciendo consciente que a medida que pasaban los meses de aquel señalado óbito, la tela negra sobre su cuerpo iba mermando a la vez que aumentaba el tamaño de piel, sedosamente blanca, que iba dejando al descubierto.

 

            No puedo olvidarme de aquel día ¡cómo se me iba a olvidar! En ese momento estaba yo intentando enseñar a un joven e inepto compañero, que llevaba pocos meses allí, cómo se podían transformar en negrita las letras del Word., cuando se abrió súbitamente la puerta. Fue en ese preciso instante cuando estalló la revolución.

 

            Un repiqueteo de tacones sonó a la entrada, una mujer se acercaba y no podía ser mi compañera que se encontraba en la capital arreglando unos de sus jaleos familiares. Entonces fue cuando apareció por la puerta una figura femenina en la que, al principio, me costó reconocer. Pero…¡era Marcela! Su cara maquillada dibujaba delicadamente sus rasgos, una capa de pintura azul sobre sus ojos los dotaba de una cierta apariencia felina y su pintura de labios, siempre roja, estaba ahora dotada con un brillo que parecía estrenarlos. Traía puesta una escueta camiseta blanca de tirantes de color blanco, de la que gran parte de sus pechos asomaban oscilantemente traviesos. Del sujetador, en cambio, no había rastro pues se veía a las claras que no se lo había puesto. A través de la tela destacaban unos círculos oscuros y sobresalientes. Una escueta falda roja que se adhería a sus líneas traseras más voluptuosas completaban su coloreado atuendo. Sus piernas redondeadas y turgentes se disputaban la perfección ante mis ojos e introducida en los tacones desplazaron toda aquella vorágine hacia el mostrador donde me encontraba. Entonces, me percaté que hacía un año del fallecimiento de su marido, cuando eso ocurría en el pueblo era la señal de enterrar el luto y el retiro y volver a la vida normal. ¿Por qué comencé a ponerme nervioso?

 

            Mis piernas temblaron levemente, cuando me di cuenta de que aquel resurgimiento primaveral de Marcela era en algo más que en su vestuario. Sobre todo cuando tendiéndome unos papeles, que yo debía sellarle, sus dedos de uñas afiladamente rojas se distrajeron entre los míos. Sólo fueron unos instantes, pero lo suficiente para que sintiera a todo mi cuerpo sacudido por unas corrientes eléctricas que excitaron a cada una de mis células. Ella se acercó con una pose cargada de descaro y seducción  y doblando adecuadamente su cuerpo ofreció ante mis ojos la profunda hondonada que se abría, perdiéndose en una intricada y sugerente profundidad, entre sus senos prietos por aquella camiseta blanca. Su perfume fresco y sutil invadió mi nariz y acabó de trastornarme más, si es que aún era posible. Por un instante temí perderme en medio de aquella pasión que me brindaba Marcela, y como una ráfaga sobre mi cabeza la pude ver desnuda en la cama sumida en mil juegos eróticos, que ya alguna vez yo había imaginado, y me ví exhausto sin poder seguirle y, al instante, camino del cementerio mientras ella caminaba detrás, llorosa, con su traje negro desempolvado.

 

            No, ¡me negaba a que me ocurriera eso! y, entonces fue cuando se me ocurrió. Haciendo caso omiso a los ataques de Marcela miré con deseo a mi joven compañero, perdido en el procesador de textos, con esa cara que ponen los enamorados. En aquel momento, él me miró esbozando una sonrisa, no porque se diera cuenta de nada, sino con la alegría que le producía que de toda la frase había conseguido, al fin, poner una letra en negrita. Marcela sorprendida por aquel cruce de miradas, como yo pretendía, enderezó su cuerpo, estiró su falda y recogiendo el papel se despidió, sin volver el rostro, con unos buenos días.

 

            Olga días después me comentó al volver de desayunar que Marcela le había comentado que nunca se había imaginado que yo fuera gay. ¿De dónde habrá sacado eso?-preguntó Olga. Ni idea-le contesté, mirando, como quien busca algo, al fluorescente del techo.

 

            Desde entonces noté que cuando veía a Marcela, ya fuera en la oficina o en su cafetería, ahora me miraba de una manera distinta. Si antes los hacía con deseo ahora lo hacía con ternura…¿y qué quieren que les diga? Conociendo su historial, y aún sabiendo que renuncio a posibles e inimaginables goces físicos, prefiero lo segundo.


Desmemoria

20091118173830-pensando.jpg

           Llevaba años ejercitando la desmemoria e intentando olvidar, pero aquello no funcionó.  Cuando te conocí, cambió el signo de mis recuerdos y empecé a ejercitar la memoria, pero no sé si sería por el poco uso, tampoco funcionaba. Ahora he decidido detenerme y vivir el presente...¡espero que, al fin, funcione!


Preocupación nocturna

20091113212855-escaparate.jpg

           No debí hacerlo, no debí hacerlo…y por culpa de eso ahora no puedo pegar ojo. Ya sé que no es excusa, pero llevaba demasiado tiempo aguantándome y una es caprichosa. Quizás, aparte, es que soy demasiado sensible y me gusta dejar que mis sentimientos fluyan.  Llevo ya mucho tiempo trabajando a su lado y un día que un rayo de sol iluminó su perfil, abrazándolo, me fijé especialmente en él. Desde entonces no podía quitarle ojo. Claro que hacía mi trabajo y atendía a los clientes, pero algunas veces, cuando devolvía el cambio o enseñaba a las clientas los vestidos, me descubría despistada mirándole. Me gustaba ver las distintas vestimentas que tenía, todas le quedaban de maravillas y alguna vez me acercaba, como si fuera a coger algo de su alrededor a aspirar algo de ese olor tan sugestivo que emanaba..

 

            Pero anoche fue mi perdición, estaba a solas con él, mirándolo con descaro al abrigo de otras miradas que me observaran, mientras preparaba el escaparate para el cambio de temporada. La cercanía de la primavera me tenía algo revuelta e incluso había estrenado un lápiz de labios de un escandaloso tono rojo brillante, que acababa de comprar en la sección de perfumería. Estaba próximo a él y…no me pude reprimir mis labios se lanzaron a los suyos, con la fuerza de estar realizando un sueño. Él permaneció estático con aquella mancha roja que ahora resaltaba escandalosamente en sus labios.

 

            No debí hacerlo…por más que lo intenté no hubo forma de limpiarle los labios, debe ser que el lápiz de labios ha hecho alguna reacción con la materia de la que está hecha ese maniquí y se ha convertido en una mancha permanente. Lo peor será mañana cuando se descubra el escaparate y todo el mundo vea ese maniquí de labios chillones…¿cómo explicaré eso?


Soñando en ombligo

20091110155847-ombligo.jpg

                  Desde que te vi desnuda, aquella primera vez, bajo la sombra de aquel manzano, quedé prendado por las formas de tu ombligo. Aquel círculo, tan menudo como perfecto, con una leve hondura que sombreaba esos pliegues interiores de formas tan sensuales como caprichosas, despertaba mis deseos y disparó desaforadamente mis más hondos apetitos.

Después de eso he visto muchos ombligos de mil formas y tamaños, desde esos que se ocultan en las oscuras profundidades de la barriga, hasta esos otros que sobresalen descarados y gustosos que invitan a saborearlos, algunos que adquieren formas caprichosas e incluso otros parecen como un párpado sin pestañas que ocultara la entrada a la cueva de los más apetecibles placeres, aunque… ninguno como el tuyo tan perfecto y único del que anhelo cada día ese momento en que puedo acariciarlo…

 

-Desde luego Adán, algunas veces eres tan tan obsesivo...

-Ten en cuenta Eva, que lo que uno siempre echa más de menos es aquello de lo que carece.

No hay comentarios. Comentar. Más...

El lazo azul

20091107165903-lazoazul.jpg

      Me citaste en una playa lejana, costándome trabajo llegar hasta allí, era una cala solitaria en las que las olas espumeaban  la orilla. Siempre me gusta llegar con tiempo suficiente a las citas y tendiéndome en la toalla me dejé acariciar por el sol disponiéndome a esperarte. La brisa jugueteaba con los granos de arena que formaban remolinos en torno a mis pies. A lo lejos escuché tu voz, que me llamaba. Al volver la cabeza me sorprendí gratamente al contemplarte, totalmente desprovista de ropa, mientras te acercabas.

       Era la primera vez que veía tu cuerpo desnudo y quedé admirado con aquellas curvas ampulosas que se volvían sobre tí misma trazando unas líneas, que me parecieron, marcadamente sensuales. Destacaban tus pechos que con oscilaciones disimétricas caldeaban el aire a su alrededor. Tus pies hoyaban la arena y dejaban tras de ti el reguero de tu camino. No sabía cual era el motivo de aquella cita y el aroma de tu proximidad no hizo sino aumentar mis dudas. 

        Me miraste con ojos límpidos mientras extendías tus manos hacia las mías, de pronto una ráfaga de viento agitó tu melena rizada, que al bambolearse con el aire dejó al descubierto algo que llevabas prendido sobre tu cabellera: ¡un lazo azul! Ahora lo comprendí todo. Te conozco bastante bien y sé lo especial que eres para muchas cosas, nunca das un regalo sin coronarlo con un lazo. En esta ocasión, aunque estuvieras desprovista de todo, si habías decidido, en ese momento, "regalarme" tu cuerpo, no podía faltar el lazo azul.


Estoy harta...

20091104204034-129-ninosclase2.jpg

    Sí, estoy harta de este niño de mi clase que está todo el día incordiándome. ¿Por qué lo ha tomado conmigo? Todos los días me hace alguna cosa y estoy temiendo encontrármelo por la mañana en la clase. El otro día me mojó la silla de agua y me puse chorreando al sentarme. Todavía me acuerdo de cuando me metió una largatija en mi mochila o cuando en el patio, ni en el recreo me deja tranquila, me dio un balonazo en la cara que me dejó atontada. No me atrevo a decírselo a  mi padre, que me nota la cara desesperada con la que llego a casa, porque con lo bruto que es, puede armarla.

    Se me hace un mundo levantarme de la cama para venir al colegio y ver esa cara  perversa y burlona llena de pecas y granos. Quizás tendría que hablar con el director a  ver si esto se puede considerar un caso de esos de "mobbing" que dicen los periódicos. Algo tengo que hacer, lo que sí tengo claro es que el año viene pido en el concurso de maestros traslado a otro colegio, porque esto es inaguantable.


El último escalón

20091026223039-escalones.jpg

     Nadie entendía el por qué de que en la decoración de mi renovado despacho, coloqué en un rincón aquel viejo escalón de granito, el último de la antigua escalera de la oficina.

     Nadie sabía cuántas veces aquel trozo de piedra, estéticamente feo, acudía a mi memoria evocándote a ti. Sí, rememoraba el primer día en que estuvimos allí juntos, cómo sentí aquel abrazo tan deseado, como firme y acogedor a un tiempo que sujetaba mi cuerpo, mientras éste tendía a derretirse entre tus dedos. Tu cuello desde la altura que te caracteriza se inclinaba, forzadamente hacia abajo, buscando la proximidad de mi rostro, hasta que...

      ...dando un paso atrás me subí en ese escalón, nuestro protagonista, alzándome en el aire hasta que por primera vez en mi vida, estando de pie, tuve tus ojos frente a los míos, con nuestros cuellos en paralelo sin ángulos forzados. Sentí tus manos a ambos lados de mi cara y, no sé como, sentí cómo mis labios escapaban hacia los tuyos, estallando ambos en nuestro primer beso de colores. ¿Cómo no voy a tenerle cariño a ese escalón?

         Además, cuando algún día el peso de mis preocupaciones hace hundir mi espalda más de la cuenta, me siento sobre él y el roce duro y granulado de su superficie, hace que me empape de ti y me levante con el ánimo adornado.


Diálogo de otoño

20090923193659-mujerotono.jpg

          Ayer por la noche, enterado de la llegada del otoño, salí a recibirlo a la terraza. La ocasión lo merecía. La oscuridad de la noche estaba rota por el centelleo lejano de las estrellas y la luz casi vergonzosa, todavía, de la luna creciente, cuando éste hizo su aparición con formas de mujer, a pesar del artículo masculino que lo precede,. Traía cubierta sus desnudeces con una sedosa tela, danzante al viento, que la protegía del aire fresco y estimulante de la noche. Se detuvo a conversar conmigo, se la veía animosa y resuelta muy diferente a esa imagen decadente de la estación a la que nos tienen acostumbrados los poetas.

 

             No mostraba la frescura naciente de la primavera, ni la euforia exultante del verano, sus palabras eran encendidas,  reflejo de la vida madura que latía en ella. Y como una vieja conocida refrescaba mi memoria de encuentros anteriores que tuvimos. De ratos de infancia en que se alargaban las perneras del pantalón, como todo un  acontecimiento preadulto, llegadas estas fechas. De acogedoras reuniones familiares, con gente ya desaparecida, en el seguro refugio del calor del hogar cuando el viento ¿se veía?, volar a través de la ventana. De paseos sobre hojas secas, acompañando esos crujidos a los latidos de un joven corazón enamorado. De cambios de vida, lugares, situaciones y rostros, siempre ocurridos en estos días…

 

            Y esos recuerdos compartidos entre ella y yo, tendieron a convertirse en nostalgia, hasta que mis años, vigilantes,  rechazan ese sentimiento y lo transforman en la sensación de que, seguramente, éste pueda ser el otoño más hermoso de toda mi vida.


Escritura adolescente

20090920183814-dsc-0106.jpg

        Hay una etapa en nuestras vidas en la que todos escribimos…eso es lo que pensé cuando me topé con aquella joven escribiendo sobre un cuaderno rojo, solitaria, sentada en aquel banco de madera frente al mar. Escribía con fruición y el cuello torcido sobre el cuaderno, aislada de todo lo que le rodeaba, como solo lo hace quien está extrayendo de sus honduras los más íntimos de sus pensamientos. De vez en cuando levantaba la cabeza mirando, sin ver, al frente, como si esa dos tonalidades azules, tan diferentes de mar y  del cielo, le sirvieran de musas.

 

            Sí, a esa edad todos escribimos, descubrimos que nos suceden cosas tan raras, tan maravillosas y tan desagradables, a la vez, que pensamos que somos un bicho raro y nos estremece y nos cuesta el compartir lo que vivimos con lo que nos rodea. ¿Qué mejor que hacerlo con ese papel silencioso que nos comprende como nadie, nos respeta y que cuando está abierto nos parece que nos está sonriendo? Allí desgranábamos nuestros poemas de amor, nuestra desesperación por no entender ese mundo en el que vivíamos, ese amor creciente que brotaba de nuestro interior y que no era compartido, sobre todo porque a nadie nos hubiéramos atrevido a decir que estábamos enamorados.

 

            Y un día en que alguien nos revelaba que tenía nuestra misma “enfermedad”, ya no nos creíamos tan raros, crecimos…de raros nada, ya empezábamos a sentirnos hasta vulgares. Y dejábamos de escribir…aquellas letras ya no eran interesantes ni para nosotros. Ya creímos que sabíamos casi todo de la vida.

 

            Pero algunos siguen, seguimos escribiendo, aunque ahora lo que nos desgasta las yemas de los dedos sea más bien el teclado que la presión del bolígrafo, porque somos conscientes de que ignoramos mucho del mundo que nos rodea,  parte de su conocimientos están en esas personas y circunstancias que nos rodean, pero la mayor parte está en nuestro interior y  ¿qué mejor forma de sacar lo que llevamos dentro que seguir enfrentándonos todos los días a un papel en blanco?


De entre los labios

20090920150346-besos2.jpg

Si hay una forma maravillosa de contacto esa es el beso. Agazapado entre los labios permanece inexistente e invisible hasta que nos decidimos a que brote y, entonces, esa piel ajena sobre la que depositamos la leve humedad de nuestros labios parece adquirir vida, que en muchas ocasiones se transmite mucho más allá de los labios del emisor del beso, porque si hay algo que caracteriza a los besos es la ajeneidad de de la piel de donde se depositan. Un autobeso o un beso al aire son más bien chasquidos. Sin duda la sensualidad que descubrimos en los labios de alguien debe partir de esa conciencia de estar frente a la fábrica de besos, por muy estáticos que puedan éstos mostrarse en ese momento..

 

            Si quisiéramos hacer una clasificación de los besos sería algo interminable, están desde aquellos minúsculos, pero muy vivos, que se enredan, uno tras otro, como las cerezas, hasta esos otros gigantes, ampulosos de labios chuperreteados por los que escapa ansiosa y desatada la lengua. Están los besos que cauterizan las heridas del corazón, los que encienden la yesca de una gran explosión, los que permanecen para siempre en el recuerdo, los que nos hablan más que mil palabras. ¿Y quién no se deja envolver, cuando no tiene otros, en la estela de los besos soñados y mil veces deseados? Me quedo con todos estos besos de verdad, especialmente los que se dan sin miradas al reloj y, sobre todo, porque apetecen y surgen de dentro sin poder sujetarlos.

 

           

            Entre las medidas preventivas de la gripe A se nos dice la limitación de besos y  efusivos contactos en los saludos. A mí eso me parece de maravillas si hacen desaparecer esos otros tipos de besos que se dan socialmente de muy mala gana: besos de cartón piedra y labios secos en que, a la vez, nos trastornamos con el chocante perfume, meros e hipócritas acercamientos de cara, ruidos al aire como si hubiéramos besado… Ojalá se eliminaran de la sociedad todo este tipo de besos y nos quedáramos con los otros, para los que haría falta mucho más que una gripe para que desaparecieran.


Mañana de preotoño

20090919151955-nube.jpg

              Esta mañana, al salir a la calle, las primeras luces del día arrancaban hermosos destellos a las calles solitarias. El cielo azuleado con tonos brillantes apenas tenía unos tiras deshilachadas de nubes blancas. Es el primer día, en muchas semanas, donde una brisa alegre acaricia esos trozos de mi piel que están al aire y cuyos vellos se erizan como si saludaran agradecidos a esa sensación de frescor. La luz hermosea el ambiente y no sé por qué en una extraña asociación de ideas, la comparo con esas doncellas núbiles que eran cautivadas por los cantos de los trovadores del medievo.

 

            El verano adolece de puro viejo, aunque no está dispuesto a diluirse sin dar alguna que otra sacudida todavía, la naturaleza va preparándose a dormitar en los brazos de la nueva estación que está a punto de iniciarse. Sí, decididamente, me encantan las mañanas de preotoño, como la de hoy.

No hay comentarios. Comentar. Más...

¿Ya has terminado con eso?

20090916214240-dos-en-gimnasio.jpg

        No podía esperar más, el verano había hecho de las suyas y su cuerpo cuarentón visualizado en el espejo tenía pinta de abandonado, cual si se tratara de un campo en barbecho, ese mismo día nada más salir a la calle fue a apuntarse al gimnasio. Desempolvó la ropa de deportes de su armario, no sabía si fue cosa suya le pareció que una araña saltó desde una de las mangas y desapareció en la oscuridad, bajo las perchas. La camiseta era de fútbol, concretamente del Barcelona y le pareció que aquel nombre de Cruyff en su espalda, la hacía un poco anticuada.. Le estaba un tanto apretada, pero no dudaba que en poco tiempo, con el ejercicio, aquel cuerpo se iría modelando y deslizándose mejor en la tela.

 

            Se motivó mientras entraba por la puerta del gimnasio, pensando en  aquellos cuerpos turgentemente femeninos que le alegrarían su vista, pero debía ser en otro sitio, porque en aquellos aparatos oxidados que tenía ante sus ojos sólo había un joven escuchimizado de brazos muy musculosos y otro más talludito que, al pronto, supuso que si existiera el abominable hombre de las nieves sería algo parecido a él. Debía de medir cerca de dos metros, tenía ojos saltones y una nariz tan chata que parecía hundirse en el interior de su cara, su espalda era tan amplia como cuatro veces la suya y abundantes pelos, extremadamente largos, salían por todos los huecos de su camiseta. Aunque lo que más le llamó la atención era su olor, una mezcla entre carne rancia y hierro oxidado.

 

            Subió a una bicicleta y empezó a pedalear de forma vigorosa durante doce segundos, teniendo que bajar el ritmo seguidamente. A los tres minutos se puso a su lado aquella mole humana y le dijo:

-¿Ya has terminado con eso?

 

            El no entendió como habiendo ocho bicicletas vacías, quería montarse en esa, pero se vio contestándole que enseguida terminaba. Se fue a la cinta, se imaginaba, para animarse que caminaba por la orilla del mar, pero al momento escuchó de nuevo esa voz cavernosa:

-¿Ya has terminado con eso?

 

           

            Tardó menos de un minuto en descender, impelido sobre todo por aquel olor ranciamente oxidado. Y se fue a hacer pesas…y la situación se hizo reiterativa, con lo cual se pasó toda la hora yendo de un aparato a otro con aquella mole como si fuera una sombra. Pero lo peor no fue eso, al día siguiente decidió ir a una hora diferente y allí estaba con la misma repetitiva actitud. Intentó ir los siguientes días a diferentes horas pero siempre estaba allí insistente y oliendo peor cada vez. La situación empezó a obsesionarle y soñaba con aquel individuo que en sueños se carcajeaba de su situación y que cada noche le decía: ¿has terminado con eso?, lo que hacía despertarse sudorosamente sobresaltado. Entre el agobio que le producía la situación y que le acompañaba durante el día y la noche y aquella variedad de aparatos de gimnasia adelgazó varios kilogramos. Su mente siguió ofuscada pero su cuerpo, ahora estilizado, llegó a hacerse tan deseable que una madurita de carnes prietas, puso en él sus ojos..

 

            Sus aompañados paseos vespertinos teñidos de singular romanticismo, le hacía olvidar parte de su problema. Sus primeros encuentros  no fueron nada táctiles debido a la natural timidez de nuestro protagonista. Al fin, un día decidió dar un paso adelante y sentados en un banco del parque acercó temerosamente sus labios a los de ella, vio alegre que eran tiernamente acogidos. Pero entonces, algo sucedió, aquella cercanía íntima le trajo a su nariz un olor a rancio que conocía bien…¡no era posible! Aquella obsesión le debía estar enloqueciendo… Un golpe seco en el omóplato le hizo girar la cabeza. Aquel individuo estaba allí a su lado y pudo casi predecir lo que le dijo a continuación:

-¿Ya has terminado con eso?

 

            Se quedó paralizado, sin palabras, mientras la madurita y el gordo se sonreían sensualmente. Allí quedó disuelto sobre aquel asiento de madera mientras ellos se alejaban. De vez en cuando se cruzaba con ellos por la calle y alguien le dijo que ella iba diciendo que lo que le había enamorado de aquel “australopiteco” como el lo definía era su intenso olor a feromonas. Algo sacó de todo esto, a partir de ahora estuvo tranquilo en el gimnasio y se hacía cada día varios kilómetros en la bicicleta.


Su primer día

20090912190505-colegio.jpg

         Terminó de atusarse su cabello al espejo en un instante, observándose unas patas de gallo más acentuadas que de costumbre, y se dirigió a la cocina donde Raúl y Beatriz estaban terminando su desayuno. Beatriz se había echado una mancha sobre su blusa inmaculadamente blanca y ella como pudo, nerviosa pero con mimo, la quitó con una servilleta húmeda.

 

            A continuación se colgó su bolso y sujetando el llavero con la boca, salió de casa de la mano de los dos. Ella era la que estaba más nerviosa de los tres en el que iba a ser el primer día, no sabía como reaccionarían ellos en esta nueva etapa  de la vida que hoy comenzaban. Se dirigieron hacia el coche que estaba a la puerta de la casa y los sentó a los dos detrás, colocándoles el cinturón de seguridad. Raúl no paraba de hablar mientras Beatriz permanecía sonrientemente silenciosa.

 

            Al detenerse frente a la puerta del colegio, Raúl le dio un beso a Beatriz y un abrazo muy fuerte a ella, los ojos llorosos del pequeño resistieron, él decía que los hombres no lloran y mirando atrás de vez en cuando marchó, con paso dubitativo y de la mano de su joven maestra, hacia el interior. Ella le echó una mirada empapada en ternura mientras su hijo se alejaba en su primer día de colegio. Arrancó y diez minutos después se detuvo de nuevo ante un edificio de paredes lisas y amplios ventanales. Sacó con cierta dificultad a Beatriz que la miraba con ojos de verla sin reconocerla. Esta vez el abrazo fuerte partió de ella y una joven que salió del edificio cogió por el brazo a Beatriz y acompasándose a su paso entraron muy muy lentamente en el centro de día de enfermos de Alzheimer.

 

            Ella, subió al coche de nuevo y se dirigió a su trabajo. Intentó sonreír, pero cuando recordó treinta y cinco años antes la mirada amorosa de Beatriz cuando la despidió a ella en la puerta del colegio, no pudo evitar que sus ojos estallaran en lágrimas.


De vez en cuando...

20090910190533-manos.jpg

…me gusta pensar que la vida real es como una quimera soñada y que cuando despierte  voy a volver a esa realidad en que tu ausencia es extraña y la distancia que nos separa inexistente. Tu voz algo que melodiosa mi existencia y alborota gratamente mis silencios.  Tu cuerpo tan imprescindible para mí, podría describir el sabor de cada rincón, como impredecible en esos gestos siempre nuevos en que, cada vez, me sumerges en nuevas caricias. El aroma de tu piel, tan habitualmente fusionada con la mía, es algo que me acompaña durante el día, pasando a perfumarme la hondura de mis poros. Tus ilusiones futuras encajadas como un puzzle con las mías y construidas por nosotros a cuatro manos. Nuestro tiempo compartido y creado por gestos mimosos, de silencio enriquecido por la luz de tus ojos, de tu ánimo revestido de sonrisa, de palabras que siempre renuevan mi ánimo, de tu mano caminando cogida a la mía…

 

            De vez en cuando me permito también, mientras construyo una sonrisa, soñar que tu cabeza se deja caer con ternura sobre mi hombro, aunque sólo muy de vez en cuando…

No hay comentarios. Comentar. Más...

¿Despertando o soñando?

20090828172847-dormidaencamison.jpg

          Soñaba que desperté, ¿o más bien me desperté soñando?, viéndote a mi lado, dormida, con tus ojos cerrados. Tu cabello se desparramaba voluble trazando caprichosas líneas oscuras sobre tu rostro. Tus párpados, siempre tan aparentemente pudorosos, sólo al descubierto en tus instantáneos parpadeos, descansaban relajados mientras tus pestañas se entrecruzaban en un abrazo tierno y sin prisas. Tus labios se entreabrían, esponjados en humedad, brillando con la tersura del suelo recién encerado.

 

         Tus dientes semejaban guardianes de la gruta de tus maravillas a la que asomaba tu lengua con cierta timidez, tan lánguida la vi que su inusual sosiego me hizo sonreír. Sí, me gusta la algarabía locuaz de tu voz, que cubre mi cielo de palabras que lo surcan como acúmulos coloreados de mariposas, y ese tono tuyo capaz de hacer vibrar las cuerdas más sensibles de mi corazón.

 

         Mi mano derecha, habitualmente tan prudente, no resistió, esta vez, el embate del momento y dejó su inmovilidad para acercarse a tu melena, introducirse entre los mechones de tus cabellos y masajear con mimosa sutileza, para que lo gustaras sin despertar, tu cuero cabelludo.  Después, como si quisiera dibujar los rasgos que conforman tu rostro, resbaló por él delicadamente, gustando sus ángulos y  ondulaciones. El meñique a pesar de ser el dedo de menor tamaño, siempre ha sido el más atrevido y comenzó su descenso por tu cuello, los otros ¿envidiosos? no quisieron quedarse atrás y se complacieron en seguirlo. Fue el índice el que deslizó con facilidad el tirante de tu camisón hacia la mitad de tu brazo, haciendo descollar seductoramente tu hombro mientras me desvelabas la atractiva hondura, oscura y luminosa a la vez, de tu escote. La escueta tela de tu camisón se arremolinaba caprichosa en torno a las formas de tu cuerpo, que ahora se dibujaban con sinuosa claridad. Tus piernas vestidas sólo con el aire brotaban de su interior y me pareció ver cómo tu ombligo resaltaba deseoso por uno de los resquicios de los pliegues de la tela.

 

         No estoy seguro de lo que hubieran seguido haciendo mis dedos, porque, precisamente en ese instante, un leve bostezo de tu boca encogió tus ojos, antes de abrirlos, semipesados, somnolientos, encendiéndose al verme y, entonces, todo tu rostro revivió para dar vida a la más hermosa de las sonrisas que yo podía recordar.

 

         Justo y no en otro momento, me desperté, dándome cuenta de que te había soñado ¿o soñé que me había despertado?

No hay comentarios. Comentar. Más...

¿Pandemia?

20090815123837-cimg3325.jpg

-Doctor, venga rápido, acaba de entrar otro joven con los mismos síntomas de el del otro día.

 

-Veamos, voy a auscultarle. Son los mismos síntomas de todos los casos anteriores:

Piernas hinchadas de pasar muchas horas sin sentarse. Los pies destrozados de pisadas, como si le hubiera pasado por encima una estampida. Ojos deslumbrados de miles de resplandores. Murmullo continuo en los oídos. Dice que ve visiones y que todo el que ve tiene ojos rasgados y que cada vez que mira a una pared la ve cubierta de sonrisas…

 

-Otra vez las dichosas sonrisas…

 

-Ya llevamos seis casos de estos en el último mes. Doctor ¿cree que esto se trata de una pandemia?

 

-Yo creo que esto se podría solucionar si el director del Louvre, con la excusa de que los vigilantes veteranos no quieren ir, debería dejar de poner a estos vigilantes, recién contratados, en la sala donde se encuentra la Gioconda.


Luna llena y ojos

20090805172136-luna-llena2.jpg

       Sigo sin entender el por qué cuando miro la luna llena, tan blanca, me recuerda tanto a tus ojos que son tan negros.


Oyendo voces

20090714192632-oirvoces.jpg

No sé cuando empecé a escuchar esas voces. Lo que sí soy consciente es que cambiaron positivamente mi existencia. Vencían mi natural pereza cuando al despertar me decían: “venga levántate ya” y me lanzaba fuera de la cama. En aquellos momentos en que el desánimo pretendía anidar en mí, escuchaba: “ánimo tú puedes” y éste desaparecía súbitamente. Mi natural timidez con las mujeres la superaba cuando la voz me decía: “acércate a ella, está deseando participar de tu encanto” lo que me hacía habitualmente irresistible ante ellas. Y esa voz me hacía resistir cuando el sueño me invadía en las noches de juerga o me empujaba a la calle para hacer footing todas las tardes.

 

Pero no se crea que todo lo provocado por mi voz interior es positivo. Como lo que me ha pasado esta mañana. A 150 Km por hora decía aquel guardia civil que yo iba conduciendo. Y de nuevo la voz empezó a decirme: “Este cabronazo, con la pinta de sieso que tiene es capaz de multarme!”. Lo que no me había dado cuenta, hasta ese momento, es que esa voz interior, salía en voz alta , de mis propios labios! Y nada de lo que expliqué al agente sobre las voces sirvió para evitar mi detención por “insultos a la autoridad”. Así estoy ahora en el calabozo…veremos lo que dice el juez mañana…


Escribir...

20090704182121-escribiendo.jpg

-¿Por qué escribes?-me preguntaste hace ya mucho tiempo.

     Te dije, entonces, que no tenía muy clara la razón. No, no era para que me quisieran más. Tampoco tenía muy claro que la razón que me empujaba a ello fuera para "compartir". Sólo sé que, desde entonces, no he parado de escarbar entre las páginas del diccionario para abducir palabras que posar en mis escritos. Tú has perseguido a todas mis letras con un ansia especial. Mi vida ha ido cambiando y yo he evolucionado, esta mañana al despertar, al fin, lo tuve claro:

-¡Yo escribo para ti!


El sabor de las cerezas

20090617201455-labioscerezas.jpg

         Parecía un día cualquiera y tras el amanecer la luz del sol fue dando un brillo creciente a los colores, hermoseándolos. Pero no, aquel era un día muy especial y, al recordar el motivo, embelleció, como sólo sabe hacerlo una sonrisa, su rostro de mujer madura. Deslizó juguetonamente su escueto camisón a través de su piel y con una hábil patada al aire lo lanzó a la cama. Se introdujo en la ducha y bajo su chorro de agua fresca se sintió revivir con aquella humedad que desperezaba su piel. Tras secarse sin prisas, dejando que la toalla se posara  muy despacio sobre su piel húmeda, se miró al espejo y se vio más joven y guapa que el día anterior, como si aquella mañana una niebla amnésica hubiera deshecho el cúmulo de preocupaciones, que habitualmente le acompañaban, como un pesado fardo. Sacó del armario la caja donde tenía guardado un conjunto de lencería verde oliva, sin estrenar, que reservaba para este día y disfrutó de ese momento en que aquella fina tela abrazó sus formas. Sacó sus pinturas del cajón y las desplegó como un inmenso arco iris por la encimera del lavabo.

         Estaba dispuesta a quedar relucientemente maquillada. Primero se dio una base para cubrir las imperfecciones y luego añadió el corrector, empezando por el oscuro para bordear y definir rasgos y luego el más claro para resaltarlo. Dio brillo a sus ojos negros con el iluminador, oscureciéndolo primero con una sombra suave en el párpado y trazando una línea negra bajo las pestañas que difuminó con los dedos. A las cejas les aplicó polvo y después cera para peinar y moldear el vello y en las pestañas, antes de peinarlas, les aplicó capas de máscara negra para reforzar su mirada.  Coronó aquel rato de “bellas artes” exfoliando sus labios antes de maquillarlos con un lápiz de labios rojo con los que los convirtió en frescos y sumamente deseables. Cogió una pintura complementaria con la de los labios y dedicó un buen rato a ornar sus veinte uñas con un mismo color. Feliz con el resultado descolgó del armario un vestido de gasa de vivos colores que tras colgar sobre sus hombros fue dibujando las líneas de su cuerpo mientras el aire jugueteaba con él en variadas cabriolas. Entremetió sus dedos para aventar su corta melena y se la atusó con una simple pasada del peine. Alzó los pies sobre unos “manolos” saliendo de casa cuando el reloj de la torre marcaba las 9 de la mañana. Sonrió, había calculado el tiempo necesario para arreglarse con suma perfección.

          Agradeció el aire de la calle mientras desplazaba su cuerpo oscilándolo con movimientos de princesa. Aunque ella no lo reconocería, tenía algunos nervios agarrados al estómago, lo que un observador perspicaz hubiera traducido por una casi imperceptible curvatura de su cuerpo al caminar. Su sensibilidad era tal que hubiera distinguido bajo la suela de los zapatos si hubiera pisado a una hormiga. No tardó mucho en llegar a donde iba: la puerta de la frutería. Aún no estaba abierta, el frutero estaba dentro colocando las cajas y ordenando la mercancía. A través de las rejas un fragante aroma a frutas la envolvió.  Como quien espera reencontrarse con un lejano amor, su mirada ávida rastreaba la penumbra del interior en esa búsqueda anhelante que hacía de hoy un día diferente: ¡el frutero le había dicho que tendría la primera caja de cerezas de la temporada!

          A ella, la espera se le hizo interminable pero al fin la reja se abrió y  entró al interior con lo que el aroma, más intenso, se acompañaba ahora de aquella imagen, siempre hermosa, de frutas de variados colores y de pieles brillantes   que se le ofrecía mimosamente a sus ojos. Su vista recorrió con rapidez las cajas, temiendo que no las tuviera pero ¡allí estaban! En una esquina había una caja donde se amontonaban con esas tonalidades tan variadas que da la naturaleza del rosado, al rojo, del fucsia al lila, agolpadas sin orden ni concierto con un cartel colocado: cerezas del valle del Jerte.

          Le tendió al frutero una bolsa de papel marrón que llevaba para que le echara un kilogramo de cerezas, sin preocuparse del alto precio que tenían al ser las primeras de la temporada… llevaba meses sin comerlas y ¡no aguantaba más sin llevarlas a la boca!

          Salió de la frutería como quien camina con pasos alados, mientras apretaba firme entre sus dedos aquella bolsa de papel en la que semejaba llevar un tesoro de inapreciable valor. Llegó a su casa sin detenerse a  esperar el ascensor, tal era su impaciencia, subiendo los escalones de dos en dos.  Dejó la bolsa sobre la mesa del salón y antes de abrirla trajo un cuenco con agua  y se sentó frente a la ventana. La vació sobre un plato y contempló como aquellas “perlas” brillantes entrechocaban entre sí. Disfrutaba pacientemente con aquel lento ritual que, mientras más postergaba su placer más acrecentaba su deseo. Hundió sus dedos en aquel océano de, sólo aparentemente, formas esféricas en que el color de sus uñas se confundía y la piel de sus manos gustaba de la lisura de aquellas pieles rojas. Acercó, a continuación, sus manos a su nariz,  cerrando los ojos como si eso le permitiera aspirar con más intensidad. Aquel siempre bienvenido olor le evocaba a sus años infantiles en los que recorría los campos “nevados” de su abuelo, así los llamaba ella desde que los vio la primera vez lleno de árboles cubiertos con su característica flor blanca.

          Masajeó sus manos un rato más en aquel plato, hasta que, al fin se decidió a coger la primera pareja de cerezas o guindas, como le gustaba llamarlas a ella. La sacó del montón tirando suavemente del rabillo verde que las unía y las contempló con delectación en ese contraste que las hacía destacar sobre el fondo luminoso de la ventana. Las contemplaba en esa oscilación  leve en la que pendían en el aire y que le semejaban dos péndulos de movimientos caprichosos. Aquel momento de observación distrajo su tensión y relajó el tacto tenue con que sus dedos sujetaban el rabillo y se soltaron yendo a caer, casualmente una de las cerezas en el interior de su escote quedando la otra, por fuera, a modo de un elegante broche  natural. Como un acto reflejo tiró hacia arriba de la que asomaba sintiendo un ligero estremecimiento al sentir el ascenso de la cereza sobre su pecho. Le gustó y en vez de sacarla de una vez se distrajo durante unos minutos en ese movimiento de vaivén que le hizo sentir escalofríos y poner sus vellos de punta. Al fin, dio un tirón más fuerte de lo habitual para eludir ese momento que tendía a perpetuarse y volvió a tener las dos cerezas colgando en el aire y como quien participa en una operación de rescate las condujo hasta aterrizarlas en el cuenco lleno de agua.

         Las sumergió y, por un momento, en aquel día de calor sofocante sintió cierta envidia al ver como se desdibujaban sus formas bajo el agua y adquirían ese matiz admirablemente suculento que les añadía la humedad. Tras tantos prolegómenos estaba ansiando probarlas, ya no podía oponerse más a ese deseo. Despacio con suavidad alzó aquel par de cerezas y tras levantar la barbilla y cerrar los ojos abrió su boca y dando un leve tirón de aquel rabillo verde atrapó la cereza cerrando los dientes, sintiendo, por primera vez en tanto tiempo, la caricia sabrosa de su piel. El rabillo ahora había quedado con una sola cereza, en modo asimétrico, que volvió a sumergirla en el cuenco. En cuanto a la otra la meció en su lengua, dilatando aquel momento, paladeándola a modo de un caramelo, mientras transitaba por todos los rincones de su boca. Ya no pudo resistirlo más y con un ágil movimiento desplazó aquel fruto a la parte izquierda de la boca y colocándolo entre las muelas, presionó éstas con estudiada intensidad hasta que sintió como se rasgaba su superficie exterior y esparcía su dulce sabor interior en manantiales nutricios. Era capaz de imaginar como aquel fluido rojo oscurecía la lengua a medida que avanzaba y se extendía, despertando todas sus papilas gustativas hasta que se canalizaba por la cavidad que daba entrada a su garganta. Hábilmente con su lengua desprendió el hueso y maceró parsimoniosamente, con el movimiento conjunto de sus maxilares, cada partícula carnosa exprimiendo el más oculto de sus sabores. El hueso quedó en la boca ahora aislado y recibiendo succionados insistentes lo dejaron desprovisto de todo. Escupido certeramente, cayó con un ruido seco, sobre un cenicero de alabastro sobre el que nunca se había vertido ceniza. Miró al frente por aquella abertura a la calle y distrajo su mirada sobre una pareja de petirrojos que sobre el tejado de una casa que remoloneaban mimosamente entre ellos, se aflojó y disfrutó de ese sabor que fue invadiendo su cuerpo como si se tratara de un beneficioso virus.

          De nuevo alargó su mano al cuenco y sacó la guinda que ya había absorbido la humedad y el proceso de deglución se repitió con el mismo lánguido procedimiento. No es difícil imaginar que a estas velocidades y con esta capacidad de disfrute sabroso, el proceso de desaparición de aquel kilogramo de cerezas se extendió a lo largo de muchas horas de aquel día. Mientras eso ocurría y aquellos sabores iban empapándola, ella pensaba, divagaba, reflexionaba sobre sí misma y se imponía metas de cambio a partir del día siguiente. La postrera guinda coincidió con la visión del sol que en tonos rojizos finalizaba su recorrido de aquel día. Ella, tras tragarla y con aquella imagen, cual cereza gigante que se ocultaba tras el horizonte, sufrió una especie de catarsis que le produjo un sosegante sueño. Un momento antes de que sus ojos se cerraran no le costó darse cuenta que al día siguiente, un año más tras el primer día del saboreo de las cerezas, tendría que ir a Urgencias a que le hicieran un lavado de estómago, pero es que…¡le gustaban tanto!

 


En el lunes

20090608203021-lunes.jpg

           El amanecer del lunes siempre me semeja un tubo en el que meto la cabeza, con mayor o menor esfuerzo para comenzar la semana. Es el día en que más tiempo cuesta enderezar las piernas una vez que posamos los pies en el suelo. Me parece a mí que no debo ser el único al que le ocurre esto.

            Empiezo la mañana desayunando siempre en el mismo bar, donde la habitualidad hace que, de un día a otro, conserve hasta el asiento. Hojeo el periódico y me hago comentarios silenciosos sobre lo que me parece lo que leo. Algunas noticias o fotos me llaman especialmente la atención. Una de éstas es una foto de las elecciones en el Líbano, en la cola sólo hay mujeres y soldados que vigilan. Pero lo que me sorprende es que el par de mujeres que se ven calzadas con chanclas tienen los pies más grandes que los soldados que los tienen embutidos en botas.

            Una maestra tan joven como hermosa, casi se arrastra por el suelo, compañera ocasional de estas horas, paga su desayuno mientras se queja al dueño de que faltan tres minutos para las nueve y hoy no tiene ninguna gana de empezar las clases y se dedica a dilatar el tiempo todo lo que puede. Al fin sale corriendo por la puerta, mientras se consuela pensando en voz alta, que menos mal que ya faltan pocos días para las vacaciones que si no terminaría en un siquiátrico.

            Cuando ya estoy terminando el periódico entra otro de los parroquianos habituales. Éste, mentalmente, no anda del todo bien y tiene una rara habilidad en destrozar el silencio de la mañana. Habla y no calla en una larga retahíla, sin pies ni cabeza,  de vez en cuando requiere la atención del dueño del bar que, educadamente dice sí, con lo que ya es motivo para que él siga en esa extensa perorata sin final. Salgo del bar dejando que sus palabras sigan abrumando el aire y miro al cielo, azul con algunas nubes blancas...¡vamos a empezar el lunes!


Un encuentro etéreo

20090228212213-cimg2815.jpg

     Recuerdo cuando te vi por vez primera, fue al doblar una esquina. Tus formas voluptuosas, ondulantes al aire y acicaladas por los rayos de sol, atrajeron irremisiblemente mi mirada. Troqué el camino, que seguía hasta ese momento, para seguir la senda que me marcabas. Cual una moderna Salomé bailabas en el espacio, pero sin la protección aparente de ninguno de los siete velos. Mis ojos y mis pasos pugnaban por acercarse a ti, pero tú como si juguetearas conmigo acelerabas tus movimientos. No podría decir hasta cuando duró aquel juego mientras el que mi mente fantaseaba con todo lo que podría hacer yo contigo.  Solo sé que, sin razón aparente, impresionante pompa, ¡estallaste en el aire!


¡Hoy toca!

20090209212545-bajando.jpg

      Sí, eso es lo que pensó Susan cuando, abrazada aún por las sábanas, escuchó ese silbo al aire que producía su marido mientras se vestía y que ella identificaba con el grito de llamada del macho en celo. Hoy toca…hacer el amor.

         Robert cogió su cartera y el aroma de un breve beso continuó en el aire tras cerrar la puerta. Susan se levantó de la cama, dando un salto, hoy sería un día largo. Lo primero que hizo fue ducharse, le gustaba sentir el agua deslizándose sobre su cuerpo e imaginaba que arrastraba por el desagüe sus suciedades exteriores y sus demonios internos.  Se miró al espejo y se fue gustando mientras lentamente sus cabellos se engalanaban sobre sus hombros recuperando unas formas que hacía tiempo que no disfrutaban. A continuación, se depiló, aunque no esa depilación habitual sino aquella tan especial que sabía que a Robert tanto le seducía. Extendió sus pinturas a lo largo de todo el lavabo y dudó, decidió y eligió aquellos colores que aquel día le vendrían mejor para resaltar las líneas de su rostro y los pliegues de sus párpados. Culminó aquel arreglo con su lápiz rojo de tonos brillantes que daba a sus labios una seductora apariencia de humedad continua. Se vistió y se dirigió a visitar a la masajista, quien con ágiles dedos fue recolocándole mansamente todos los músculos en su lugar y fomentada por su desnudez, aquel íntimo contacto la llegó a excitar. Se dirigió a continuación  a una tienda de lencería donde eligió un conjunto que ajustaba y resaltaba su cuerpo. Me lo llevo puesto, le dijo a la dependienta.

         Las luces de la tarde comenzaban a declinar cuando, como otras veces, agazapada tras un árbol vio a Robert descender los escalones de aquella casa de cortinas horteramente amarillas en las ventanas y subir al coche, para tras aquel paréntesis, seguir su jornada laboral.

         Susan volvió a casa y cenó.  Dejó su ropa sobre la silla y se tendió sobre la cama, con aquella lencería que estrenaba, a leer un libro. Robert llegó tarde, la saludó distraído y la besó con ese olor a perfume barato que a ella ya le resultaba insultantemente familiar. Se desnudó, quejándose del cansancio del día y  se dirigió hacia la ducha. Susan dejó sus gafas y el libro sobre la mesa de noche y se dedicó a elaborar fantasías en el techo.

         Robert entró en el dormitorio ya con el pijama puesto y le dio las buenas noches, dándole primero un beso y luego toda su espalda. En pocos minutos su respiración suave mutó a ronquidos, fue entonces cuando Susan se dirigió al salón, una vez más había perdido aquella apuesta que se había hecho consigo misma. Sacó un billete de diez dólares de su cartera y lo introdujo en la hucha que ella llamaba de las frustraciones. Ya quedaba poco para completar el precio de aquel revólver que había decidido comprar. Era barato, de una sola bala, pero no importaba, estaba segura que desde detrás de aquel árbol y a tan poca distancia de los escalones no podría fallar el disparo.

No hay comentarios. Comentar. Más...

Ayer 10 de enero...

20090111194550-tintin-et-milou.gif

...fue su ¡ochenta cumpleaños! No sé cómo lo hace pero se sigue manteniendo eternamente joven y las arrugas no llegan a su rostro ni a sus aventuras. Sí, un día como ayer hace ochenta años la primera tira con los dibujos del intrépido reportero Tintín fue publicada en una revista belga. Obra maestra del dibujante George Remi, más conocido con el seudónimo de Hergé, este periodista tan peculiar, nunca escribe nada, pasa por aventuras que nos han hecho soñar a todos los que las hemos leído.

      Con Tintín he subido al Himalaya y he viajado en un cohete hasta recorrer la superficie lunar. He participado en un viaje por el Amazonas y conocido los secretos de la India. He conocido revoluciones y conspiraciones. He estado en China,  conocido a los indios americanos y recorrido el país del oro negro. He recorrido pirámides y viajado en todo tipo de medios de locomoción. He subido a camellos y he sabido que "las llamas cuando se enfadan, escupen". He visto aerolitos que caían del cielo y conocido a los descendientes de los incas. He luchado con piratas y visitado Africa...

       Pero esto no lo he hecho solo con él nos acompañaban en estas aventuras un nutrido elenco de personajes. Empezando por el bravo capitán Haddock y siguiendo por el sabio y despistado profesor Tornasol, los divertidos Hernández y Fernández,  la inmensa Bianca Castafiore (que sólo canta el aria de las joyas de Fausto) y el perverso Rastapopoulos.

         Se anuncia que estas aventuras serán llevadas al cine por Spielberg, tiene que ser interesante el verlas en la pantalla grande, a pesar de que no será siempre igual que esos dibujos originales por los que se mueve el personaje.

        Sí, han sido muchos años y siguen siéndolo los que llevo disfrutando de su compañía, la mitad de su vida, y de sus aventuras que nunca mueren. ¡Qué menos que en agradecimiento regalarle este post de recuerdo por su cumpleaños!


Insistencia canina

20081209174445-mujer-con-perro.jpg

 

         No debía haber tratado a Damián de esa manera. Cuando la llamó para decirle que no podrían quedar esa tarde para salir, porque estaba a punto de realizar un gran descubrimiento, ella no aguantó más. Cierto que aquella insistente dejadez por su persona era fruto exclusivamente de su trabajo de investigación, pero estaba hastiada de toda la paciencia y comprensión que había desarrollado durante estos dos años que llevaba saliendo con él. ¡Y se lo había dejado bien clarito!

            Se despertó por la mañana con la sensación de haber dormido bien poco, abrumada por un duermevela en el que se habían mezclado, sus inquietudes, sus malos ratos y la cara dulce de Damián. Salió a la calle con gafas oscuras, más que por el sol por ocultar sus ojeras y a la puerta se encontró un perro de manchas marrones que agitó alegremente el rabo al verla. Le encantaban los animales y no pudo reprimir el acariciarle el lomo a aquel can que la miraba de ojos lánguidos. Se dirigió al Centro de Salud a por una receta, sin darse cuenta que era seguida por el can. “Señora, su perro no puede entrar”. “No, es mío”, repuso ella y el celador impidió el paso del animal. No tuvo que esperar mucho y con la receta de un antiinflamatorio entró en la farmacia cercana. “¡Qué perro tan gracioso!”, le oyó decir a la farmaceútica, una cuarentona de  pelo negro brillante y amplia sonrisa. Otra vez le había estado siguiendo. Al salir, intentó espantarlo con un grito y gestos, pero no lo consiguió.

            Tenía que llamar a Damián. ¡De eso nada! Tenía que ser él quien le llamara que era el culpable de todos aquellos desmanes de los que ella se lamentaba. Se dedicó a comprar ropa en varias tiendas y siempre que salía de alguna aquella mirada lánguida le aguardaba. En una de las mismas, incluso, se sobresaltó cuando vio aquellos ojos contemplando curiosamente su cuerpo desnudo, mientras ella se probaba un conjunto de lencería color champagne. ¡Se había colado por debajo de la puerta del probador! Empezaba a estar harta de aquella machacona presencia de cuatro patas que se había convertido en algo más insistente que su propia sombra. Al salir le tiró un zapato, recién comprado e intentó darle una patada que aquel perro evitó con habilidad.

            De pronto su corazón se acongojó, necesitaba ver los ojos dulces de Damián. Se dirigió a su casa, a ver si lo encontraba. Subió al primer piso y con una llave que llevaba en su bolso, abrió la puerta. A pesar de cerrarla con rapidez no pudo impedir que el perro entrara tras ella. No aguantó más, lo cogió entre sus manos, él se dejó hacer, abrió la ventana y lo arrojó a la calle. Cayó en el interior de un camión de matrícula griega que pasaba por la calle y que se alejó rápidamente. Ella se alegró de haberse librado de aquella incómoda presencia.

            En el interior del piso había un extraño silencio, abrió la puerta y entró en el laboratorio donde Damián hacía sus experimentos. Un matraz Erlenmeyer semilleno de un líquido verde esmeralda descansaba sobre un cuaderno medio abierto emborronado de fórmulas escritas con la letra de Damián. Súbitamente el título de la página atrajo su mirada.: “Fórmula para transformarse en perro”.

-¡Noooooooooooo! ¡Damián!-gritó, compungida y llorosa, mientras corría hacia la ventana.

 


Aquel perrillo...

20081116185538-perrogaviota.jpg

...en cuanto sus patas se posaron en la arena de la playa, abandonó la proximidad acogedora de las turgentes piernas de su dueña para empezar a corretear de un lado para otro sin rumbo fijo. Parecía que el contacto con la arena lo había convertido en hiperactivo, se lanzaba velozmente en línea recta y, de repente, daba un giro para volver.  La marea estaba baja y aquel cuadrúpedo se introducía en el agua, provocando diminutas olas a su paso y pareciendo, desde lejos, que aquellos movimientos lo hacían flotar sobre las aguas. Entonces fue cuando vio, quieta y, a sus ojos, terriblemente provocativa, a una gaviota que estáticamente posada en la arena empinaba su pico hacia el sol.  Cual si se tratara de una apetitosa presa se dirigió a ella a toda velocidad. Ésta alzó las alas y primero lentamente y después planeando inició  su vuelo mientras que el perrillo, por un instante, pareció ser arrastrado en su estela.  Aquel juego se repitió insistentemente, la gaviota se posaba más allá y, en cuanto tomaba tierra, ya estaba el perrillo intentando atraparla, lo que nunca podía. En el último intento la pata delantera se le dobló y cayó de morros sobre la arena. Pareció lastimarse pues acudió cojeando levemente, ahora despacio, hasta acariciar con su cuerpo los tobillos de gráciles andares de su ama. Ésta se agachó y le acarició el lomo como si estuviera reconviniéndole aquellas locas persecuciones. El perrillo la miró a los ojos y estoy seguro de que si pudiera hablar le hubiera dicho:

-Ha valido la pena. ¿Tú sabes lo que es, aunque sólo durara un instante, ese momento en que yo lograba alzar el vuelo tras la gaviota? ¡Era una sensación única!

     Los dos siguieron andando por la playa con pasos sincrónicos, pero el perrillo de vez en cuando miraba deseoso a la gaviota que como una mancha blanca sobre la arena, cada vez parecía más diminuta.


Entre coletas

20081105153221-coletas.jpg

         Una tarde más salió del colegio con su rostro pecoso y gesto alegre. Caminaba despacio, con su cabeza centrada entre las dos coletas que oscilaban alternativamente al ritmo de sus andares. A su hombro llevaba colgada una mochila con los libros  y de su boca emergía el palo de un chupa chups de fresa que le habían regalado. Conchita no podía imaginar lo que le esperaba al girar la esquina…

            Una figura torva empezó a observarla y acelerando sus pasos, se acompasó a los de ella. Era un hombre con la cabeza embutida en el cuello y de hombros disimétricos, con una cierta cojera y barba descuidada de una semana. Durante varios cientos de metros la fue siguiendo sin que ella se diera cuenta. Entraron en una calle solitaria en esa hora en que las luces de la farola han retrasado su encendido y fue, entonces, cuando aquel hombre le hizo notar su presencia con un estridente silbido.

            Conchita se volvió y lo miró  con la sorpresa dibujada en sus ojos. El hombre intentó acercarse a ella y cogerla por el brazo, pero con un movimiento súbito se alejó de aquella rugosa mano. Los ojos de Conchita no tenían miedo, sólo desprecio, cuando le dijo con voz firme:

-No te creas que con una llamada de teléfono de disculpas voy a perdonar los quince años de matrimonio que me hiciste pasar.

El hombre se quedó estático, mientras ella  se soltaba las coletas y su melena negra cayó acariciándole los hombros. Mientras se alejaba, con  un andar desafiante, empezó a reflexionar sobre las propuestas de horario que, como directora, le había planteado el claustro de profesores.


Jalogüin

20081102185448-vampiresa.jpg

        Nicanor salió de aquel centro ya totalmente recuperado de la obsesión por las plantas, de tal forma que ahora sólo se atrevía a fijarse en las mujeres por encima de las rodillas. No tenía donde acudir, su mujer se había casado con su abogado defensor, quizás por eso pasó un par de años más en el siquiátrico...  Divagó por las calles, con escaparates decorados de ridículas calabazas sonrientes, era el 30 de octubre, recordando aquella fiesta absurda que para ridiculizarla él la traducía a su idioma natal: Jalogüin.

Cuando anocheció entró en la atmósfera acogedora y sórdida de un bar. En aquella barra desvencijada, que malsujetaba el peso de sus codos, fue donde se le acercó aquella joven de piel límpida y de ojos levemente rasgados con color de lluvia. No tuvo que evitar el mirar sus pies porque el canal de sus pechos, similar a la entrada de una seductora gruta, atraía sus ojos. Se presentaron y compartieron vapores alcohólicos e intimidad. Se sentía Nicanor tan a gusto en aquella estrenada compañía, que cuando las primeras luces del amanecer hendieron las persianas de aquel local, se apenó de que su compañera se esfumara súbitamente, no sin antes citarse en el mismo lugar para el día siguiente a las 9 de la noche...para que le acompañara a una fiesta de Jalogüin

Sonaba la novena campanada en el reloj de la torre, cuando apareció ella envuelta en aroma de alhelí. Le tomó de una mano y él, como si se tratara de una estela, la acompañó hasta su casa. Pulsó ella el interruptor y una luz tenue acarició toda la habitación que pudo observar mimosamente adornada: murciélagos de goma colgaban de las lámparas, varias calabazas se extendían por los muebles en cuyas esquinas pendían telarañas cuyo material en no podía distinguir.Le sirvió un vaso de Nestea y le dijo que tomara asiento mientras ella se cambiaba y no sin cierto remilgo lo hizo junto a un esqueleto, que sentado en el sofá, parecía no quitarle ojo desde sus cuencas vacías. 

A los pocos minutos apareció ella con un gorro picudo, los labios intensamente rojos como si ardieran  y los ojos pintados de pintura negra brillante y envuelta en una capa oscura. Abrió la capa y apareció bajo ella adornado con escasas tiras negras el cuerpo más hermoso que Nicanor había visto en su vida.  El deseo tomó cuerpo en su idem, especialmente cuando ella lo atrajo hasta sí y tiñó de rojo sus labios y su lengua. Tirando de él, que casi no podia moverse de la sorpresa lo introdujo en su habitación, lo desnudó muy despacio y acostándolo sobre el colchón le ató muñecas y tobillos. Nicanor le dejaba hacer mientras sus sensaciones se alborotaban crecientemente.Con un grácil movimiento se desprendió ella de la capa, que lanzo al suelo y poniéndose de rodillas sobre la cama sentó su sexo suavemente gélido sobre la barriga de él. Iluminada por una sonrisa, se acercó a su rostro girando la cabeza buscándole el cuello. En aquel giro pudo atisbar como de su boca abierta salían unos largos colmillos, pero fue sólo un instante, porque enseguida notó como se clavaban sobre su cuello y presintió como se sentiría una pajita cuando la succionaban. Supo que era la primera y última fiesta de Jalogüin a la que acudiría y sobre todo que, después de esto, no volvería a protagonizar un post en este blog...no quedaría bien un protagonista con dos agujeros en el cuello y en el que no circulara sangre por su interior.


Cuestión de jardinería

20081029161929-tijeras-de-podar.jpg

 

          Cuando Nicanor terminó de arreglar los geranios, se llenó un vaso de ginebra y se sentó en el salón a ver la televisión. Algo desvió su vista de la pantalla… ¡No le gustaban aquellas plantas que estaba viendo! Eran feas y nada vistosas.

            Llevaba años en que era consciente de eso, pero aquella obsesión se le había acentuado durante las últimas semanas. ¡Estaba harto de verlas! Y no sabía si sería una ocurrencia suya, pero le parecía que, con aquella intermitente agitación con la que se movían,  se burlaban de él. No lo pensó más y dejando el vaso sobre la mesa de cristal, sin importarle el cerco que formó en la superficie, pegó un salto para dirigirse a donde tenía guardadas las tijeras de podar. Sin pararse a reflexionar lo que su mujer pensaría de todo aquello, decidió que tenía que cortarlas…Y menos mal que aquellas plantas…, de los pies de su mujer, lo vieron venir, fueron veloces y salieron, acompañadas del resto del cuerpo, a la calle a pedir ayuda.

        Aquella primera noche que durmió en el siquiátrico lo hizo relajado, mientras pensaba que aunque no le había dado tiempo a cortarlas, al menos, pasaría una buena temporada sin ver aquellas horrorosas plantas.

 


Octubre, octubre

20081024152605-octubre.jpg

         Me encanta cuando octubre se cuelga del calendario. Esos días que se desperezan con cierto esfuerzo, como si les costara amanecer y alientan con su recuperada brisa fresca la actividad cotidiana paralizada en los meses de estío. Disfruto con los rayos de sol, tamizados en caricias, que se posan suavemente sobre la piel y con ese tizne ocre y amarillo con el que comienza a engalanarse la naturaleza. La desnudez de los árboles de esqueléticas ramas y que adornan el paisaje con un cierto tenebrismo. Los cielos coloreados por las primeras nubes que derraman gotas de vida sobre los terrones anhidros tras el verano. Esa algarabía escolar que se inicia, descanso providencial de padres y que cada año hace que me invada la nostalgia infantil de olor a goma de borrar y lápices de madera. Saborear ese adelanto de las horas de la noche en el refugio del calor hogareño, envuelto en humo de asar castañas, y pasear cubiertos al abrigo acogedor de la primera chaqueta,

           En este mes me duele arrancarle cada día una hoja al almanaque. El transcurrir de estos días me gusta tanto que me  deleitaría con que todo el año fuera octubre.


Verde y oro

20081009161103-verde-y-oro.jpg

 

            La plaza estaba atestada de gente, aunque aún no eran las cinco de la tarde. El reloj, sin ningún disimulo, campaneó en el aire, mientras el sol, a esa hora, arrancaba resplandores dorados de las paredes. Despistado estaba, no era para menos, ya que aún resonaba en su interior aquella carcajada de ella del día anterior que terminó de “ennerviosarle”. Durante ocho años, con más de un encuentro fallido, había dibujado en su imaginación las líneas desconocidas de un rostro etéreo que en pocos minutos se le revelaría. Se reconoció tramposo semiocultándose  en una esquina, para esa difícil tarea de controlar la llegada de una persona a quien no se conoce. Finalmente fue ella quien, con una figura tan grácil como segura, con paso firme y semioculta en gafas negras,  reconociéndolo se le acercó cabalgando sobre una sonrisa.

            Verde y oro, esa fue la primera impresión que tuvo al verla. Su larga melena fina y lisa de color de oro brillante caía meladamente dibujando las redondeces de sus hombros. Al desprenderse de las gafas su mirada procedente de unos ojos de aspecto felino y color verde lluvia lo rodeó al mismo tiempo que sus brazos. Se observaron y estudiaron en los siguientes minutos intentando aterrizar a la realidad todo lo que la imaginación había hecho brotar durante tanto tiempo; hablaron, probablemente mucho más ella que él, y se fueron a comer juntos a aquel lugar de platos de extraño nombre.

            Verde y oro. El verde de la ensalada se extendía sobre los platos mientras un vino blanco de tono dorado y levemente afrutado, convenientemente frío se encargó de desenredar las lenguas en plática ágil. Y a pesar de ciertos muros de granítica dureza a través de sus rendijas escaparon muchas de las luces interiores que, hasta entonces, habían estado ocultas tras la protección de la pantalla y que, ahora,  ni esa tenue tiniebla de las volutas mentoladas de su cigarro, pudieron desdibujarlas.

           Verde y oro. Así fue ese paseo de media tarde entre las hojas aún vivas de los árboles que se cruzaron y los muros dorados de todas las calles. Hubo tiempo para sentarse en la plaza y para seguir conociendo del otro.

           Verde y oro. Llegaron hasta el borde del río y sentados sobre la hierba verde que como un extenso y calmo mar se perdía hasta el horizonte otearon, en la otra orilla, la ciudad  que engalanada de sus mejores joyas parecía ir escalando hacia el azul del cielo.

          Verde y oro. Y el tiempo pareció detenerse cuando se vieron envueltos en aquella suave brisa. Las palabras que brotaban en la mutua conversación se trenzaban en el aire mientras él disfrutaba de aquella escena única en que el sol iluminaba el cabello de ella volviéndolo invisible de puro brillo y, a la vez, arrancaba destellos que manaban, sin pudor, de aquellas esmeraldas situadas bajo sus cejas. No supo cómo pero él logró, sin cámara, fotografiar aquella escena para el recuerdo.

          Verde y oro. El sol cayó como todos los días y los colores se fueron confundiendo en una misma tonalidad oscura. Ahora fue en una pizzería donde el tono amarillo de las paredes combinó con los ingredientes verdosos de la pizza.

           Verde y oro. Todo termina hasta las horas que, en principio parecen largas, acaban devoradas por el paso del tiempo y aquel día llegó a las doce siendo enterrado sin sepultura material. Cuando él cerraba los ojos, ya recién aupado en el día siguiente, parecía que una niebla hubiera blindado sus recuerdos, todo salvo unos destellos que asomaban, acrecentándole el ánimo, en tonos verde y oro.

 


No puedo escribir...

20081008224501-letras.jpg

...estoy siendo devorado o, quizás mejor dicho, abducido por mis propias letras.


¿Soñando?

20080921182401-cerrandoojos.jpg

             En cuanto notó el tacto acogedor del colchón sobre su espalda cerró los ojos.  El día le había resultado agotador y lleno de emociones. Había estrenado hoy un coche nuevo y había recorrido en él, lugares totalmente desconocidos. Y, además, se había encontrado a uno de su edad, al portador de los más hermosos ojos verdes que nunca había visto. Entrecerró los párpados para pasar revista a tan maravilloso día, pero cosa curiosa, todas las imágenes del día se le aparecían en blanco y negro, salvo en ese punto en que el verde esmeralda de aquella mirada inolvidable asomó frente a ella.

            En ese momento la puerta se abrió, apretó sus ojos y unas manos fuertes tras acariciarle levemente el rostro le arroparon con la manta. Aquel hombre descalzo, salio sin hacer ruido, entornando la puerta.  Se alegró de que su hija no se hubiera enterado de su presencia, se ponía insoportable cuando se despertaba por la noche, y es que tenía que estar cansada. Era el primer día que la habían sacado a pasear en su cochecito de bebé.


El nuevo

20080916153341-parejilla.jpg

 

-Hola ¿tú eres nuevo?

-Hola, creo que sí.

-¿Cómo que crees que sí?

-Sí, soy nuevo. Perdona es que ando todavía un tanto despistado.

-No te preocupes, suele pasarnos a todos al principio. Soy Cristina.

-Encantado, yo Adolfo. ¿Llevas mucho tiempo aquí?

-Sí, llevo ya bastante.

-Si te digo la verdad, no tenía muchas ganas de venir. Ya sabes, cualquier cambio que hacemos nos supone siempre una crisis. Y luego, me imaginaba esto tan aburrido…

-Ya verás como no, en seguida te adaptarás y lo pasaremos bien. Aquí, a cada momento, descubres algo nuevo.

-Uf, ¿qué me pasa? Me sucede algo extraño…

 

            Cristina se quedó sola, de pronto, y no pudo evitar un gesto de fastidio, mientras mentalmente musitaba: te esperaré…

 

-Enhorabuena doctor, he llegado a pensar, en algún momento, que habíamos perdido al paciente. ¡Ha logrado revivirlo!

 


Sólo un instante

20080827183613-castilla.jpg

       (Fotografía de Concha Arias)

       Sí sólo es un instante, diminuto en el tiempo, imperceptible para todos y tremendamente mío. Conduzco y me siento bien en esta burbuja que, a veces, creo con mis pensamientos. Dejo que mis ojos dominen todo mi ser y siento, contemplo y me emborracho de estos colores, de estas imágenes, que la naturaleza me brinda como si me hiciera un regalo sin merecerlo.

        No quiero pensar en nada ¿para qué? Ni en ese pasado que me hace encorvar las espaldas, ni en ese futuro que me encantaría dirigir y caminará, simplemente, por donde le dé la gana. Sí, mejor no pienso y sólo miro, este regalo, este presente, en el doble sentido de la palabra. Esta estampa apacigua mis instintos, acalla mis tristezas, despierta mi ternura...esa ternura onanista que difícilmente se puede compartir con nadie, porque sólo atisbaría algunos mínimos rasgos de lo que siento. Cabalgo sobre las nubes, navego sobre el verde de los trigales y explota en mi mirada el azul del cielo.

        El coche corre, el aire embarulla mi melena y me siento engañosamente libre. Me gustaría detenerme aquí, pero los demás coches me empujan, cada retazo del paisaje se fija en mi memoria y el retrovisor como una cesta de recuerdos, se ocupa de acercarme lo que dejé atrás. 

         Disparé la foto, congelé ese momento. Podré encontrar imágenes similares, incluso mejores, pero serán diferente a ésta, porque ésta era única, era sólo ese instante...


De perdones y enmiendas

20080805172237-perdon.jpg

       Se está convirtiendo en habitual que determinadas personas se dediquen a pedir perdón, públicamente, por tropelías realizadas por la entidad que representan, a veces siglos antes. A mi ese tipo de perdón, cuando lo oigo me parece tan vacío como carente de sentido. Claro que tiene sentido y valentía una petición de perdón pero cuando la hace, arrepentido y personalmente, aquel que ha cometido la falta. En los demás casos, ni estamos viviendo aquella época, ni uno se puede arrepentir de algo que haya hecho otro, en todo caso le puede parecer mal, como nos puede parecer a los demás

         Pero hay algo unido al perdón y que sí puede tener sentido el actualizarse: el deseo de enmienda.  Cierto que no vamos a corregir hechos acaecidos en épocas remotas, pero sí que se puede desde el lugar que ocupamos hoy en el mundo, enmendar, poner los medios, corregir y enderezar aquellas situaciones injustas en las que podamos tener parte de responsabilidad. Con ello nos sentiremos mejor con los otros y nosotros mismos y evitaremos que dentro de unos años a algún descendiente nuestro se le ocurra la feliz idea de pedir perdón por algo que nosotros hicimos.


IM-¿posible?

20080724193212-imposible.png

     Sólo son dos letras los que separan algunos de nuestros deseos de la realidad.  El camino para alcanzar los sueños no siempre es fácil, hay épocas en que es tortuoso y, en ocasiones, empinado, tanto que nos agotamos y decimos: ¡imposible!Y nos entra la tentación de tirar la toalla y quedarnos al borde del camino.

     Claro que hay sueños que parecen que nunca tomarán formas reales, pero no por eso debemos de dejar de luchar por ellos. Sólo si de verdad nos enfrentamos a los problemas que suponen acercarse a ellos, podremos encontrar, en nuestras manos, esa goma de borrar mágica que quitando esas dos simples letras "IM", convierta en Posible aquello que deseamos e intuimos que nos dará, al menos, unos gramos de felicidad.

No hay comentarios. Comentar. Más...

La mesa redonda

20080716181230-mesa-camilla.jpg

       Durante mis años de estudio adolescente, estudiaba sobre una mesa redonda y ¡a mí no me gustaba! Lo que me parecía adecuado para jugar a las cartas o tomar café, nunca me lo pareció para estudiar.  Pero tuvieron que pasar años hasta que pude hacerlo en una mesa rectangular. Desde entonces, siempre que he estudiado, escrito o trabajado ha sido en mesas con esquinas. Nunca supe muy bien la razón de aquel gusto mío, si era algo emocional o más bien espacial.

        Pero ayer hubo un artículo que al leerlo me recordó esto, se refería a la reciente publicación de cuatro cuadernos inéditos de la escritora Marguerite Duras y el artículo terminaba con el último texto de último cuaderno en que Marguerite Duras decía lo siguiente:

        "Se está mal en una mesa redonda; los codos no reposan y no se pueden apoyar para descansar de escribir, y cuando se escribe están en el vacío, y si uno no se da cuenta en seguida se dice: "No sé lo que me pasa, estoy fatigado", y es a causa de los codos que no reposan en la mesa".

           Me alegra saber que no soy el único que huye de las mesas redondas...¡qué poco me parezco al rey Arturo con lo que aquel disfrutaba con aquella Tabla Redonda!


Con los dedos

20080715173420-cimg1894.jpg

      En el momento en que las letras salieron del papel y empezaron a formar parte de mí, empecé a descubrir el valor de las palabras. No es, por tanto, extraño que en muchos momentos de mi vida, sea por los acontecimientos vividos o por esas cosas que sólo el azar podría explicar, mis dedos ardan. Es como si una gran fuerza interior se viera en la necesidad de salir de mí, de expresarse a través de las letras y mis dedos abrasan...necesitan enfriarse en su contacto con el teclado mientras derraman sobre el papel virtual mucho de lo que encierro dentro.

      Hace unos días me ocurrió algo de eso, mis dedos no podían parar y aprovechaban cualquier hueco del día para aposentarse sobre el teclado, como si temieran que si el reloj seguía avanzando, llegara un momento que esas vivencias que quería expresar pudieran olvidarse o simplemente disolverse con lo que esas palabras pudieran morir, antes de nacer.

        Tras muchas hojas escritas llegué al punto final y, entonces, mis dedos agotados de tanto esfuerzo parecieron quedar exhaustos y sin saber muy bien que hacer, a partir de ese momento, para recuperar sus funciones habituales. ¿Qué podría hacer con ellos durante un tiempo para desintoxicarme de tantas letras?

-Hacer pajaritas de papel.

-Dibujar caricias en una piel amiga.

-Hacer nudos en una cuerda.

-Señalar hacia las estrellas.

-Hacer sombras chinescas en la pared.

-Sacudir levemente hierbas aromáticas antes de acercármelos a la nariz.

-Poner en pie a ese crío que tropezó.

-Pasar las hojas de un libro.

-Bailar con un bolígrafo sobre la superficie de un papel.

-Hacer un hoyo en la arena de la playa.

-Explotar pompas de jabón.

-Espantar moscas.

-Chuperretear una tarta de chocolate.

-Salpicar agua en un día de calor.

.........

  Y a ti, ¿se te ocurren más cosas que se puedan hacer con los dedos?


Envidia...

20080709065933-cimg1852.jpg
          Sí, tengo envidia de tus pájaros, de los que revolotean como mis besos en torno tuya, de los que arrullan tu sueño y te acompañan en tu despertar, de los que acompañan en tus ocios y tareas despidiéndote cuando sales corriendo por la puerta de casa, de los que durante el día te echan de menos en tu ausencia y de los que cuando vuelves al atardecer gorjean el aire a risas alegres abrazándote con sus trinos. Sí, decididamente envidio a tus pájaros!

Intermitencias

20080612151953-intermitencias.jpg

     Era la primera vez que en su dilatada vida como guardia civil de tráfico le pasaba algo parecido. Había detenido un coche que circulaba por la autovía, durante todo el tiempo, con las luces de ambos intermitentes encendidas.

            Se dirigió a la conductora, una joven de ojos hundidos y piel nacarada, y cuando le espetó la causa por la que circulaba de esa manera, ésta le respondió:

-Hace un mes murió mi marido y no se puede imaginar la soledad que me desgarra por dentro, hasta el punto de que cuando conduzco me siento acompañada, simplemente, con el sonido de los intermitentes.

            Una imagen de extraña comprensión deslució la inicial severidad de aquel agente de la autoridad, y no supo cómo se escuchó a sí mismo decir:

-¿Y no ha probado a poner un reloj de cuco en el salpicadero del coche?


Necesito un papel...

20080607141526-papeles.jpg

...le espetó aquel señor orondo a aquel joven y probo funcionario en su primer día de atención al público

-¿Qué tipo de papel necesita? ¿Un certificado, un justificante, una solicitud...? - le contestó con el aspecto relajado de quien se acuerda todavía del curso de Inteligencia emocional que le dieron para atender a los administrados.

-Un papel es...¡un papel! Me da absolutamente lo mismo- repuso mientras su rostro enrojecía y pareció desencajarse levemente, a la par que unas gotas de sudor perlaban lacrimosamente su frente.

  El funcionario miró a su alrededor, sin saber muy bien que hacer. No le habían preparado para esto, hasta que de un montón de papeles dispuestos para reciclar, titubeantemente, le acercó un folio. Aquel individuó se ls arrancó con gesto desesperado y sin decir palabra desapareció con paso acelerado por una puerta que había al fondo a la izquierda. Entró al interior y mientras se sentaba, con ganado sosiego, pensaba que mucho servicio público en aquella dependencia administrativa pero a nadie se le había ocurrido el reponer el papel higiénico del retrete.


La ventana

20080129214538-visillos2.jpg

              A esa hora en que el precoz anochecer convierte los tonos amarillentos en negro, hace fresco en la calle, desierta y otoñal. Camino con la agilidad que me dan mis años jóvenes,  las manos en los bolsillos, encogido, con la cabeza incrustada entre los  hombros, como si eso me atenuara el frío y, entonces, alzo el cuello, mirando hacia arriba, como siempre que paso bajo esa ventana.            

               Está situada en alto, en un cuarto o quinto piso, nunca los he contado, encaramada en la pared, siempre iluminada, rompiendo las tinieblas de la noche. Estando distante, la noto cercana.  A veces abierta, a veces cerrada, pero independientemente de ello, el visillo que está al otro lado del cristal siempre se agita, se mece por el aire invisible, y esas siluetas tamizadas, que se suponen al otro lado, son puras sombras más inventadas que reales. Detrás una luz encendida, calmosa, suave, que se adivina brotando de una lámpara y expandiéndose por toda la habitación.            

               Me gusta templar mi mirada, repleta de ausencias y gélida, con el calor instantáneo de aquella imagen. Soñar que yo puedo estar dentro, acogido por la caricia del hogar que allí supongo. Sentarme, con un libro entre mis manos, en un sillón acolchado bajo la luz de aquella lámpara, interrumpiendo la lectura en una conversación animosa con esos que me acompañan, que no sé quiénes serán. Ahíto de tanto caminar, detener mis pasos en aquel refugio seguro, y tenerlo como referente. Pero me alejo y aquella ventana, poco a poco, se va convirtiendo en un idealizado punto de luz a mis espaldas.            

               Ha pasado mucho tiempo, ahora mi piel se pliega sobre sí misma creando arrugas, caminos no deseados en mi cuerpo, y estoy al otro lado de la ventana. El visillo se mueve debido a mis pasos nerviosos en la habitación, no hay chimenea y estoy sólo. El libro cerrado, con el polvo que se acumula sobre su lomo, colocado sobre  la mesa. Una bombilla desnuda pende del techo, proporcionando resplandores aceitosos a la habitación pero, más que aportar luz, resalta las sombras. Me acerco a la ventana con la lentitud de mis pasos cargados de años y que se asemejan al monótono vaivén, del tigre encerrado en su jaula, Diviso la calle oscura tras los cristales. El frío y el viento se dibujan al otro lado con el murmullo agitado de las ramas de los árboles y en forma de hojas que sobrevuelan, juguetonamente, en el aire.  

               Por la calle, solitario, camina un joven con las manos en los bolsillos. Apago la luz, para observarlo mejor, me parece distinguir que mira hacia esta ventana…con gesto de anhelo, se aleja engullido por la tiniebla. ¡Qué envidia le tengo a ese pasear con la ligereza de pasos libres, con su rostro acariciado por el aire de la noche y bañado en rayos de luna!


En-pareja-2

20080117193932-pareja-chimenea.jpg

         Un chisporroteo, más alto de lo habitual, de las brasas de la chimenea me hace alzar los ojos, por encima de las gafas, y descansar el libro sobre las rodillas. Me paso insconscientemente los dedos por las arrugas de la frente para echarme para atrás esos pocos pelos canosos que se revuelven sobre mi cabeza.

        En el sillón que está junto al mío se sienta ella con sus canas coronando su cabeza y sus arrugas maleadas por tantos años. Observa distraída un programa de televisión y no es consciente de mi mirada. De pronto esta mirada parece sacudir esa piel envuelta sobre sí misma y la convierte en tersa de manera súbita. El pelo blanco oscurece y crece en una espléndida melena negra, sus manos finas coronada en aquella pintura de uñas rosa que tanto me gustaba, su cuello se estira y, de pronto, reconozco aquella imagen juvenil y recuerdo cuando la vi por primera vez, antes de que creciera una alta montaña de hojas del calendario dentro de la papelera. Mis ojos brillaron levemente por un instante, como si reflejaran la luz del fuego, pero yo sabía que no era eso, y una sonrisa casi olvidada prendió en mi cara.

       Me coloqué las gafas sobre la nariz, cojo el libro entre mis dedos y mientras las llamas siguen su baile sin orden, sigo leyendo...


Leía...

20080114190141-librovida.jpg

...pasaba las hojas de aquel libro. No era demasiado apasionante, pero estaba relativamente entretenido, aunque me estaba ya resultando un poco cansino. Tenía ganas de acabarlo, ya. Al llegar a la palabra fin, todo se me oscureció.

    Nadie me había avisado que tenía entre mis manos el libro de mi vida.


Desnudo

20071231181952-cimg0919.jpg

         Nunca me ha gustado desnudarme y mostrarme así, delante de los demás. Parece como si al verme desnudo me sintiera desprotegido y no estuviera dispuesto a aceptar el contacto directo del aire sobre mi superficie. Pero ¿por qué temo tanto que mi intimidad quede expuesta a la mirada de los demás? ¿Será que pienso que es más oscura, más frágil o más vergonzosa que la de los demás?

         Ya sé que mis demás compañeros están así, pero eso no me ha parecido razón suficiente, por eso he sido el último que me he desprendido de toda mi vestimenta. Me resistí hasta ese instante postrero en que la costumbre se impuso a mis deseos. Ya he quedado, tal como nací, a la vista de todos, del frío y del silencio.

          Y sueño, esperanzado, que transcurrido un tiempo, este sol que ahora me saluda con esos rayos amorosos, me siga transmitiendo vida para abandonar esta desnudez que detentan mis ramas con el, repetido y siempre, nuevo milagro de la primavera.


Queridos Magos...

20071218153326-reyesmagos.jpg

                                                                                                        (dibujo de Mel)

              

         Sí ya sé que no tengo edad para pediros muchas cosas, pero es que de todas las ilusiones que quedaron durante todo estos años por el camino he logrado rescatar ésta. No podría deciros si he sido bueno, quizás  sí que lo he intentado todo lo que he podido a pesar de que las circunstancias no ayuden, en ocasiones a ello. Y sin más preámbulos he aquí lo que quería pediros:

-Este año no quiero regalos, es más estoy harto de regalos, no sé donde guardar tanta corbata ¡pero si nunca me pongo ninguna! y mi armario apesta a mezcla de colonias, que con tanto bote no es raro que de vez en cuando se me rompa alguno. Preferiría, durante esos días, ese regalo continuo de los que me rodean en forma de gestos cariñosos, sonrisas, miradas cómplices y apoyo cotidiano.

-Que quiten tanta iluminación que lo único que hace es contribuir al cambio climático y regodear esas calles atestadas de gente desesperada, con caras de buscar siempre lo que no encuentran y cargadas de bolsas y paquetes. Con que nos iluminen las calles lo suficiente para no tropezar y captar las sonrisas, ¡sobra!

-No quiero comer en Nochebuena ni besugo, ni pularda, ni angulas. No me gustan y prefiero un buen potaje y unos huevos fritos con chorizo. Lo esencial no es lo que cuesta la comida sino que no cueste compartirla en la adecuada compañía.

-Que dejen de felicitarme tantos directores de banco y presidentes de compañías importantes, que ni siquiera son capaces de firmar. Prefiero esos buenos deseos de la gente que quiero,  manifestados de la manera que sea, a veces por un abrazo o una simple mirada llena de ternura..

-Dadme ojos de niños que revistan estos días de aquellas viejas ilusiones y me haga disfrutarlos con esos tonos casi olvidados del arco iris.

-Y que, ojalá. el siete de enero nos duela, más que el incremento sufrido en la báscula,  la conciencia porque hayamos reflexionado sobre nuestra participación en la construcción de un mundo mejor.            

        Ya son varios años escribiendo la misma carta, y nunca se cumplen estos deseos, lo que pasa es que me empeño en mandarla por correo electrónico y, como no tengo las gafas le doy a eliminar en vez de a enviar, y claro, no voy a volverla a escribir… Y espero al año siguiente…¡otra vez me equivoqué y se me ha vuelto a borrar!...


Marcela

20070926151852-mujer-de-negro.jpg

            En el pueblo, aunque sea de vista, todos nos conocemos, pero este conocimiento es mayor cuando existe una mayor habitualidad en la visita a nuestra oficina, como en el caso de Marcela, dueña del bar y propietaria del piso en que se aloja, desde que llegó a aquí, Olga, mi compañera de trabajo,. Marcela tiene sus treinta y varios años, podría decir su edad exacta pero el sigilo profesional me lo prohíbe, ha enviudado ya tres veces. En ambas ocasiones se casó con solterones recalcitrantes del pueblo de carteras bien provistas, lo que unido a su olfato mercantil la ha transformado en una de las terratenientes del pueblo.            

            Tiene una bonita figura, no se puede decir que estilizada aunque sí revestida de curvas onduladas. Sus andares, no exentos de cierta elegancia, me han recordado siempre a los de una bailarina de ballet. No ocultaré que siempre me ha resultado atractiva y deseable, pero una cierta prudencia y temor reverencial  ha hecho que guarde las distancias frente a su persona. Entre mis paisanos es motivo jocoso el hecho de que sus tres maridos murieran “en la cama” y no precisamente durmiendo. Este rumor sobre su fiereza y fogosidad sexual han traspasado los límites del pueblo. Pero, en general, la gente la mira con cierta simpatía y la benevolencia de quien ha sido capaz de alegrarle los últimos momentos como nunca habrían imaginado a aquellos provectos hombres. ¡Y qué mejor forma de morir que en pleno éxtasis sexual! Pueden decir lo que quieran, pero de ahí surge mi temor, no soy un fuera de serie, para que engañarnos, en estos ejercicios del sexo activo y ello hace que, ese instinto de supervivencia de no morir tan joven, me mantenga a distancia de las fauces de esa mantis.            

           Yo la conocía sobre todo de acudir a su bar, que es donde vamos a desayunar, la conocí más “íntimamente”, si es que puede llamarse intimidad a mi despacho, cuando vino a que le informara de los trámites necesarios para solicitar la pensión de viudedad por la muerte de su tercer marido. Horas de discusiones, sólo interrumpida por mi compañera que me pasaba escritos para firmar mientras no quitaba ojo de la neoviuda, hasta convencerla de que ahora que al haber muerto su tercer marido no podría recuperar también la pensión de viudedad ni del primero ni del segundo marido por mucho que aquellos hubieran cotizado.            

            Vestía de negro riguroso de pies a cabeza, tenebrismo sólo interrumpido por unos perfiladísimos labios rojos que bailaban sobre su cara mientras sus palabras, emitidas con voz dulzona, salían de su boca. En aquellos conciliábulos me enteré de que el nombre de Marcela, no se lo habían puesto por dotarla de un cierto exotismo sino por un error del encargado de registro que además de “enchufado” era semianalfabeto y confundió Carmela, su nombre original, con Marcela.            

            De vez en cuando venía a hacer alguna gestión y aunque mi activa compañera se aprestaba a atenderla, preguntaba invariablemente por el jefe a lo que aquella contestaba con un gesto hosco, mal disimulado, a la vez que me llamaba. A veces era colocar un simple sello en un papel al que ella solía responder con una apertura de labios en que su dentadura blanca iluminaba su rostro, mientras envolvía, por unos minutos aquella atmósfera burocrática, de habitual olor a celulosa, en un olor tiernamente sabrosón. Yo, precavido, siempre procuraba mantenerme a una más que prudente distancia, porque me iba haciendo consciente que a medida que pasaban los meses de aquel señalado óbito, la tela negra sobre su cuerpo iba mermando a la vez que aumentaba el tamaño de piel, sedosamente blanca, que iba dejando al descubierto.            

               No puedo olvidarme de aquel día ¡cómo se me iba a olvidar! En ese momento estaba yo intentando enseñar a un joven e inepto compañero, que llevaba pocos meses allí, cómo se podían transformar en negrita las letras del Word., cuando se abrió súbitamente la puerta. Fue en ese preciso instante cuando estalló la revolución.   Un repiqueteo de tacones sonó a la entrada una mujer se acercaba y no podía ser mi compañera que se encontraba en la capital arreglando unos de sus jaleos familiares. Entonces fue cuando apareció por la puerta una figura femenina en la que, al principio, me costó reconocer. Pero…¡era Marcela! Su cara maquillada dibujaba delicadamente sus rasgos, una capa de pintura azul sobre sus ojos los dotaba de una cierta apariencia felina y su pintura de labios, siempre roja, estaba ahora dotada con un brillo que parecía estrenarlos. Traía puesta una escueta camiseta blanca de tirantes de color blanco, de la que gran parte de sus pechos asomaban oscilantemente traviesos. Del sujetador, en cambio, no había rastro pues se veía a las claras que no se lo había puesto. A través de la tela destacaban unos círculos oscuros y sobresalientes. Una escueta falda roja que se adhería a sus líneas traseras más voluptuosas completaban su coloreado atuendo. Sus piernas redondeadas y turgentes se disputaban la perfección ante mis ojos e introducida en los tacones desplazaron toda aquella vorágine hacia el mostrador donde me encontraba. Entonces, me percaté que hacía un año del fallecimiento de su marido, cuando eso ocurría en el pueblo era la señal de enterrar el luto y el retiro y volver a la vida normal. ¿Por qué comencé a ponerme nervioso?            

             Mis piernas temblaron levemente, cuando me di cuenta de que aquel resurgimiento primaveral de Marcela era en algo más que en su vestuario. Sobre todo cuando tendiéndome unos papeles, que yo debía sellarle, sus dedos de uñas afiladamente rojas se distrajeron entre los míos. Sólo fueron unos instantes, pero lo suficiente para que sintiera a todo mi cuerpo sacudido por unas corrientes eléctricas que excitaron a cada una de mis células. Ella se acercó con una pose cargada de descaro y seducción  y doblando adecuadamente su cuerpo ofreció ante mis ojos la profunda hondonada que se abría, perdiéndose en una intricada y sugerente profundidad, entre sus senos prietos por aquella camiseta blanca. Su perfume fresco y sutil invadió mi nariz y acabó de trastornarme más, si es que aún era posible. Por un instante temí perderme en medio de aquella pasión que me brindaba Marcela, y como una ráfaga sobre mi cabeza la pude ver desnuda en la cama sumida en mil juegos eróticos, que ya alguna vez yo había imaginado, y me ví exhausto sin poder seguirle y, al instante, camino del cementerio mientras ella caminaba detrás, llorosa, con su traje negro desempolvado.             

         No, ¡me negaba a que me ocurriera eso! y, entonces fue cuando se me ocurrió. Haciendo caso omiso a los ataques de Marcela miré con deseo a mi joven compañero, perdido en el procesador de textos, con esa cara que ponen los enamorados. En aquel momento, él me miró esbozando una sonrisa, no porque se diera cuenta de nada, sino con la alegría que le producía que de toda la frase había conseguido, al fin, poner una letra en negrita. Marcela sorprendida por aquel cruce de miradas, como yo pretendía, enderezó su cuerpo, estiró su falda y recogiendo el papel se despidió, sin volver el rostro, con unos buenos días.            

         Olga días después me comentó al volver de desayunar que Marcela le había comentado que nunca se había imaginado que yo fuera gay.

-¿De dónde habrá sacado eso?-preguntó Olga.

-Ni idea-le contesté, mirando, como quien busca algo, al fluorescente del techo.            

Desde entonces noté que cuando veía a Marcela, ya fuera en la oficina o en su cafetería, ahora me miraba de una manera distinta. Si antes los hacía con deseo ahora lo hacía con ternura…¿y qué quieren que les diga? Conociendo su historial, y aún sabiendo que renuncio a posibles e inimaginables goces físicos, prefiero lo segundo.            


Desde el otro lado

20070907230701-mujerordenador.jpg

        Nunca había sido aficionada a las tecnologías, a pesar de que tenía ordenador y lo usaba, simplemente, por motivos de trabajo. A los que le pedían su dirección de correo electrónico siempre se la había negado, aducía que no tenía y se jactaba, en un gesto de dudosa progresía, que ella no usaba de “eso”.          

         Pero un día que ya no sería capaz de recordar, no supo cómo recibió un correo. Era de alguien que le escribía unas líneas, un mero saludo, con el deseo de contactar con ella. Pensó en evitar aquella burla del destino, como ella entendía que era, pero a la noche siguiente, casi sin darse cuenta, aquellos dedos finos de los que se sentía tan orgullosa estaban tecleando una contestación. También ella sentía curiosidad y así se lo expuso. La respuesta no faltó al día siguiente y con ella se estableció una hilación entre aquellas dos almas gemelas, que aprendieron a comunicarse con una cierta avidez.         

           En noches alternas, ella escribía su correo, abría sus más profundas entretelas y ansiaba esa respuesta a sus cuitas que llegaba, puntualmente, al día siguiente. Encerradas tras aquellas líneas había de todo: preguntas, respuestas, curiosidades, silencios (si es que se puede expresar un silencio con la escritura), risas, complicidad, exhibicionismo e incluso hubo una serie de correos de tan alto voltaje que tuvo que leer sentada sobre una toalla.        

          Aquel intercambio cotidiano la atrapó. Acabó conociendo mucho de aquella persona que se le abría de esa manera inicialmente azarosa, envolviéndola en un aura de necesidad que le hacía suspirar por aquellas letras ajenas.          

           Una noche más, con su piel pintada en nerviosismo, encendió el ordenador. Llevaba muchos meses en este sistemático rito, en ese diálogo virtual que se desarrollaba a través de estos correos electrónicos. Pero hoy iba a ser distinto, abrió aquel correo que, además de iluminar su pantalla, iluminaba su corazón. Y ante ella se desplegó un extenso panegírico de despedida, era el último correo que le iba a escribir, no entendía muy bien las razones que alegaba y aquel beso último con el que terminaba le sonó como si fuera un mordisco que le arrancara un trozo de piel. Apagó directamente el ordenador dando un tirón del enchufe, mientras secaba sus efluvios lacrimosos con el cuello de la camisa blanca que quedó salpicada de manchones negros.         

          Pero sabía que aquella despedida le sentaría bien, era la única forma de superar la esquizofrenia que sufría y, en el fondo, ya se lo esperaba porque ese correo de despedida de ayer, como todos los anteriores, se lo había escrito ella a sí misma. 


Vendimia

20070903173845-uvas.jpg

Oro en esferas luminosas y piel de seda, acurrucadas por el sol del fin del estío, que resaltan en ristras verticales acariciando la tierra polvorienta. Uva mimada con esmero durante meses de laborioso trasiego. Hoy, ya con alas, dispuesta a volar de la sombra de la parra que le dio cobijo.

 

            Cuando destellan las primeras luces en el cielo, las suelas gastadas agitan el polvo de los caminos dirigiéndose, como en una laica peregrinación, hacia las vides que sonríen con cierta inquietud por el bamboleo del viento. Manos rugosas con tamo incrustado en las arrugas de unos jornaleros, que desconociendo la poesía de este entorno, sólo pretenden transformar esa uva en pan para sus hijos. Caricias habilidosas de portadores de frentes brillantes cuyas gotas saladas al caer sobre el fruto se mezclan con el rocío de la madrugada. Arranque, acúmulo y transporte hacia esos lugares donde una magia ancestral transformará esas sólidas redondeces en líquido que fluye.

 

            Río de mil colores, sabores y aromas, que se porta en viejas copas y en vasos finos, que reside en casas pobres y mansiones de ricos, en orgías desaforadas y en contratos estrictos, en celebraciones amistosas y en reencuentros muy vivos, en acontecimientos familiares y cuando decidimos cambiar nuestro destino.

 

            ¡Ya ha comenzado la vendimia!


Los que pasan inadvertidos

20070825131811-hombregris.jpg

         En ese continuo devenir de lo cotidiano, cada vez me encuentro con más gente que intentan pasar enfermizamente inadvertidos, como si fueran seres que se difuminan al andar o presencias incorpóreas condenadas a vivir.

         El color de su piel es indefinido, rayando en la transparencia y sus ojos carentes de brillo, cuando miran lo hacen sin ver. Son individuos que al atravesar una puerta no son capaces de expresar un saludo, como mucho una mueca retorcida que les afea el rostro. Acuden a manifestaciones, coreando eslogans y haciendo puro bulto. Trabajan en oficinas pero sus compañeros no son capaces de distinguir el día que acuden al trabajo del que se quedan en su casa, enfermos. Muchas veces, cuando estoy en una cola veo llegar a uno de estos individuos que se coloca al final de la misma. No sé cómo pero al  cabo de un rato está situado, en la misma, varios lugares por delante de mí. Si alguno es dependiente de una tienda, al entrar en ella, nos costará distinguirlo porque logran un extraño mimetismo con las estanterías y el mostrador. Y si, por casualidad, alguno es guardia civil de tráfico y nos pone una multa, transcurridas unas horas, habremos olvidado su rostro e incluso su sexo, aunque no olvidemos la multa.

          Sospecho que seres tan tenues deben pertenecer a una extraña secta, que ni siquiera entre ellos se relacionan y algunos, en el colmo de la tristeza, llegan al extremo de morir en esa soledad especialmente dura que pasa a todo el mundo inadvertida y no descubren su cadáver hasta semanas después del óbito.

           La esposa de uno de estos últimos, entrevistada, comentaba sorprendida:

-Ya me extrañaba a mí, que hiciera varias semanas que no nos cruzáramos por el pasillo de casa.


La farola

20070806190638-farola.jpg

         Caminaba por la calle penumbrosa en esas horas previas al amanecer. Al girar una esquina fue cuando me crucé con ella y, entonces, no pude remediar el giro de mi cabeza y que mi mirada quedara atraída por su trasero respingón. Eso le contaba al médico de guardia, con cierto azoramiento, mientras éste me cosía un punto en la herida, producida al golpearse mi cabeza contra aquella farola que pareció surgir de la nada. De pronto, ella entró con el Betadine. No sabía que trabajara de enfermera.Cuando se dio la vuelta sentí un fuerte tirón del punto que me cosían.


Salida del armario

20070802175936-armario2.jpg

             Llevaba mucho tiempo dándole vueltas a aquella tesitura, tanto que era extraño cuando la cabeza no le dolía por esa causa. Sopesaba los pros y contras, contrastaba la sensación enfermiza de sentirse encerrado con la de liberarse de los prejuicios inherentes a su condición. Noches sin dormir, imaginando cómo sería ese mundo luminoso al que aspiraba y por el que no se aventuraba debido a su temperamento cohibido y enfermizo.            

               No supo cómo, ni siquiera el cuándo, pero en un determinado momento una especie de ráfaga interior le impelió a tomar la que sospechaba que iba a ser la decisión de su vida: ¡saldría del armario! Arrastrado por aquella fuerza invisible abandonó la sensación de oscuridad para lanzarse a ese nuevo universo que se le abría al otro lado. 

                 Pssssssssssssssssssssssssssss

 -Ha quedado fulminada. Ya sospechaba yo hace tiempo que en este armario había termitas. Es una verdadera casualidad que acabo de comprar este bote de insecticida y ésta estaba saliendo del armario, justo ahora, de esa forma tan descarada.            

                  La conclusión es que el pensar más las decisiones no es una garantía de que la tomaremos en el momento más adecuado.


Un rencor profundo

20070622155132-manos.jpg

             Estréchame la mano, no seas rencoroso… Sí, ya sé que no me porté muy bien contigo, que tu mujer se vino conmigo y por mi culpa  te expulsaron del trabajo. Pero no seas así y dame la mano. Espero que seas capaz de olvidar todo eso.

             ¡Coño! dame la mano que se está rompiendo la cuerda a la que estoy agarrado y cuelgo sobre el precipicio. Vale,…¡no!, la que tienes impregnada de aceite ¡no!...¡la otraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!


La prima Vera

20070426235412-prima.jpg

           Aún resuenan en mí, tus ahora lejanas palabras. Cuando escribías, aquellas líneas cobraban vida y asperjaban sobre mi espíritu esas gotas vivarachas como las del rocío que reciben las flores al amanecer. Tu ansia de vida se reflejaba en cada recoveco del texto  y tu indisimulada pasión se transmitía al que tenía la fortuna azarosa o rebuscada de encontrarse con tus letras. El que caía en tus redes difícilmente se libraba y la adicción a aquellos surcos ardientes no dejaba que se pudieran olvidar con facilidad.             

           ¿Qué te ha pasado? Hoy hablé contigo, Vera, sorprendido al leer tu último escrito. ¿Último significa definitivo? Se notaba el esfuerzo sobrehumano que habías desarrollado para trazar unas ideas asépticas, desinfladas y al borde de la desintegración. Y fue, cuando me comentaste, que este tiempo y las circunstancias que ahora te rodean habían convertido tu vida cotidiana en una línea semejante a la de un encefalograma plano. Que tus dedos parecen haberse quedado anquilosados y carecen del riego sanguíneo necesario que los transforme en vivarachos sobre el teclado. Que estos días precursores del estío acorchan tu ánimo griseando tus días. Tu ansia por las letras se ha convertido en un recóndito recuerdo que te duele y no asimilas. Y lo peor es, no que no sepas que escribir sino, que aquella ansia de transmitir tus vivencias se haya difuminado hasta el punto de pensar que careces de ellas,            

             Por eso querida prima, espero que una vez superada esta época de astenia recuperes con el verano esa vida floreciente que no logras del todo ocultar y que este tiempo de pre-estío te ha negado.

No hay comentarios. Comentar. Más...

De libros e historia

20070412194050-gala3.jpg

           La televisión pública andaluza no destaca por su calidad, sin embargo hay un programa que es la excepción a ello. Me refiero a El público lee, un interesante programa sobre literatura de una hora de duración que presenta Jesús Vigorra. Cada día está dedicado a un libro para eso acude el autor y tres lectores y entre todos se comenta de manera amena e interesante, profundizando en esa obra y en su autor. Siempre hay un rato para recomendación de otros libros. Siendo el mismo programa y presentador, influye mucho el autor de cada semana para que no me acabe aburriéndome o no aparte los ojos, como si estuviera hipnotizado, de la pantalla.

          La semana pasada acudió Antonio Gala. Es un escritor del que no me gusta mucho lo que he leído de sus novelas, pero sí recuerdo con verdadero deleite aquellos artículos en el País en los años 80 que se agrupaban con el genérico nombre de "Charlas a Troylo" y "Cuadernos de la Dama de Otoño" más tarde. El programa con su presencia resultó muy interesante, presentaba su último libro "El pedestal de las estatuas", donde nos narra la historia de Antonio Pérez el que fue secretario de Felipe II y, al parecer, entra un poco en aquella intrahistoria o historia menos conocida de aquel mundillo y sus intrigas palaciegas. Con sus opiniones se puede estar o no de acuerdo, pero no puedo negar la gran agudeza intelectual de este escritor que es capaz de sacar a la luz ideas originales e interesantes. Tras este programa me quedé, desde luego, con ganas de leer ese libro.


Meme literario

20070404222311-leyendo.jpg

         Acepto la invitación que me hace Gatito Viejo en su blog para participar en esta meme literaria que circula por internet. Me parece interesante esto de que el azar acerque las líneas y, además, y a un libro, hasta ahora tal vez desconocido, al que lea este post. Consiste en abrir un libro por la página 139 y transcribir un párrafo. Tomo un libro de Angel Zapata atractivo y práctico para el que se anime a sumergirse por los fondos de la escritura:

"Hasta hace algunos años (puede que cinco o seis), os confieso que solía ponerme muy serio en el momento de escribir. Tal como yo lo percibía entonces, el hecho de escribir estaba en las antípodas de esa actitud espontánea y enteramente natural que recomienda Natalie Goldberg para la práctica de la escritura".  (La práctica del relato- Manual de estilo para narradores - Angel Zapata- Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja-pág. 139).


Escucharte en el silencio...

20070402153928-hombre-solo.jpg

        ...en palabras mudas rebosantes de vida es, una tarea que creía imposible y en la que el tiempo me está instruyendo, como a prestarle oídos a la sinfonía de la vida. Resuena en mí el tictac de un corazón exageradamente vivo, sin manecillas, y tus buenos deseos van copando los últimos intersticios de mi cuerpo. Tu presencia ausente me acompaña, desde la aurora hasta el atardecer, engalanando mi día con adornos de colores siempre nuevos y modelando, sin intencionalidad, mis deseos en figuras deseosas de caricias mimosas. Tu mirada profunda cubre mi desnudez de una pátina invisible que me hace perder el miedo al universo circundante.    

       Y yo sueño…con ese momento en que tu presencia cercana destroce, al fin, todas mis fantasías y anhelos porque ya no será necesario el  mantenerlos.


¡Cero patatero!

20070323153743-kilometro-cero.jpg

             He intentado localizar esa norma que ahora han sacado de la chistera por la que no se permite poner un cero en los exámenes, sino un uno como nota mínima. Me parece un despropósito, contra la misma esencia de las matemáticas, poco meditado y que puede crear más perjuicios que ventajas. Se pretende que a un alumno, aunque deje el examen en blanco,  no se le pueda colocar esa cifra, cerrada sobre sí misma, tan original como resulta el cero. Se me ocurren algunos problemas de entrada.

            Si se es profesor de matemáticas y se ponen diez problemas en un examen, si hay un alumno que no resuelve ninguno ¿en base a qué se le puede poner la misma nota al que ha resuelto un problema que al que no resuelve ninguno? En el fondo lo que se está haciendo es regalarle un punto al que no sabe absolutamente nada, que es el que menos se lo merece. Porque al que saca un nueve si se le sube al 10 se le ha regalado el 10% de la nota que se merece. Si al que saca un uno se le sube al dos el regalo es del 100%, el doble, de la nota que se merece. Pero si de un cero se sube a un uno es el infinito % de lo que se merece. ¿Con que razón le aumentamos ese punto a ese y no al resto? Los de cuatro que se han esforzado mucho más dirían, con toda lógica, que ellos quieren también ese punto que los separa de los límites del aprobado. Con ese punto de “regalo” hay quien propone que la solución sería poner sólo nueve preguntas, así los de cuatro ya estaría automáticamente aprobados y la ignorancia social creada por los últimos planes de estudio se iría extendiendo a marchas forzadas. ¡Qué razón tenía un profesor que tenía de matemáticas que decía que cada cambio a nuevo plan de estudios era inversamente proporcional a lo que aprendían los alumnos afectados!Estamos creando un punto de la nada y eso es muy delicado.

           ¿Quién dice que eso no puede crear un peligroso precedente? Imagínese el resultado de un partido de fútbol que, con la excusa de que no cunda el desánimo de los jugadores y sus aficionados, todos los resultados se transformen en uno, para evitar la vergüenza inherente a no haber metido ningún gol en la portería ajena. Dirían que por el solo hecho de jugar ya se merece el uno en el marcador. Sólo se piensa en el alumno, pero ¿y en los profesores? Es un gremio cada vez más maltratado síquicamente, nadie ha pensado que es negarles esa insignificante, pero necesaria terapia, de imprimir un rotundo cero en los exámenes de esos alumnos díscolos, vagos redomados y flojos recalcitrantes.

          Yo al que sí  le pondría un cero patatero es al que se le ha ocurrido esa genial idea que va a poner a temblar los cimientos de la propia matemáticas.


El reloj pintor

20070317120438-relojpintor.jpg

        Nuestra vida transcurre unas veces plácidamente y otras de forma tan acelerada que tememos encontrarnos sorpresivamente con un muro que detenga su camino. Hay momentos puntuales en que nos encontramos con personas o situaciones en las que nos gustaría quemar etapas que el tiempo corriera a la velocidad de la luz para situarnos en ese lugar imaginado que, creemos, siempre será mejor que éste. Es lo que tiene cuando sólo esperamos "llegar" y nos olvidamos de algo tan sabio como necesario: disfrutar del camino.

         Pero cada minuto puede ser importante, fundamental e irrepetible. Tenemos, por tanto, que dejar de dar empellones al tiempo y saborear ese momento de colores que nos va dibujando nuestro reloj pintor con sus agujas a modo de pinceles. Al final sumando todos los momentos llegaremos a ese lugar, probablemente más hermoso de lo imaginado y, además, tras haber salpicado de colores todo el camino recorrido.


Su mejor momento

20070308144935-mujermadura3.jpg

              Dentro de pocas semanas cumplirá un año más. Desprovista de esa euforia con que cumplen los niños, los acepta con el sosiego de quien reconoce que el año que cumplió  los cuarenta está ya lejos. Se considera “normal” para su edad. Un cuerpo cuyas curvas han sido dibujadas de manera caprichosa por el tiempo, con algún que otro acúmulo de grasa no deseado. Unos pechos, a estas alturas, tentados más por la fuerza de la gravedad que por unas caricias tiernas. Una melena con la que el viento juguetea continuamente y que  está salpicada con un estilo insolente por sus primeras canas. Los ojos, apagándose con la sombra de las hojas del calendario, aún conservan esa chispa que le permite  a ella sonreír incluso sólo con la mirada.            

               Ella es consciente de que está en un punto óptimo de su vida, ahora conoce bien sus fuerzas y sólo aspira a conseguir aquello que sabe que, sin duda, alcanzará. Es capaz de actuar como le da la gana, sin que nada ni nadie oriente sus actuaciones. Sabe muy bien que ella, independientemente de todo lo demás, es lo esencial para sí misma, pero desde que descubrió, además, que es muy importante para alguien más, que no le pide nada a cambio, ya no lo duda: ¡está en su mejor momento!


Ejecutivo ¡al fin!

20070303131123-delfi.jpg

            Apenas pegó ojo en toda la noche. Hoy era su día grande, el que había soñado durante tantos años. Al que había dedicado todos sus esfuerzos desde que terminó en la Universidad: tres años de doctorado, un máster en la Universidad de Princenton y una etapa en prácticas durante dos años en una empresa situada en Tokio. Podía haber seguido allí e iniciar una meteórica carrera, pero él echaba de menos la luz de su tierra y decidió volver a ella a expensas de retrasar su carrera profesional.

           Con este brillante currículo todo lo que consiguió fue un puesto de Jefe de Sección en una fábrica de la Bahía. Ya llevaba así tres lentos años en que empezaba a arrepentirse de haberse alejado de las faldas del Fujiyama. Pero una semana antes una reunión a la que acudió con el director gerente y el subdirector, ambos norteamericanos, le iluminaron su futuro. Iba a ser el responsable máximo de Recursos Humanos, ya que el anterior se iba a acoger a una jubilación anticipada. Y al fin llegó ese gran día. Le hizo planchar hasta tres veces el traje, que se iba a poner, a su mujer argumentando arrugas invisibles. Ya planchado a su gusto se lo colocó y se dirigió a la fábrica. Miraba a los trabajadores, que entraban en ese momento, con esa cara del que va a ser responsable de todos ellos y, en el fondo, de una parte importante de sus vidas. El director y el subdirector lo saludaron efusivamente, tenían fuera un coche que los llevaba al aeropuerto pues debían ir a Nueva York a una reunión muy importante que los habían convocado. Le dijeron que se fuera familiarizando con su nuevo trabajo y lo único que le encargaron es que el contenido de un sobre que tenía su nueva secretaria lo publicara en los medios de comunicación. Él sonriente los despidió con un apretón de manos y le dijo que no se preocuparan que él  lo haría como le habían dicho.              

             No sabía que la apertura de aquel sobre destaparía la Caja de Pandora, era el anuncio del cierre de la fábrica, debido a su falta de competitividad, y el despido de 2.000 trabajadores. De pronto se vio envuelto en un tornado poderoso que lo envolvió sin darse cuenta, llamadas de los distintos medios de comunicación preguntándole cosas que no sabía responder, políticos de todas las marcas y colores que solicitaban explicaciones y reuniones, manifestaciones de trabajadores que gritaban noche y día… Y aquel traje se le fue arrugando…y las pocas horas en que podía volver a casa no podía dormir…y aquel ascenso fulminante le explotó entre sus manos. Por tanto no es extraño que al cabo de tres semanas, una mañana se acercara a un grupo de encapuchados que iban a tirar una enorme piedra contra la puerta de entrada, les arrancara la piedra y, quitándose la corbata, él mismo lanzara la piedra haciendo la puerta añicos. Cuando su mujer fue a recogerlo a la Comisaría, no recordaba, nunca, haber visto una sonrisa tan amplia dibujada en su cara. 


Despertar

20070224142309-hombredormido.jpg

            Despertó un domingo más. Descansado tras horas de sueño, aún no había amanecido. Se notaba flotando en tan irreal atmósfera y se mantuvo en esa semivigilia en la que ansiaba, desesperadamente, mimosas caricias.

            Buscó como inexperto zahorí, esa agua, que no encontró para apaciguar la sequedad de su cuerpo. Intentó atenuarla con las gotas que brotaban de sus propios dedos, mientras su imaginación impulsada por alas surcaba el aire en busca de una fuente de agua clara.

            Las gotas de sus dedos y las estelas de su imaginación fueron, poco a poco, cubriendo su cuerpo de una pátina placentera que si bien no calmó de todo su afán, una vez que estalló le ayudó a seguir durmiendo…y soñando.


Una peligrosa terapia

20070221152245-caramelo.jpg

           Cosme tomó asiento en una de las cinco sillas que rodeaban a aquel terapeuta argentino. Después de él fueron sentándose sus tres compañeros, no conocía a nadie, era la primera vez que iba. El repiqueteo de unos tacones le indicó que la cuarta era del sexo femenino. Efectivamente, unas piernas bien esculpidas y sin fin trajeron frente a él a una mujer de curvas imposibles que, en seguida, calificó como la más hermosa que nunca había visto en su vida. Se sentó en la silla dejando caer sus abundantes rizos sobre su rostro dejando asomar el rojo brillante de unos labios humedecidos.

          Aquella era una experiencia a la que había accedido aconsejado por su sicólogo. Cada uno tenía un problema diferente, ninguno sabía nada del otro, y la terapia común consistía en escuchar unos datos comunes sobre la personalidad que les iban a impartir durante varias sesiones. El problema de Cosme era el de una timidez excesiva, castrante y dolorosa, que quería superar. Cuando aquella joven se sentó frente a él y anudó de manera imposible sus piernas sus mejillas enrojecieron con un color que pareció reflejar los labios de ella. ¿Por qué estaría ella allí? Cuando terminaron la sesión le intentó decir algo, pero su lengua se resistió a hacer el más leve de los movimientos mientras ella, con movimientos ondulantes, se alejaba por el pasillo. Al día siguiente consiguió sentarse a su lado, él observaba con disimulo cómo aquella mano de dedos finos y uñas alargadas tomaba apuntes sin cesar. Y empezó a sudar copiosamente cuando detectó algunas miradas de reojo, sin disimular por parte de ella. Ese juego de peculiar seducción siguió durante un par de semanas, pero lo más peculiar fue lo que ocurrió el día…. festividad de San Cosme, aquella mujer con la que no había cruzado una palabra le tendió un pequeño paquete en papel de regalo. ¡Era una bufanda en color amarillo fosforescente que a él le pareció la más hermosa del mundo! Un gracias, inaudible, se disolvió en su lengua intentando agradecerle el detalle.

          Si alguien pensara que ese gesto transformó aquella peculiar situación está equivocado, el único cambio notorio fue que, a partir de aquel día, Cosme acudía a las reuniones con aquella bufanda fosforita en torno a su cuello. La semana siguiente hubo otro cambio que deslumbró a nuestro protagonista, aquellos rizos caprichosos habían dado lugar a un pelo liso y sedoso que acariciaba los hombros de su compañera de asiento. Ella lo sorprendió cuando admiraba aquel cambio y sacando un caramelo del bolsillo dijo la primera palabra que él había escuchado de sus labios, mientras le tendía un caramelo: ¿quieres?

           Mudo por la emoción cogió aquel caramelo y pasó a saborearlo con delectación. Mientras Cosme la miraba, ella sin levantar la cabeza del papel no dejaba de escribir. En aquel momento una sacudida atrás de la misma hizo que el pelo haciendo una cabriola por el aire, volviera a su espalda. Entonces pudo ver lo que ella ¿escribía? ¡era un dibujo!

             En aquellos trazos simples pudo ver cómo una mujer de labios rojos y cabello liso daba un caramelo a alguien que con su bigote, sus cuatro pelos malcontados al que en aquel momento ella coloreaba la bufanda dibujada con un rotulador amarillo fosforescente ¡ya no dudó que se refería a él! Lo peor fue cuando al fijarse con más detalle observó que el caramelo tenía dibujada una calavera.  Mientras perdía la consciencia pudo atisbar, como si la viera entre niebla, una leve sonrisa en aquellos labios rojos. Nunca llegó a averiguar que la causa de que ella asistiera a aquella terapia era que tenía un instinto asesino compulsivo. 


Día eterno

20070217131313-caricia2.jpg

           Hoy se me hace el día eterno. Miro al reloj otra vez. ¡Qué lento pasan los minutos! Y qué duro disimular cada vez que lo veo por el pasillo. Es lo mejor, dice él. Llega la tarde y con el declinar de la luz del día empiezo a ponerme nerviosa. La noche está cerca…            

           Estaré esperándolo en mi cama. Desnuda como siempre. Aguzaré mi oído cuando escuche sus pasos serenos por el pasillo. Y mi corazón pegará un salto cuando entre en mi habitación. Me echaré a un lado en la cama para hacerle hueco y estaré deseando sentir el calor de su cuerpo en íntimo contacto con el mío. Desearé que me rodee con sus brazos, saborear esas sensaciones que, sus dedos traviesos, afilan con esa destreza que les caracteriza y sentir cómo reviven mis pechos al envolverlos en sus caricias. Jugaré con el vello de su piel mientras nos comunicamos en silencio con los ojos en la penumbra que impone la oscuridad. Y disfrutaré dejándole que se pase toda la noche escribiendo, de arriba abajo, sobre mi cuerpo palabras de amor…            

          Sólo espero que cuando se marche, no le pase como ayer, que al coger sus gafas de mi mesilla de noche, tiró con estrépito mi bastón al suelo y casi despierta a la cuidadora que está de turno de noche en el asilo.


Sin aplausos

20070202152643-aplausos.jpg

             Llevo toda la vida sin que me hayan aplaudido nunca. Tengo ya…, les parecerá imposible, pero en este momento no estoy ni siquiera seguro de tener edad alguna. No pido grandes aplausos como los que reciben los artistas tras su actuación o los políticos tras sus fuleros mítines. No es eso, sólo me gustaría haber recibido alguna vez la caricia en mis oídos de ese sonido, que producen las palmas entrechocándose, como reconocimiento ajeno a alguna de las cosas que he hecho en mi vida. Porque supongo que alguna actividad, merecedora de un aplauso, habré realizado.

 

            También puede ser que haya vivido tiempos parcos en aplausos. Hoy desde que nace un niño, los aplausos le acompañan: en sus cumpleaños (antes no los celebrábamos), en su función navideña de la guardería (nunca fui a una guardería), en sus distintos actos de graduación (Secundaria, Bachillerato, Universitaria, Master… yo no tuve nada de eso me dieron el aprobado y para mi casa). Hemos pasado de un extremo al otro. A mí nadie me aplaudió, ahora parece que cualquier cosa que se hace hay que aplaudirla, como si fuera necesario ese empujón ajeno o actuara como cebo para que se haga merecedor del siguiente escalón del aplausómetro. Pero yo debí llegar tarde a todo eso, porque a pesar de mis distintos méritos, nadie me aplaudió absolutamente por nada.

            Sin embargo, hay gente de mi edad e, incluso cercana a mí, cuyo espíritu ha florecido por multitud de aplausos. Recuerdo el caso de Pepe que vestido como un figurín fue pregonero de la Semana Santa, y aquel auditorio agradecido estalló en una sonora ovación ante sus fáciles rimas y rebuscados ripios. O el de Valentín que no sabe ni hablar, pero su voz confundida entre las de su chirigota hizo poner en pie a todo el público carnavalero. O, incluso, el de Arístides cuyo único mérito fue el de “vocear” un discurso de tres líneas al acabar una manifestación contra la subida de impuestos, no sólo hubo aplausos y vivas, sino que poco más y si no pesara 150 Kg lo hubieran cogido en hombro como a los toreros.

            Pero a mi nadie se le ha ocurrido nunca aplaudirme…¿Qué oigo? Me parece estar escuchando aplausos,…¡son para mí! Al fin, lo conseguí. ¿Quién me lo iba a decir después de lo mucho que  siempre me he quejado de no recibirlos?

           Parece que es mucha gente la que aplaude. No acabo de distinguir bien el sonido a través del grosor de la madera. Pero ¿a ninguno de estos imbéciles, que aplauden, no se les ocurre pensar que no estoy muerto sino que sólo he sufrido una catalepsia?

 

Entre sus brazos

20070117154208-maternidad5.jpg

            Entre los brazos de su madre acogido con cariño permanecía el niño. Ella lo estrujaba contra su pecho meciendo con levedad aquel tesoro, mientras sus ojos hinchados de ternura contemplaban arrobada aquella criatura indefensa. El tiempo parecía haberse detenido. El pequeño no dejaba de mirar a su madre…y sonreía con esa sonrisa luminosa de inocencia que sólo saben dibujar los niños. Sus manos diminutas semejaban dibujar en el aire pompas de jabón que aquellos labios maternales acariciaban en el aire con sus besos. Se sentía a gusto, protegido y seguro como nunca más lo estaría cuando se desprendiera de aquellos brazos y empezara a andar hacia ese destino incierto que la vida le tenía preparado.

             Pero muchos años después, cuando ya la madre sólo formara parte de la memoria, aquel niño, hoy canoso y arrugado, al cerrar los ojos aún podrá sentir la sensación imborrable de aquel, amoroso y cálido, abrazo en torno suyo.


El día después

20070107180634-papel.jpg

     Ya pasaron los Reyes y con ellos se fueron los regalos cariñosos acompañados de las compras compulsivas y de los absurdos artilugios que llegan a las casas y no se sabe donde colocarlos, aunque el impulso primigenio sea el de tirarlos directamente a la basura para reciclarlos. Entre los muchos desperdicios de estos días está el de los kilómetros de papel de regalo que suelen tener una efímera vida.

      Nunca le había dado importancia al papel de regalo, pero este año, cuando entré en la librería desde rincón donde descansaban los papeles de regalo, lo ví. Era el papel más bonito que nunca había visto. Un matiz brillante, sobre el que destacaba unos tonos rojos y verdes, cubrían toda su superficie y en medio de unos veinte papeles diferentes sobresalía como un príncipe encantado de cuentos. Me llevé a modo de cetros reales una buena provisión de rollos de este papel hasta mi casa. Durante el tiempo en que estuvieron en lo alto del armario, parecían saludarme con un guiño cómplice cada vez que entraba en la habitación.

       Al fin llegó la víspera de Reyes. Este año aquel trabajo entre tedioso y angustioso de envolver regalos y despegar el papel adhesivo se convirtió en ameno. El tacto de aquel papel despertaban en mí viejas sensaciones olvidadas y su colorido singular atrapaban mi mirada durante aquellas gozosas horas. Las cajas empezaron a perder su aspecto exterior uniformándose todas de aquella envoltura. Ni una arruga y dobleces perfectos. Cuando deposité aquella valiosa carga bajo el árbol de Navidad vi que eran los paquetes más hermosos y que destacaban respecto a todos los demás. Una sensación extraña me invadió, hubiera querido que aquellos paquetes nunca se abrieran, que permanecieran siempre cerrados como si el verdadero tesoro estuviera fuera y no dentro.

        Pero aquello sólo duró un instante.  En el momento en que las distintas manos los asieron, no miraron ni el color, ni la forma, ni siquiera aquel brillo que me había onubilado y en décimas de segundo aquel papel era rasgado, a la par que mi corazón, y pasaba a acumularse junto a otros en un montón informe. Ni siquiera presté mucha atención a mis regalos, pendiente de cómo aquel papel desaparecía de mi vista camino del contenedor azul. Aún por la noche sentía aquella nostalgia dolorosa de aquel brillante envoltorio, pero al abrir el cajón de mi mesa de noche salió, como una sonrisa, de su interior un trozo reluciente que se había quedado sin usar. Lo tomé entre mis manos con el mismo cuidado que se trataría al último especímen de una especie a extinguir y tomando un libro de poemas que me acompaña, desde hace años, junto a la mesilla de noche me puse a forrarlo, con delicadeza, con ese papel. El libro quedó mucho más poético y ahora, no sólo sus poemas me riegan por dentro, sino que su exterior brillante, aparte de dejarse acariciar por mis dedos, hace que paladee, de manera única, mi mirada.

 

 


El día de la independencia

20061228215331-esquies.jpg

             Arístides Oiratilos fue hijo único y eso le convirtió en un niño solitario e independiente. Sus diversiones transcurrían en la más estricta soledad ya fuera devorando libros como un león hambriento o interminables partidas de ajedrez contra él mismo, que irremisiblemente quedaban en tablas. Cuando creció siguiendo la estela familiar montó una empresa, le sonaba bien eso de ser autónomo y en ella pasaba horas, semanas y días. Pero como a todos también a Arístides le llegó esa flaqueza, luego se dio cuenta que era eso, del amor y fue cuando, un día que fue a encargarle un trabajo, conoció a Rosaura. Sus ojos acaramelados, sus andares pausados, su hablar meloso, sus curvas ondulantes, sus pechos consistentes, sus manos perfectas…nunca supo qué de todo aquello contribuyó a quebrar su instinto de lobo ermitaño y le hizo caer en sus redes.            

             Tras un corto noviazgo Rosaura lo empujó, así se sintió, al altar y tras un viaje de novios a un islote solitario, que eligió Arístides, iniciaron su vida de casados. Rosaura resultó ser una mujer trabajadora, hacendosa y…mimosa. Desde que levantaba hasta que se acostaba estaba pendiente de Arístides. Tras afeitarse por la mañana se encontraba su ropa perfectamente planchada sobre la silla y el desayuno en su punto en la cocina. Durante la mañana la voz almibarada de Rosaura sonaba en el oído de Arístides cuando el teléfono del trabajo sonaba varias veces, para preguntarle cómo estaba, qué quería comer o si necesitaba que le comprara algo de la calle. El almuerzo lo esperaba puntualmente sobre la mesa y cuando se iba a tumbar en el sofá se encontraba el cojín arrellanado por las manos de Rosaura, quien se apresuraba a colocarle una manta sobre las piernas en cuanto se sentaba. La tarde transcurría de forma análoga a la mañana tras la cena, ella se sentaba junto él, le preguntaba por el canal que quería ver y, a continuación, le daba un masaje en la espalda para relajar tensiones, en lo que era experta. Cuando él vencido por el cansancio se iba a la cama se encontraba allí con una bolsa de agua caliente preparada con cariño por su mujer.  

           Todo esto que a muchos hombres haría feliz empezó, poco a poco, a causar un cierto hartazgo en Arístides. Y como muchos empezó a mirar hacia atrás con nostalgia de lo que había dejado: la independencia. Anhelaba sentirse libre, el poder equivocarse sólo, estirar los brazos sin el peligro de darle a su mujer en la cara. Se sentía sumamente agobiado y quería huir de aquella reclusión, aunque la jaula fuera de oro, en que se sentía sumido. Fue, entonces, cuando se le ocurrió la idea de ir de vacaciones a esquiar a Sierra Nevada. Serían unos días donde él, experto esquiador, podría dedicarse durante horas a deslizarse, libre como un pájaro, mientras ella quedaría en el hotel. 

             Arístides supo que aquel día sería diferente, cuando sintió el aire fresco de la sierra. Se ajustó los esquíes y subió al telesilla. A su alrededor se agolpaban otros muchos esquiadores pero él se sentía liberado lejos del cuidado protector de su mujer. Empezó a deslizarse primero despacio y luego, a medida que recuperaba la habilidad de antaño, a mayor velocidad. Se sentía libre. Hoy iba a ser el día de la independencia. ¡Volaba! Sorpresivamente tras dar una curva apareció una piedra y no supo como si todo era blanco, en un instante, se transformó todo en negro.  

              Todo esto pensaba Arístides en el primer aniversario de aquel suceso. Rosaura se inclinó amorosamente y con un pañuelo le limpió la saliva de las comisuras de los labios, mientras Arístides intentaba esbozar una sonrisa. A continuación aquellas manos perfectas siguieron empujando la silla de ruedas en la que se desplazaba su marido.              


A una isla desierta

20061215145527-isladesierta.jpg

            Desde que hace unos  años descubrí el inmenso potencial que encierran las palabras, las guardo como si de un preciado tesoro se trataran. Por eso no dudaría si me hicieran esa pregunta tópica de ¿qué te llevarías a una isla desierta? 

            Lo tengo claro, me llevaría mi pendrive, con la memoria saturada de líneas y frases. Pero reflexionando un poco más: una vez que llegue a allí ¿en dónde lo conecto?¿tendrán los cocoteros un puerto USB libre?

  

¿Dónde cuelgo las bolas?

20061213230222-naufrago.jpg

            Una vez más la incisiva viñeta de mi paisano MEL me sirve de cabecera a este post, pues me he visto reflejado en esa actitud, entre sorpresiva y escéptica del naúfrago.

            Miro a mi alrededor y, en muchas ocasiones, me siento así aislado en medio de la sociedad, la soledad, inmensa y a ésta todo lo que se le ocurre, porque son las fechas típicas para ello, el suministrarme una caja de cartón con adornos navideños.

            Necesitamos una sociedad más solidaria, capaz de preocuparse por el más próximo y no bolas de navidad. En los trabajos, menos explotación, más compañerismo y camaradería y no guirnaldas en las ventanas. En las familias, un ambiente sano, un verdadero interés y apoyo por los demás, superando envidias y tendiendo puentes en esos muchos abismos que crea el dinero. En todos, ese cuidado por el detalle que intenta destacar aquello que agrada a los demás: unas palabras, una sonrisa, un simple sms,...y no el lanzarnos desaforadamente a la calle a la compra compulsiva de unos regalos, en la mayoría inútiles, que sucumbirán aburridos en un rincón.

              Pero para todo esto no es necesario que sea navidad, tenemos mucho tiempo para desarrollarlo, concretamente trescientos sesenta y cinco días cada año. Por eso, por mí, se pueden quedar con esas bolas y guirnaldas; o mejor, las lanzaré al mar. Las guirnaldas irán a ponerle ese tono de color que necesita la oscuridad abisal y en cuanto a las bolas se irán dispersando sobre las olas hasta que se conviertan en juego de sirenas. Creo que quedaré con la caja de cartón que, desde su aparente inutilidad, la considero más necesaria que todo su contenido.


Tras un despertar

20061212235923-desnudandose.jpg

          Blanca, hija única, nació en una familia de posibles, en la que nunca le faltó nada material, pero en la que no abundó lo que en realidad ella más necesitaba. Su infancia se perdió entre las líneas cuadriculadas que trazaba con escuadra y cartabón  su padre, Don Fernán, quien se jactaba frecuentemente, en público de “luenga ascendencia hidalga”. Sin percatarse de ello, la niña se transformó en adolescencia. no era tonta y sabía que la rebeldía habitual de su edad se hubiera estrellado contra el muro de granito, cada vez más reforzado de Don Fernán. ¡Tienes de todo, te podrás quejar! le inquiría cuando el menor atisbo de descontento asomaba a sus labios.  

           Transformada en grácil doncella, incapaz de alzar el cuello por encima del estrecho pasillo existente  entre aquellos muros, fue por aquel camino por donde se topó con Ángel. Colocado allí por don Fernán ya que adivinó en aquel joven su sorprendente fotocopia y pensó que era el adecuado para su hija. El noviazgo duró poco y, ya casados, no tardó Blanca en darse cuenta que su marido de Ángel sólo tenía el nombre. En su ingenuidad no dudó demasiado, huyendo de las garras que le atenazaban sobre su cabeza pero cayó en  otras garras peores que ahora la rodeaban  en torno suyo. Y los años la fueron colgando de arrugas que no disimulaban sus trajes de diseño, hasta la forma de vestir se la imponía aquel par de rapaces, y mucho menos aquellas otras que iban por dentro y que iban transformando en opaco el antiguo brillo de sus ojos. Nunca tuvo hijos, ella lo entendió como normal ya  que siempre había escuchado que eran fruto del amor de una pareja, algo inexistente en su vida.  

             Pero un día, recién estrenada la cuarentena el peso de aquellas arrugas se hizo tan insoportable que por primera vez en su vida soñó. No recordaba qué había soñado, aunque sí supo que desde ese momento había cambiado y le pareció que el aire que entraba a través de su nariz era un aire renovado. Empujó a un lado del armario aquellos lujosos vestidos y sacó del fondo los únicos pantalones vaqueros de que disponía  y una camiseta blanca. Se embutió en unas chanclas de goma y con paso firme se dirigió a la empresa que, según su padre y su marido, le daba de comer. El silencio habitual de los trabajadores se esfumó en un murmullo cuando le vieron atravesar de esta guisa por delante de ellos y dirigirse al despacho de Dirección, en el que estaban reunidos su Angel y D. Fernán. No dijo absolutamente nada pero ni ellos se hubieran atrevido a hablar ante aquella mirada y aquel rostro transfigurado y resolutivo. Con gestos pausados  pero imparables, comenzando por la camiseta, se fue despojando de toda su ropa hasta quedar totalmente desnuda. Luego escupió al suelo y mostrando un culo bien formado a aquellas dobles parejas de ojos que la miraban atónitos, salió del despacho dirigiéndose de esta manera a la puerta de la calle. 

            Cuando salió la brisa de la mañana cubrió pudorosamente aquella piel de igual color que su nombre y ya no pudo escuchar un aplauso cerrado que los trabajadores de la empresa le dirigieron. Pero no importaba, sus pies descalzos semejaban tener alas y la dirigieron con pasos seguro hacia aquel lugar del que sabía que nunca regresaría.


¡Ya llegó!

20061203232708-luznavidad.jpg

        Se levantó con un fuerte dolor de cabeza. No recordaba nada de lo ocurrido la noche anterior. El estómago lo notaba pesado. Salió con paso vacilante de su dormitorio mientras su zapatilla hacía crujir una bola de color verde que se atrevió a  cruzarse en su camino. Los desperdicios de comida sobre la mesa de la cocina arañaban el aire con su mezcla nefanda de olores. Dos botellas de champagne vacía se besaban apoyándose mutuamente por sus golletes para no caer. Junto a ellas mi cartera abierta había sustituido los billetes por justificantes de compras. Papeles rasgados de regalo se amontonaban en el suelo con una forma caprichosa. Su cabeza parecía girar a la par que la habitación. Miró el calendario: 3 de Diciembre, una idea gris empezaba a tomar forma en su cabeza, en aquel momento un retortijón lo condujo urgentemente al retrete. En el lavabo un gorro de Papá Noel. Cuando sentado en la taza a través de la ventana le llegaron los sones de un villancico, no lo dudó: ¡cada vez se adelantaba más todo ese marketing navideño, que impulsaban los comercios!


El día en que te descubrí

20061115231823-poesia.jpg

          Parecía una tarde como cualquier otra, pero no tardé en darme cuenta que iba a ser distinta. Te vi a mi lado, sin prestarte gran interés. Te conocía desde hace mucho tiempo, quizás demasiado, desde mi infancia, pero nunca me habías llamado especialmente la atención. Siempre me pareciste, a pesar de verte con muy variadas vestimentas, muy simple, igual a cualquier otra, incluso te confesaré que me atraías menos de lo habitual. ¿A qué se debía? No sé ¿tal vez que no te había conocido en profundidad?¿o que no había tenido ese acercamiento necesario del que nace el cariño?

          Pero ayer fue diferente, también el ambiente parecía ayudar a ello, tenía las emociones más latentes, casi a flor de piel. Entonces fue cuando te presentaron a mí, como si fueras una desconocida. Te vi, como siempre, pero esta vez destellabas pequeños brillos. Y al recorrerte tu visión acarició mis ojos de una forma que nunca lo habías hecho. Te tomé entre mis manos y me entraron unas ganas locas de saborearte. No me reprimí y me perdí entre tus rincones, te gocé y disfruté como nunca pensé que lo haría contigo. Creo que no olvidaré aquel rato y que, a partir de ahora, desde que te he descubierto, querida poesía, serás diferente y única para mí.


Mientras escribía

20061110153127-ventana.jpg

               Mientras escribía estas líneas,a través de mi ventana abierta llegaste volando, como si fueras una mariposa, , tu sonrisa iluminada y con ella. tu olor, tus inquietudes, tus razonamientos, tus ilusiones, tus miedos y aquella, por mí, tan anhelada presencia y, desde ese momento, mis ideas se confundieron, mis palabras se mezclaron y mis letras se volvieron locas: kskfjdfm asefsdfjsdfj  gfdsf fsfjjfjfjfpe hfhahf  hhh  ffuifuir39io


Su último brillo

20061107191635-hojita.jpg

        La tarde nublada besaba humedades cuando tu presencia solitaria, pendente de una rama, engalanada con tus tonos aún amarillos rompiendo la monotonía parda del ambiente, atrajo mi atención. Te agitabas con suavidad en el aire, o tal vez eras tú, resolutiva, la que con tu movimiento de abanico lo producías. Tu superficie suave comenzaba a pudrirse y ondularse en ese camino inexorable que provoca el tiempo. Pero ello no parecía amilanarte y seguías luciendo provocativa, como esa vieja artista de cabaret que intenta atrapar su perdida belleza con sus pinturas y coloretes.

         Tú me has alegrado la vista en este leve instante y sé que seguirás orgullosa hasta que tu amarillo desaparezca totalmente, entonces tus dedos se soltarán de la rama a la que permanecen asidos e iniciara ese viaje por el aire, libre al fin, en ese vuelo postrero que te postrará tenuemente sobre la tierra para que empieces, de nuevo, a formar parte de ella.


Sé que no estuviste...

20061107183633-retiro2.jpg

             Sé que no estuviste en aquel paseo mío por el parque. Mis zapatos ahogándose en un suelo fangoso echaron de menos la ausencia voluntaria de los tuyos. Rechazaste acompañarme, temiendo que algunos de tus fantasmas interiores estuvieran ocultos, agazapados entre los árboles y les dieran por salir a tu encuentro. Preferiste ocupar ese rato en alimentar tu cuerpo y entretener tu espíritu en algo que no tuvieras el riesgo de sentir sacudidas como las de una alfombra a la que se le sacude.

             Sé que no estuviste, pero mientras mi cámara iluminaba con su flash los rincones sombríos por la oscuridad otoñal, atrapando los instantes acompasados por los crujidos espontáneos de las hojas secas, me pareció verte. Fue sólo un momento, pero te reconocí, tal como luego te vi: solitaria, intentando iluminar tu cara con la luz de una sonrisa mientras afanosa buscabas algo a la sombra de un abedul. Cuando luego nos vimos y, sin palabras, te pregunté qué es lo que estabas buscando me respondiste sólo: ¡A MÍ!


No me vuelvo a enamorar

     May se miró en el espejo mientras cubría su cuerpo desnudo con la camiseta que acababa de comprarse. Una camiseta blanca rotulada con letras negras: NO ME VUELVO A ENAMORAR.  Le gustó el reflejo de sus muslos morenos contrastando con la blancura de la camiseta.

 

            Al sentir el tacto del algodón sobre su piel mil recientes emociones despertaron en su interior. Nunca pensó que mediada la cuarentena podría revivir sentimientos adolescentes que aquel encuentro meramente azaroso con Raúl iba a devenir en un enganche tal por su persona. Raúl fue capaz de descorcharle su corazón del que surgió en cataratas emociones hibernadas que pensaba ya muertas. Y juntos volaron sobre las nubes y, en la noche, se columpiaron en las estrellas. May se sintió la mujer más feliz del mundo y, en el fondo, culpable de volver a vivir lo que algunos llaman amor. Cada minuto de su existencia era pura vida y, sobre todo, cuando se encontraba con él se veía en un mundo engalanado por brotes de felicidad. Se sentía pletórica al sentirse de nuevo deseada, admirada,…pero sobre todo querida. Era como si Raúl, a modo de un hábil escultor, la hubiera cogido entre sus brazos y hubiera conseguido moldear lo mejor de sí misma, esa parte de ella que no parecía, ni siquiera, pertenecer a este mundo.

 

            No supo que el tiempo que duró, le pareció sólo un instante, hasta que fue consciente de que por aquellos poros abiertos comenzaba a entrar un aire gélido, de que aquella piel que había dejado al descubierto era lastimada hasta por la brisa. De aquellos encuentros cotidianamente anhelados, empezaron a brotar amagos de celos, frustraciones ocultas y querencias mal entendidas que terminaban en tristes adioses que le amargaban el dulzor de los comienzos. Aquel gozo inenarrable se tornó en dolor y decidió que era la hora, si alguna vez es buena hora para despedirse, de decir adiós.

 

            Sus ojos se rasgaron en lágrimas y giró la cabeza, y con ella todo su cuerpo, a lo que había estado viviendo. Raúl, muy a su pesar, se convirtió en personaje histórico y fue, entonces, cuando decidió comprar esa camiseta que ahora acariciaba sus hombros. Había vivido con intensidad, algo suyo había muerto pero debía seguir viviendo. Salió a la terraza,  y aspiró el olor a humedad. Unas gotas de lluvia cayeron sobre su rostro y abriendo los brazos dejó que su camiseta se empapara y vio como sorprendentemente el agua caída emborronó el NO que acabó borrándose.  Un hombre alto pasó por debajo y, por un instante, sus miradas se cruzaron. Ella tembló y mientras veía como desaparecía aquel hombre en la oscuridad de la noche, se quitó la camiseta del NO emborronado y la lanzó a la calle. Dejó que su cuerpo desnudo se envolviera en las gotas de la lluvia que lamieron toda su piel. Ella se sintió bien y esbozó una amplia sonrisa.


Su primera vez

          La mano rasgó el aire y se detuvo, resonando como un látigo, al impactar con el rostro de Hortensia. Sus ojos agotados ya de lágrimas sólo eran capaces de mirar, con una mezcla de perplejidad y dolor, a Agustín, mientras su cara sentía una primigenia hinchazón. Años de sufrimiento callado, en los que había sido incapaz de arrancarse de su lado por una adherencia sicológica incontrolable. Sufría desde hace tanto tiempo,…pero es que, no sabía por qué, lo quería… 

¡RIIIIIIIIIIINNNNNNNNGGGGGGG!

 -Venga Hortensia, despierta que vas a llegar tarde a tu primer día de instituto.

-¡Qué sueño! Y uf, ¡qué pesadilla!

-¿Qué has soñado?

-No sé muy bien mamá, sólo sé que lo he pasado fatal en el sueño y todavía tengo el corazón agitado. Venga desayuno rápido, que no quiero llegar tarde en el primer día de clase……

........

-¿Qué tal te ha ido en tu estreno?

-Muy bien mamá, aunque tendré que estudiar mucho este primer año las asignaturas parecen difíciles.

-¿Has conocido a alguien?

-Sí, a un chico que se sentó a mi lado, parece un poco brutote pero es tan atractivo y encantador…se llama Agus…


Ventoleras

20061003155001-vientos.jpg

            Por el lugar en que vivo estoy acostumbrado a los distintos vientos, esas corrientes de aires que se forman debido a las diferencias de temperatura entre las distintas capas atmosféricas.  El rey de ellos es el Levante que impregna el ambiente e influye de manera ineludible en la vida y en las gentes y costumbres de la zona.

            Pero hay algo que produce aire, también, de manera mucho más sutil pero cuya influencia es decisiva en el que lo capta. Es un aire localizado, focalizado hacia una sola persona y que, generalmente, pasa imperceptible para el resto de la gente. Pocas ventoleras de estas suelen aparecer a lo largo de la vida pero hay que estar atento para ser conscientes de ella antes de que pasen de largo. Cuando suceden no se olvidan y su recuerdo nos acompaña el resto de la existencia. Son ventoleras de locura, de aires frescos y de renovación, capaces de alzarte a lo más alto hasta tocar las nubes con las yemas de los dedos. No se suelen elegir y llegan en momentos inesperados, esas son las más intensas, o cuando las circunstancias empujan ineludiblemente a ello.

             Ese aire tan especial es el producido por unas pestañas al agitarse que muestran, cuando se abren, la luminosidad de unos ojos brillantes que nos miran acariciándonos de esa manera tan única en la que nunca podrían hacerlo unos labios o unos dedos. Todo el que lo ha sentido alguna vez sabe a qué me refiero.


Me duele tu ausencia

20060928071859-mujerdesnuda.jpg

Me duele tu ausencia

que dejó al descubierto

mil heridas impregnadas

en viejos recuerdos. 

Te busco de noche,

sin hallarte,y en la insomne oscuridad

las sombras me acompañan

en tenebroso conciliábulo. 

Un silencio amargo

atrona mis oídos.

y la carencia de tus besos

agrieta mis labios. 

Mi corazón abierto

languidece por las caricias perdidas

y mis dedos, agarrotados

al no sentir tu piel,arañan el aire

para atrapar tu tenue imagen

que ante mí se dibuja

y que nunca pareció existir. 

Sólo espero

que la luz del amanecer

derrame su engaño,

apaciguando mi dolor,

y me convenza de que todo fue un sueño.


Ojos tristes (y 2)

20060927071751-ojo.jpg

           Hay veces que las musas caprichosas y juguetonas, sin saber muy bien por qué, vuelven a temas anteriores y, en esta ocasión, incide sobre la segunda parte de un post escrito en diciembre:

            Y desde aquel momento aquel hombre y esa  mujer, que se habían conocido enfrentando sus lánguidos iris, iniciaron parejos el camino en aquella noche oscura con destino a un mutuo amanecer. La noche se cargó de ilusiones y aquellos cuatro ojos chisporrotearon como luciérnagas danzarinas de siete velos. Aquella acogedora intimidad se llenó de confidencias, de guiños cómplices que las pestañas creaban con movimientos alegres y de sonrisas que rasgaban el silencio al mudar en carcajadas. 

           La madrugada extendió su manto sobre nuestra, ahora, luminosa pareja. Y los minutos entrelazados, sin límites determinados, fueron fundiéndose en eternidad. No comieron y nada bebieron porque sus miradas, caricias y besos bastaban para saciar la mayor de sus necesidades. Lo único capaz de apuñalar a la soledad, el amor, los invadía.

 

            Pero a pesar de ese mutuo gozo, las agujas del reloj, cada una a su peculiar velocidad, siguieron sus giros invisibles en el espacio y la negrura del cielo a espaldas de él empezó a ser devorada por los primeros rayos del amanecer. El  no fue consciente de ello hasta que notó que la suave mano que sostenía entre las suyas se iba reblandeciendo como quien pierde atención. Y mirando los ojos de la mujer vio que, ahora, no lo miraban, se lanzaban más allá de él al creciente sol que empezaba a caldear su espalda.

 

            Compréndeme, le dijo ella. Un sí, contrito con la cabeza, fue lo único que fue capaz de responderle. Y mientras ella se alejaba en dirección al sol, el hombre se alejó bajo la sombra alargada, pintada en negro sobre el suelo, que aquél creaba al incidir sobre las turgencias de ella. Y se dio cuenta de lo efímero que son los ojos alegres, cuando notó que sus ojos volvían a estar tristes, y esta vez, más tristes que nunca.


Las musas

20060919155457-musas.jpg

         A la hora de ponerme a escribir nunca me ha asustado el enfrentarme al papel en blanco, normalmente porque antes, en la cabeza, con un lápiz invisible le he dado vueltas a las ideas. El papel me sirve para dar forma a ese batiburrillo de palabras que circulan por los huecos de mis neuronas y colocarlas de una manera lógica y agradable de expresar las ideas. A veces empiezo intentando plasmar sólo unas líneas pero finalmente acaban transformadas en varios folios.            

        Pero ¿qué es lo que inspira un escrito? ¿dónde están esas musas? Lo complicado y emocionante, a la vez, es que no se pueden controlar. Se esconden cuando las buscamos y surgen cuando menos lo esperamos. De un granito puede surgir la mayor de las obras maestras y tras un gran desarrollo podemos toparnos con una inmensa pared que impide cualquier avance.             

        Una foto, una palabra, una conversación, una lectura, un suceso, un pensamiento, son algunas de esas musas necesarias para realizar cualquier texto con cierta enjundia. Pero hay una musa que suele estar por encima de todas ellas es el de esa persona que, un día, nos trastoca positivamente las emociones dotándonos de una sensibilidad extrema capaz de escribir las mejores páginas de nuestra vida. El que es capaz de enhebrar esas páginas es sin duda un ser afortunado pero casi más que por lo que escribe por lo que durante ese tiempo ha sido capaz de sentir. ¡Ese sí que ha conocido a una verdadera musa!


Reencuentro efímero

20060914201122-interior.jpg

     Hoy te encontré agazapada en lo más recóndito de mí. Intenté rodearte con mis brazos pero te volatilizaste entre ellos estallando en sonoras carcajadas.

    Sigo triste y aún más solo, si cabe, pero ahora, además, me retumban los oídos.


Como dos mariposas

20060910003014-manos-unidas2.jpg

    Vuelan continuamente por el aire, cada una con su revoloteo, pero en ningún momento olvidan a la otra, ni se alejan de ella. Luego, en una postura muy repetitiva, se posa una sobre la otra y se acurrucan entre sí. Juntas cuando se elevan al cielo para orar, acompasadas cuando multiplican caricias, cruzadas para descansar, ocultas para protegerse del frío, entrechocándose con fuerza para mostrar su alegría o desnuda  y cálida para encontrarse con otra.

    Establecen largos discursos sin palabras, trasparentando el ánimo, la alegría, la timidez e, incluso, las torpezas. Unas veces cuidadas hasta la extenuación, vestidas en piel suave y coronadas de cimas primorosamente esculpidas. Otras desgajadas por el esfuerzo cotidiano, los extremos aparecen romos o astillados. Nos relatan las historias que languidecen tras ellas o los triunfos de las que fueron partícipes.

     Esta bien avenida pareja es capaz de arrancar los más grandes placeres o los más terribles dolores. En definitiva, son las que mueven el mundo. Las manos...¡qué poco haríamos sin ellas!


Unas soñadas vacaciones

20060904185734-vacaciones.jpg

            Al fin lo consiguió, por primera vez en muchos años logró tomar unas soñadas vacaciones. Las preparó minuciosamente para que no le fallaran y se fue a un lujoso hotel de montaña. Desde la mañana a la noche tenía todo su tiempo organizado: desayuno, andar por la sierra, piscina, ducha, almuerzo, siesta, lectura, merienda, piscina, cena y mirar a las estrellas durante un buen rato antes de dormir. Pero transcurrido el primer día se percató de que aquellas vacaciones no serían tan relajadas si no era capaz de dejar de enturbiar su corazón con esos dimes y diretes que le rodeaban en su rutina diaria, esos amagos de cariño, esos ensayos de querencias y confusos sentimientos que le envolvían. Lo mejor era dejar que, también, su corazón reposara y cesara un poco en su aceleración ventricular. Y aquella segunda noche tras contemplar las estrellas, divisar tres cometas y un posible ovni, se fue a la cama con esa decisión: enlentecería un poco su corazón. Pero como nunca se sabe de qué somos capaces cuando decidimos algo, parece que, lo hizo demasiado.

                 A la mañana siguiente la limpiadora del hotel lo encontró tendido en la cama con el corazón totalmente paralizado. Pero lo peor no fue eso, sino que había pagado por adelantado quince días de estancia.


La florista

20060719202639-florista.jpg

      No le resultó extraño a la florista aquel individuo, envuelto en un aire misántropo, la primera vez que fue a encargarle un ramo de flores para entregarlo al día siguiente. Le dijo que preparara uno a su gusto, el más bonito que se le ocurriera, que quería enviarlo. En una tarjeta a la vista de ella escribió unas hermosas palabras de amor, antes de pagarle. El repartidor cuando fue a llevarlo se dio cuenta que la casa no existía y lo trajo de vuelta a la floristería donde permaneció adornándola hasta que se marchitó. Al mes siguiente volvió por allí, ella ahora se fijó en él tenía una cara amable y no supo por qué no se atrevió a decirle que aquel ramo no había podido entregarse. Repitió el mismo ritual y ella eligió un hermoso ramo. De nuevo el repartidor tuvo que volver con él porque ahora, una dirección distinta, tampoco existía. Y así un mes y otro como una rutina elaborada, cada encargo terminaba indefectiblemente presidiendo, a modo de reclamo , el mostrador de la floristería.

       Durante poco más de tres años, la entrada de aquel hombre en la floristería se hizo habitual. Ahora era como un cliente habitual de esos que no tienen que decir lo que quieren y las sonrisas de él y la florista presidían el local durante aquel rato. Pero aquel día aquel hombre solitario al doblar la esquina, perdido en sus ensoñaciones, no advirtió un camión que se le echó encima y detuvo su corazón para siempre.

       Al día siguiente, como todos los meses, se iba a proceder al reparto de aquel ramo póstumo, pero el repartidor no acudió a trabajar, la impresión que le causó el ver un atropello mientras hacía un stop con la moto, le hizo desmayarse y darse un golpe en la cabeza. Esta vez fue la florista tras un día de mucho trabajo, era el dos de noviembre, la que tuvo que llevar el ramo a la dirección indicada en la tarjeta. Como era de suponer no existía y con la duda de si volver a la floristería pasó por delante de la puerta del cementerio donde se vio arrastrada hacia dentro por una muchedumbre armada toda ella con ramos en las manos. Paseó de manera distraída por entre las tumbas, todas estaban cargadas de flores, había una muy reciente, era de alguien que había muerto el día anterior, aún no había fraguado el cemento de la lápida.  De pronto sintió una gran pena ante aquella tumba desnuda y dejó aquel precioso ramo a sus pies. Poco podía imaginar la florista que aquella tumba era de aquel hombre que se lo había encargado y como los muertos nunca hablan, de lo que tampoco pudo enterarse es que aquellos encargos no eran más que una excusa que tenía aquel hombre, secretamente enamorado de ella, de verla todos los meses y mandarle un ramo de flores, sin duda, el preferido de ella.


Buena vista

20060714160415-comanches.jpg

        En aquella tribu comanche había dos miembros sumamente respetados debido a su capacidad visual. Nube Blanca era capaz de distinguir un lince a cinco kilómetros y Topo Alado que era ciego pero cuando miraba hacia dentro de sí veía cosas imposibles de otear para cualquier otro. De Nube Blanca se decía que dicha habilidad le había salvado varias veces la vida. De Topo Alado que su capacidad de mirarse interiormente sólo se la había salvado una vez, pero ésta había sido para siempre.


Je perdu le do...

     Así empezaba una conocida canción francesa en aquellos tiempos que en el sistema educativo aprendíamos poesías y canciones en francés, a veces incluso antes de saber lo que significaban. Yo no acababa de entender en esta canción como se puede perder el DO de un clarinete. ¿A dónde habría ido a parar? Recordaba esto cuando el otro día leía en un artículo de Andrés Trapiello que se le había perdido una palabra. Una palabra que encontró en un libro de Unamuno, intentó luego recordarla pero yació perdida hasta que años después reapareció de nuevo.

     Y hablando de pérdidas he estado varias semanas preocupado por que me desapareció un relato que estaba escribiendo y del que llevaba ya escrito once folios. La pérdida de un relato es algo que me duele. Las palabras están dentro de nuestra cabeza en alegre mezcolanza y es todo un trabajo artesano el ir recuperándolas, separarlas y darles un lugar en las frases. Sentía que las horas que había dedicado a ello, el trabajo de documentación que había realizado y la mayor o menor calidad del texto se habían desintegrado en la nada. Rebusqué en el pc, registré una copia de seguridad que tengo...y nada...totalmente desaparecido. Además es que parece que actualmente como un texto no esté en un disco duro en la práctica no existe. Al fin, se me ocurrió una idea, estuve registrando en viejos papeles y ahí apareció el relato. Me dio mucha alegría encontrarme con él. Ahora tendré que teclearlo entero, pero no importa, las ideas, el genio de aquellos momentos está en sus frases.

     Para escribir bien estoy convencido que se necesita, aparte de las cualidades personales, el esfuerzo de muchas horas. Muchas de las frases geniales que podemos plasmar sobre el papel en blanco figuran en una caja fuerte que tenemos interiormente, lo que ocurre es que la mayoría de las veces hemos perdido la combinación y sólo es posible abrirla con mucha paciencia y tesón.


El círculo rojo

20060704125826-telefono.jpg

       Hoy ha sido un día muy especial. De esos que, a partir de ahora y durante todo el resto de mi vida, señalaré con un círculo rojo en el calendario. Era media tarde, de esas tardes de verano donde el calor parece paralizar hasta los sonidos de la naturaleza, cuando el sonido estridente del teléfono rompió mis ensoñaciones. Era Toñi, su voz cálida y aterciopelada lamió mis oídos sin ningún rubor. Estaba en casa y, de pronto, no sé por qué, se me ocurrió llamarte por teléfono, me dijo como si estuviera excusándose.

       Era de por sí sorprendente aquella llamada teniendo en cuenta que durante los últimos veinte años, siempre que habíamos hablado, era yo el que efectuó la llamada. Sólo por aquella inaudita iniciativa valía la pena saborear cada minuto de aquella llamada que se extendió durante, casi, media hora. Nos despedimos, yo triste al escuchar el click del teléfono, ella diciendo un "ya te llamaré" que bien sabía que nunca cumpliría. Pero a la vez yo estaba con esa euforia de haber conseguido algo que nunca imaginé.

       Aún con aquella alegría reflejada en mi rostro salí a la calle, en busca del vidente de mi barrio para entregarle, el otro cincuenta por ciento, los dos mil euros que le debia por sus hechizos para que ella me llamara ese día. Ya sé que puede parecer un poco caro, pero doy bien empleado ese dinero porque a partir de ahora tendré en mi almanaque siempre señalado ese día con un círculo rojo  como el día que, al fin, Toñi me llamó por teléfono.


Blanco, negro

20060628201639-peon.jpg

              Blanco, negro, que aburrida la vida que tengo. ¡Siempre lo mismo! Del negro al blanco y del blanco al negro, que rutinaria esta vida de peón. ¡Estoy harto de ella! Las demás piezas me intentan consolar que no es tan malo. Claro, como ellas se mueven por donde quieren y a su antojo, no saben cómo es esto. ¡Quién pudiera cambiar de vida!

               Y como hay veces que los sueños ansiosos, sin saber cómo, se convierten en realidad, nuestro quejumbroso amigo encontró ese camino inexistente que lo cambió de tablero. Cuando llegó allí creyó explotar de felicidad. Allí estaban el rojo, el amarillo y el verde. Y mirando a lo lejos pudo distinguir en aquel parchís hasta el azul, aquel color que tanto le gustaba. Todo cambiaría a partir de ahora. Pero lo que no sabía nuestro efímero protagonista era que, nada más llegar al tablero, una ficha se puso en el lugar que él ocupaba y se lo comió. Aún tuvo un instante, mientras lo sacaban del tablero, de echar de menos al blanco y al negro.


La desconfianza vencida

20060623222210-caracola.jpg

        Siempre había sido un positivista y había desconfiado de todo aquello que no era experimental: de pitonisas, chalanes, nigromantes, chamanes, hechiceros, curanderos, brujos, jugadores,... Nunca había echado una moneda al pozo de los deseos o había cerrado los ojos al soplar unas velas de cumpleaños.

        Pero un día mientras paseaba por la orilla del mar, esculcando entre la arena para hallar algún bivalvo al que clasificar en el laboratorio, descubrió algo cuyo brillo nacarado sobresalía de aquel manto de sílice. Excavando a su alrededor descubrió una hermosa caracola que lanzaba destellos de arco iris. La acarició entre sus manos y no pudo evitar esbozar un rictus sonriente al recordar aquello de que si uno se ponía una caracola en el oído se escuchaba el sonido del mar. No supo cómo se la acercó a su oreja derecha y se sorprendió al escuchar el ruido de un oleaje que rompía contra la orilla. Aquello fue como si rasgara un velo que le cubría y aquella desconfianza flaqueada en su punto más débil dio paso, desde entonces, a una credulidad ingenua. Cómo sería que se pasó toda la noche del doce de agosto, sin dormir, mirando al cielo pidiendo deseos a todas las perseidas que cruzaban sobre su cabeza.

         Lo que nunca se dio cuenta fue que, si aquel día que paseaba por la orilla, antes de coger la caracola hubiera prestado oídos al mar hubiera escuchado el mismo sonido exactamente que cuando se la acercó al oído.


Chirridos

20060622153430-cama.jpg

               Cri-cri-cri. Marta abrió los ojos, en la oscuridad de su cuarto y prestó oído a aquel ruido que le había despertado. Era un chirrido constante que se detenía y se repetía insistente rompiendo el tenue silencio nocturno. Se dio la vuelta intentando dormir, pero la oreja se le escapaba en pos de aquel ruido machacón hasta que la desveló totalmente. Tres horas más tardes, nerviosa, sus ojos seguían abiertos mirando a la nada. A lo largo de aquel día sus ojeras fueron dilatándose hasta rozar el suelo. La noche siguiente aquel cri-cri volvió a despertarla y como si estuviera atrapada en el tiempo, volvió a desvelarse. Desesperada se levantó intentando averiguar el origen del sonido y saliendo y subiendo escaleras descubrió que provenían de dos pisos más abajo al suyo, lo confirmó cuando al acercar la oreja a la puerta, pudo escuchar perfectamente como esos chirridos se acompañaban  de unos característicos gemidos y jadeos. Allí se había mudado una pareja de edad parecida a la suya. Alguna vez los había visto en el ascensor y, por cierto, él no le había pasado inadvertido por su rostro moreno y atractivo, siempre coronado por una encantadora sonrisa, y sus formas perfectamente construidas. 

             A la tercera noche se acostó con un ojo abierto pero a mitad de la noche ya se le abrió el otro por los dichosos chirridos. A la mañana siguiente ya no podía más de cansancio, y decidió comentárselo a los vecinos. Sólo estaba la mujer, pero tras escucharla le dijo que en su casa hacía lo que le daba la gana y que si le molestaba que se pusiera tapones. Su poco ánimo decayó y comentando el tema con otros vecinos resultaba que nadie escuchaba aquello y dormían a pierna suelta durante toda la noche. Ya no sabía que hacer y tras quince días así su desesperación alcanzó cotas inimaginables. Su cansancio mermaba su paciencia y hacía sucumbir su fortaleza.            

          Al fin, días después, tuvo una idea desesperada. Se levantó en plena madrugada y se dio un baño relajante, la verdad es que eso de tener los oídos bajo el agua y no escuchar el imparable ruido, le sosegaba. Se peinó con cariño, se puso el mejor de sus maquillajes, que disimulaba sus ojeras y resaltaba sus ojos y rebuscó en su armario una lencería guerrera y un vestido escueto. Se pintó uñas y labios de un rojo carmesí y, tras ponerse unas gotas de perfume en su hondo escote, entró en el ascensor cuando escuchó cerrar la puerta por el vecino que se iba al trabajo. Cuando el entró en el ascensor se le quedó mirando como el que ve a la mujer de sus fantasías, especialmente  cuando Marta se le acercó al cuello se lo succionó y no haciendo caso a su cara de sorpresa le tiñó de carmesí todos sus labios. Cuando él quiso reaccionar el movimiento oscilante de ella sobre sus empinados tacones la hizo desaparecer tras la puerta abierta del ascensor en la planta baja.           

         A través de la ventana vio acercarse esa tarde a su vecino con gesto nervioso. De nuevo se hizo la encontradiza, en la escalera, esta vez fue él quien acercó los labios y ella quien los atrapó al vuelo y lo invitó a entrar, un momento le dijo, en su casa.  Desde aquella noche Marta durmió de maravillas, su vecino llegaba todos los días a su casa demasiado agotado. Y algo tenía Marta, además, a su favor: su cama no chirriaba.


Un corazón delicado

20060620144105-corazon.jpg

    Tras ver un documental en televisión sobre el corazón se sumió en una profunda angustia al pensar que una máquina tan perfecta podía detenerse por un simple fallo en todo aquel engranaje. Aún fue peor cuando, un día, notó que el suyo podía, además, detenerse por una simple mirada.     

     Aquella nueva camarera, joven y hermosa, no comprendía por qué, ese hombre tan educado cuando ella se le acercaba para tomarle nota de la consumición, mantenía siempre los ojos cerrados.


¡Al fin amigos!

20060619144802-homer-gay.jpg

            Carlos y Eugenia se conocieron un determinado día por azar, como se encuentra la gente por Internet. Desde aquella primera charla se sintieron cercanos, con una proximidad que el tiempo fue estrechando. Aquella relación se convirtió en algo más intenso a lo que los dos se resistían a ponerle nombre y un día aquello pidió más. Eugenia prudente temía poner en peligro su matrimonio, que aunque con vértices agudos era el único que tenía. No dejaba de reconocer que la personalidad sensible de Carlos, en las antípodas de esa peculiar tosquedad de Agustín su marido, le atraía irremisiblemente. 

             Carlos insistía en conocerla pero ella se resistía hasta encontrar un nexo común con la que pudiera presentarlo, de manera normal, como un viejo amigo. Al fin un día lo encontró y descubrió que una vieja amiga de ella conocía a Carlos desde la infancia. Y a través de ella, eso le dijo a Agustín, los invitó a una barbacoa en el jardín de su casa. Fue un momento inolvidable para Eugenia y las chispas de sus ojos compitieron por unos instantes con las de las brasas de la barbacoa, especialmente en el momento en que al sentir su beso en la mejilla un escalofrío afiló todo su cuerpo. Cambiaron algunas torpes palabras imbuidos del nerviosismo del momento que interrumpió Agustín al acercarse. Agustín le dio una mano franca  a Carlos y se ofreció a enseñarle la casa. 

             Y mientras Eugenia no cejaba en darles vueltas a la carne observó la animada charla salpicada de risas de Carlos y Agustín. Poca oportunidad tuvo con aquel ajetreo de reencontrarse con Carlos, salvo cuando de nuevo labios y mejillas se despidieron. Su marido viendo cómo se alejaba su nuevo amigo le comentó: ¡qué gran hombre es ese Carlos!

             Ella percibió algo extraño cuando, desde entonces, Carlos parecía evadirle,  por la red. No contestaba a sus correos, antes habituales, más que al cabo de varios días y de manera elusiva. Aquello se fue enfriando y maldijo aquella barbacoa mientras intentaba olvidarlo, con sumo esfuerzo, de su memoria. El tiempo pasó y aquellos vértices de su matrimonio se agudizaron hasta hacerlo insoportable.

            Un día Agustín con dos maletas abandonó la casa y a ella le pareció que el olor a barbacoa se marchó con él. Aceptó el divorcio exprés cuando él se lo solicitó, pero a lo que no estaba dispuesta, por mucho que insistieran los dos y le hubieran mandado una coqueta invitación, era a asistir a la próxima boda de Carlos y Agustín. 


Renata

20060613215920-renata.jpg

        Renata era una joven alegre y dicharachera, a quien un accidente de tráfico, cuando estaba saliendo de la adolescencia la convirtió en huérfana de padres y de esperanzas. Se tuvo que ir a vivir con una tía que no comprendía ese vicio de su sobrina por la lectura y que pensaba que le sentaría mal y como remedio y para que no se perdiera en medio de tantas letras, habló con una amiga para colocarla en su cafetería.

        Era una cafetería antigua con olor  a madera vieja y a polvo agarrotado en el que Renata pasaba las horas, los días y las semanas. En ella sentía que su cuerpo crecía y que su espíritu iba empequeñeciendo, por eso su semblante, para un observador atento, se iba oscureciendo y sus ojos, en otro tiempo vivarachos, iban abriéndose con esas formas que da la tristeza. Su pelo brillante y hermoso lo recogía en una cola con una simple goma sin otro aderezo. Y caminaba de un lado a otro con una bandeja en la que llevaba tazas, unas veces llenas y otras vacías, mientras su mente circulaba por otros lugares. Aprovechaba el poco tiempo libre para hojear el periódico en la barra o para emborracharse con las páginas de un libro que escondía tras la cafetera. A veces sólo eran tres líneas, pero le iluminaban el espíritu, le hacía reencontrarse con esa otra parte de ella que adivinaba dormida bajo su imagen. Pero donde más disfrutaba era cuando pasaba por delante de la puerta y asomaba su cabeza a través de ella oteando al mar.

        Y no se sabe cómo las esperanzas, a veces, crecen y anidan. Y Renata empezó a notar alas que la desplazaban por aquel constreñido lugar. Y sus lecturas tomaron formas de hadas y de amapolas, sus ojos empequeñecieron cuando la luz de la alegría los hizo brillar. Y un día, el último que se asomó a la puerta, se quitó la goma que sujetaba su pelo y dejó que el viento acariciara su melena. Y nadie en aquel maloliente café volvió a verla, aunque un cliente dijo que le pareció verla alejarse sobre las olas del mar y dice...¡qué sonreía!


Una forma de soledad

20060610114315-estaciontren.jpg

    Siempre he pensado que una de las mayores formas de la soledad es la del que viaja sin que tenga a nadie que se preocupe por donde estará. Se sube, por ejemplo, al tren y nadie va a despedirle, sin problemas de que el móvil suene durante el viaje. Y al llegar al destino en medio del bullicio de reencuentros de besos y abrazos él se siente solo, mientras sin atreverse mucho a levantar la cabeza se dirige hacia la salida. No tendrá que llamar a nadie para decirle que ha llegado porque a nadie cree que le importe. Y siempre teme que al llegar al hotel donde se aloje sea su última noche y a la mañana siguiente cuando lo encuentren sobre la cama, el recepcionista no sepa a quien llamar, porque nadie sabía que él estaba allí.

    Esto me lo ratificaba hace algunos días un amigo, que durante muchos años viajó con esta sensación. Ahora se alegra cada vez que llega a su destino de poder llamar a su mujer y a su hijo para decirles que tuvo buen viaje.


Metamorfoseándose

20060605155436-metamorfosis.jpg

            No supo aquel humilde fontanero cómo se vio atrapado en aquella imagen. Todo empezó con una palmada en la espalda con la que un amigo le animó a presentarse a las elecciones municipales para completar las listas. Una mayoría absoluta lo convirtió en concejal y parlanchín y batallador pasó a diputado provincial. No fue consciente de la metamorfosis que iba sufriendo.            

             Su juego de herramientas quedó arrumbado en el garaje. Aquel traje que tenía para las bodas fue relegado por nuevos trajes de verano e invierno, de fiesta o de luto. Empezó a vestir de acuerdo con su imagen pública consciente de que, ahora, la gente se fijaba en él. Sus honorarios políticos engrosaban su libreta de ahorros cuando decidió cambiar su ford fiesta por un BMW con la excusa de que ahora tenía que ir mucho a la capital y no podía ir con cualquier coche. Aquel fontanero empezó a copiar lenguajes políticamente ininteligibles y nada comprometido lo que le hizo ascender en el partido, pasando a formar parte del comité provincial. Tuvo que ampliar el armario para poder meter tantos trajes y es que ahora salía mucho en las fotos de los periódicos y no era bueno para su imagen el repetir vestuario. Se compró un piso en la capital ya que se pasaba en ella toda la semana con tantas reuniones. A una de estas acudió el ministro y con él acabó tomando copas en la noche y con una creciente amistad. Tanta que una semana después le llamó para ofrecerle una Dirección General del ministerio en Madrid a la que él accedió encantado. Se trasladó a Madrid donde disfrutaba de sus contactos y relación con tanta gente importante. Dejó de ir al Corte Inglés, ahora sólo vestía de marca, para no enturbiar su imagen e iban a tomarle medidas al Ministerio. Salía tarde del mismo pero encontró un rato para recibir clases de golf y padel, convencido que en estos lugares se pergeñaban los grandes negocios.        

        En un cóctel con unos empresarios conoció y se lió con una azafata, joven, rubia y neumática y pensó que, sin duda, con mucha mejor imagen que su mujer, a la que dejó creyendo que era lo mejor para esa carrera meteórica que había iniciado. Se compró una casa en Las Rozas a la que puntualmente acudía el chofer a recogerlo. Disfrutaba cuando se miraba al espejo y observaba ahora a un hombre de mundo con imagen impecable, los trasplantes de pelo ni se le notaban, muy lejos de aquel fontanero pueblerino. Le gustaba sentirse importante y se veía como en un sueño de hadas. Pero pocos meses después aquel Ministro cayó en desgracia y cesado, y tras él como cuando se desmorona una bandeja de naipes fueron cayendo altos cargos, todos avispados encontraron acomodos variados, pero nuestro fontanero se encontró fulminantemente cesado con lo que su elaborada imagen quedó inmóvil para siempre en las escaleras de aquel ministerio a medida que las bajaba.            

         La rubia viendo el panorama se fue con otro alto cargo, más bajito y calvo que él, pero con más futuro. De las Rozas se tuvo que marchar en cuanto dejó de pagar la hipoteca. El BMW le fue embargado. En el club de Padel ya nadie le reconocía. Cuando volvió al pueblo ya le habían olvidado, no así su mujer que generosamente le puso en la puerta una maleta con sus antiguas prendas de vestir, porque hasta sus herramientas las había cogido su antiguo aprendiz hoy fontanero renombrado. Con aquella maleta a cuestas y arrastrando por el suelo penosamente su autoestima volvió a Madrid. Hoy trabaja junto al ministerio, aprovecha la sombra de aquella imagen suya paralizada en las escaleras, y con la gorra que usaba en los campeonatos de golf implora la caridad de los paseantes para que allí le depositen algunos céntimos.


La misiva póstuma

            Damián conoció a Marina por Internet unos tres años antes, aquel contacto previo internaútico se convirtió en una intensa relación que, aun pasando por distintas etapas y variada gama de colores, nunca dejó de ser intensa. Marina era muy especial usaba un seductor lenguaje que le atrapó desde el principio y su ternura le abrazaba como los brazos de un pulpo desde que se conocieron. Ella estaba casada con su antítesis un hombre burdo e incapaz de captar la sensibilidad más allá de su cuenta corriente, la que se dedicaba a engrosar con jornadas maratonianas de trabajo. Aquella amistad, a pesar de los quinientos kilómetros que le separaban se mantuvo y evolucionó en modos de comunicación, primero por el Chat, luego por los correos electrónicos y finalmente por las cartas. Marina disfrutaba escribiendo con su pluma de plata, cartas a Damián, donde su letra preciosista le transmitía primero curiosidad, luego cariño, al fin pasión y últimamente…temor. Sí, ella le decía que estaba preocupada por la actitud de su marido, lo notaba y lo sentía, ya lo había ella experimentado, que se estaba transformando en un hombre violento.            

            Imagínese la sorpresa de Damián cuando escuchó la noticia en la televisión de que Marina había sido asesinada de un disparo de revólver. Parecía que había sido un robo en la casa y la policía estaba investigando. Damián quedó alicaído y cabizbajo sin saber muy bien como reaccionar. Salió a la calle a despejarse un poco cuando mirando distraídamente en el buzón encontró una carta cuya letra reconoció al instante: ¡era de Marina! Rasgó el sobre con nerviosismo y, esta vez, la letra temblorosa reflejaba su miedo. Finalizaba diciendo que estaba aterrorizada pues el día anterior había visto cómo, su marido, cargaba una bala en un revólver y lo guardaba en un cajón.  Impelido por una fuerza misteriosa y la carta aún en su mano se dirigió en el coche a recorrer los kilómetros que le separaba de la ciudad donde había tenido lugar tan luctuoso suceso. En aquellas horas de conducción sus lágrimas se mezclaron con su rabia y concluyó que una buena venganza sería, mediante aquella carta, chantajear a aquel energúmeno y quitarle parte del lastre de sus podridas riquezas.            

               Llegó  al cementerio cuando el enterrador, cigarro en boca, daba las últimas paletadas de cemento al nicho tras el que había desaparecido el ataúd. Allí estaba el que supuso su marido, un individuo con aspecto taciturno y estudiada tristeza. Cuando lo vio salir solo, Damián se le acercó y le dijo que tenía que hablar con él de algo muy  importante. Agitó el sobre en su mano que el otro, ahora lívido, había reconocido, en seguida. El viudo le dijo que subiera a su coche y fueron a un apartado lugar, en mitad del campo, bajo un pino. Damián con esa fortaleza que le había dado la pena, le explicó todo como tenía esa carta en la que le ella le decía lo del revólver y la bala y que si quería que quedara callado debería darle 600.000 €.  A pesar de su ingenuidad, aún tuvo un instante infinitésimo pero suficiente en el que se dio cuenta de que Marina se había equivocado al contar y que, al menos, aquel revólver tenía dos balas.


La primera vez

20060516180806-espejo.jpg

      La primera vez que ví ese rostro quede impresionado. Me resultó extraño. No pude olvidar la profundidad y el magnetismo de aquella mirada, que  desde entonces parecía acompañarme al girar cada esquina del poblado.  Aquella imagen me perseguía hasta en sueños. ¡Sólo a aquel misionero se le pudo ocurrir enseñarme ese instrumento al que él llamaba espejo!


Escuchando el silencio

20060503171335-palacio.jpg

                 Para escribir se necesita inspiración, pero el problema es ¿de dónde obtener ésta? Hay algunos que viven tantas aventuras que con solo narrarlas tendrían para escribir muchos libros, pero el 95% de los mortales tenemos una vida más bien anodina y monótona, por lo que la inspiración más allá de las circunstancias externas hay que extraerlas del interior de uno. Profundizar en uno mismo no es tarea fácil para ello ayuda esos momentos en que nos detenemos en la vorágine cotidiana y aprovechamos ese rato de sosiego para escucharnos a nosotros mismos. Hay sitios y momentos que invitan a ello, pero hay que descubrirlos.

                 Por una determinada circunstancia, todas las semanas debo realizar un par de horas de espera y he encontrado un lugar de esos en que se disfruta simplemente “estando”. Es un antiguo palacio cuyos jardines han sido adaptados como cafetería. Situado en pleno centro urbano aquel oasis de tranquilidad está aislado del bullicio y el ruido del tráfico que soportan las calles del entorno. El silencio es tan grande que es posible escuchar el balanceo de las ramas con la brisa y los distintos trinos de las aves que copan sus árboles e incluso aguzando el oído es posible escuchar a alguna de las mariposas que adornan el aire. Aquel patio floreado es un auténtico goce para los sentidos, de esos lugares que invitan a encontrarse con uno mismo y a desperezar la musa. Yo suelo aprovechar ese rato, en plena digestión , para tomar un café mientras dejo que mi bolígrafo se deslice por la hoja en blanco reconstruyendo un relato que tenía arrumbado desde hace años en la oscuridad de mi mente y de un cajón. No sé si llegaré a terminarlo pero sí es verdad que disfruto ese rato.


Nuestra gran novela

     Todos los que estamos por aquí somos de una u otra forma aficionados a la lectura y una gran mayoría, también, a la escritura. Y los que escribimos lo hacemos porque nos apetece y lo necesitamos, pero probablemente nos agradaría que nos leyera mucha gente. Imaginaros sólo que nos leyera la milésima parte de quien haya leído a Dan Brown. Para cuando estemos aburridos os presento esta web en la que da ideas de títulos y temas para escribir una novela a lo Dan Brown, otra cosa diferente es que una vez elaborada la lea alguien...


La nao Victoria

20060501143830-nao.jpg

         Ayer estuve visitando la réplica de la Nao Victoria, aquella embarcación que al mando de Juan Sebastián Elcano y con sólo dieciocho hombres famélicos arribó en 1522 al puerto de Sanlúcar de Barrameda tras realizar la primera vuelta al mundo. Al subirme en la nave, a pesar de que estaba el mar en calma, empezó a bambolearse. Y pensé como se atrevieron sometidos a mil peligros y tempestades a lanzarse a la aventura en aquella especie de cascarón.  Pero pensándolo bien también nosotros vivimos la gran aventura de la vida en la que nos movemos con no demasiados pertrechos y sometidos a los temporales y tormentas que las circunstancias nos traen. Tanto en la vuelta al mundo como al caminar en la propia vida, el hecho de convertirse en supervivientes depende en gran parte del factor suerte ¿o deberíamos llamarla mejor azar?


Entre volutas

20060428183911-mujer-fumando.jpg

           Elvira se sentó en la silla de la cafetería, mientras su minifalda dejaba al descubierto unas largas y bien contorneadas piernas. Saca un cigarro de la pitillera y lo acomoda entre sus labios. Su mente empieza a trenzar recuerdos a través de las volutas del humo.

            Se acuerda de cuando conoció a Carlos en un viaje en tren con aquella sonrisa que, en pocos minutos, quebró sus defensas. Se sintió alborozada cuando, al despedirse, él le pidió su número de móvil y aún más cuando la llamó, al día siguiente, para invitarla a cenar en la que se convertiría en una mágica noche. No puede recordar los sabores de aquella comida aunque sí el brillo continuo de sus ojos que hacían palidecer la luz de las velas que había en la mesa. Tampoco ninguno de los olores que les rodeaban, pero no olvida el que emanaba, continuamente, de su piel fresca. Sus manos se encontraron y distrajeron cuando ella fue a coger el postre. Sus bocas se fundieron tras el soplo con que él apagó las velas. La salida del restaurante estuvo acorde con la torpeza que dan los grados alcohólicos añadidos al movimiento de dos caderas que pretenden caminar al unísono sin dejar espacio de separación entre ellas.

            A través del humo del cigarro, siguió viendo la puerta de aquel hotel que atravesaron entre risas. Sintió su mano fuerte desnudándola con la liviandad de una brisa y tiembla su cuerpo con las consecuencias de aquellas hábiles caricias que, desde entonces, quedaron prendidas a su piel. Durante horas sus cuerpos navegaron juntos en un océano de placer. Al principio en una mar rizada que, a medida que la navegación se hacía más insistente, se modificaba primero en vaivenes cada vez con más oscilación que se transformaron en olas de marfileña espuma que crecieron hasta límites inenarrables, desde la cresta de una de estas olas, ella le calculaba unos doce metros, fue desde la que cayó anegada de delicias en una bajada que hubiera querido eternizar mucho más de lo que duró. Nunca había vivido una sensación de tal intensidad. El agua se tornó calmosa y se refugió entre los brazos acogedores de Carlos. Vio, como él encendió un cigarro que sus bocas compartieron. Los humos de aquel cigarro se confundían con el que ahora tenía entre sus labios. Y luego, todo se esfumó en el aire. Se despidieron con un beso y  un "hasta pronto" que, todavía, transcurridos tres meses aún no se había logrado.

            Elvira lo pasó muy mal, no entendía cómo era posible desaparecer sin decir nada, cómo tras haberle hecho florecer un jardín lo había anegado, todo en un solo día. Se pasa sus dedos por el muslo pero no es capaz de reproducir esa caricia que tanto extraña. Lo llamó varias veces pero nunca descolgó el teléfono. Ayer, desesperada, le mandó un mensaje citándolo para hoy en este lugar. Elvira duda que aparezca pero guarda esa secreta esperanza, como una luminaria minúscula, en sus ojos marchitos por la soledad. Oye unos pasos a sus espaldas, debe ser Carlos, su corazón se acelera, la luminaria ahora le ocupa todo el iris. Una mano se deposita en su espalda, mientras una voz le dice:

-Perdone señorita pero en esta cafetería no está permitido fumar. ¡Ah! Lo siento no me había dado cuenta de que el cigarro lo tiene apagado.

La luz de aquel fanal acabó disolviéndose en la negrura de sus ojos.


Causas inimaginables

       Últimamente me han pasado un par de cosas con algunos objetos inanimados que paso a relatar. El primer caso fue con un televisor a través de la cual recibo la televisión por cable. Ocurría una cosa extraña cuando llevaba un rato puesto el televisor, perdía los colores y llegaba a oscurecerse totalmente la pantalla. Lo achaqué a que la televisión tiene ya casi diez años y le estaba fallando el tubo de imagen que al calentarse se le iba la luz.  Ya estaba pensando en llamar a un técnico para que la arreglara o, más drásticamente, el tirarla a un punto de reciclado. Menos mal que retrasé cualquiera de esas dos decisiones. Una tarde viendo la televisión con mi hija, de nuevo volvió a ocurrir en mitad de una película, pero mi enfado tornó en asombro cuando mi hija se levantó y moviendo levemente el decodificador de la televisión por cable, la televisión volvió a recuperar la imagen con toda nitidez. Es lo que hago cuando se deja de ver, me dijo simplemente. ¡Menudo ridículo si llamo al técnico!   

         El otro suceso fue con una persiana del trabajo. Es una persiana vieja y no me extrañó que fallara y, de pronto, quedara enganchada y no pudiera bajarse del todo. Probablemente alguna tabla rota o desenganchada, pensé. Pero después de lo de lo del televisor no me fío. Entonces mirando para arriba me di cuenta que un hilo del visillo se metía por el agujero por donde corre la cinta, atascándola. Saqué el hilo y funciona perfectamente la persiana.

          Estas cosas que me han pasado  con los seres inanimados en que el comportamiento de los mismos tenía causas que ni por un momento imaginaba me lleva a pensar que, con más razón, el comportamiento de los seres animados y especialmente el ser humano tiene un comportamiento que en la mayoría de las veces no podemos determinar las causas. Muchas veces la gente nos sorprende con unas actuaciones dificiles de comprender, que quizás si conociéramos las causas entrarían en el campo de lo comprensible. Lo complicado es educar ese sexto sentido que por encima de las actuaciones nos ayude a distinguir las verdaderas intenciones.


Tan real como en internet

        Acabo de leer una noticia en que habla de una mujer de 40 años en Londres a  la que han encontrado muerta delante de la televisión encendida. Eso no es lo que más me ha sorprendido, ya que viendo la ínfima calidad de algunos programas de televisión demasiado aguanta nuestro corazón, sino que hace dos años que ocurrió y hasta ahora no la han descubierto.
        ¿Tanta soledad acarreaba esta mujer que en esos dos años nadie se había preocupado de su desaparición? Tenía hermanas pero éstas no parece que se acordaran mucho de ella. ¿No tenía amigos o alguien que se interesara en felicitarle el cumpleaños o la navidad? Al parecer había sido víctima de la violencia doméstica y la habían refugiado en aquel piso, pero hasta los mismos Servicios Sociales no la volvieron a recordar. Fue justamente al romper la cerradura y entrar en el piso, por no pagar el alquiler, cuando descubrieron el cadáver.
       Poco a poco y sobre todo en las grandes ciudades se está perdiendo aquel concepto de vecindad que extendía a los vecinos una relación cuasifamiliar. Me pregunto si no hemos llegado en nuestra vida real al extremo al que se llega en Internet, que cuando alguien desaparece nos parece incluso “normal” el que no volvamos a saber, nunca más, de esa persona con la que, en muchas ocasiones, llegamos a compartir algo más que un rato de nuestra vida.


Hablar con las estrellas

20060416113822-tele2.jpg

              ¡Qué difícil es aprovechar las oportunidades que nos brinda la vida para detenernos y conversar con las estrellas, que es uno de los caminos para encontrarse con uno mismo!


Palabras

       Las palabras son uno de los instrumentos fundamentales para cambiar el mundo. Eso lo saben bien los políticos, los chalanes, los que se dedican a las relaciones públicas y, sin ir más lejos, los que disfrutamos con ella en la lectura o jugamos con ella para escribir blogs o cualquier otra cosa. La escuela de escritores ha organizado un concurso, que dura hasta el 21 de abril, para elegir la palabra más bonita del castellano. Alli todo el que quiera vota por su palabra preferida. Yo pondré aquí la mía: 

ternura

     Es una palabra que me evoca cercanía, sensibilidad, complicidad y frescor y me gusta por tanto. ¿Cuál es la palabra que más te gusta a ti?


Sospecha

   Cuando ella le dijo al despedirse: "Tanta paz lleves como descanso dejas y, por favor, cierra la puerta por fuera".

    No supo por qué, pero empezó a sospechar que no le caía demasiado bien.


El gorrión y el ciruelo

-Anda que para ocho días que te han durado las flores, menudo trabajo el tuyo de soportar calor, fríos, viento y lluvia – le dijo el gorrión al ciruelo en el que estaba posado.

-Tienes razón, son sólo ocho días, pero doy por bien empleado ese esfuerzo de todo el año por disfrutar de esos ocho días y, además, olvidas que tengo el recuerdo de esos días y la certeza de que sé que, de nuevo, volveré a florecer- le respondió éste agitando las ramas y sonriéndole al viento, que acarició sus renovadas hojas, mientras le hacía un guiño.


Un nudo en la garganta

20060320172450-garganta.jpg

         Andrew McGregor, de ascendencia escocesa, habitante desde hace varios años de las Vegas, se despertó con dolor de cabeza. El despertador no había sonado y tuvo que acelerar sus preparativos matinales para no llegar tarde al instituto donde daba clases de Química. Cuando se estaba afeitando notó como un nudo en el estómago. ¿Qué le preocupaba? Se lo iba preguntando mientras conducía por una de las iluminadas avenidas de la ciudad. Tal vez fuera que no sabía la manera de introducir la tabla periódica a alumnos que, mientras él hablaba, escuchaban sus MP3 o jugaban con la Gameboy. Se había quejado de la situación al director y su único consejo fue que tuviera iniciativas pedagógicas al respecto y que no le complicara la vida que él seguía necesitando su suplemento de sueldo como director.

        Entró en su clase y tras decirle a Thomas, siempre Thomas, que dejara de colgarse de la lámpara sintió que su nudo en la garganta se iba apretando más. No supo cómo lo consiguió pero al cabo de diez minutos en cada silla había sentado sólo un alumno. Desenrolló un mural de la tabla periódica de los elementos en la pared. Fue cuando señalaba al Litio y justamente cuando una bola de papel rozó la patilla de sus gafas, haciendo como si fuera un movimiento postrero de baile cayó fulminado en el suelo.  Por una única vez en su etapa docente la clase quedó sumida en un silencio sepulcral durante unos minutos.

-¿Qué opinas Grissom?- le preguntó la guapa forense, mientras con un bisturí abría la epidermis de la garganta de Andrew, como si ésta tuviera una invisible cremallera, tumbado cuan largo era sobre la mesa de autopsias.

-Es la primera vez, en toda mi carrera en el C.S.I, que veo un caso de muerte por asfixia al formarse y apretarse un nudo en la garganta.


Ver más allá

Un día, como por casualidad, Fidel descubrió que al cerrar los ojos frente a alguien era capaz de entrar  y ver en el interior de esa persona. En un principio se sintió entusiasmado con esta nueva cualidad. Y, entonces, cuando estaba con alguien era capaz de saber lo que había detrás, de sus gestos, de sus miradas, de sus lágrimas, de sus enfados, de sus halagos, de sus sonrisas, de sus palabras …pero descubrió tantas máscaras e hipocresía que no pudo resistirlo. Y aquella aparente virtud se convirtió en un problema. Después de esto Fidel, por temor, no ha vuelto a cerrar los ojos y lleva despierto varios meses.


Encontra-dos

     El azar hizo que nos encontráramos hace tiempo. En un punto en el centro de la nada. Charlamos y nos conocimos y entre nosotros se creó una afinidad que nos llevó a descubrir que coincidíamos en bien poco. Nuestras opiniones a la vez que compartidas se radicalizaron y cada vez teníamos cada uno, más claro, que nuestra posición era la adecuada.

     Nuestros encuentros se convirtieron en líneas paralelas que siempre caminaban a la misma distancia, pero sin acercarse un ápice. Eso convertía nuestras charlas, a la vez, en cordiales y tensas y parecía extraño cómo seguían manteniéndose cuando la coincidencia era nula y aquel paralelismo originaba un cierto estiramiento por nuestra parte.

    Al fin un día me di cuenta que nos acercábamos, siempre estuve seguro que ese momento llegaría, y una vez más se cumplió la propiedad de las líneas paralelas y, al igual que ellas, tuvimos nuestro punto de encuentro y coincidencia...en el infinito.


Antes de mirar por la ventana

20060305120956-almendro.jpg

Corazón helado,

manos húmedas,

sentimientos fríos,

sensibilidad agarrotada,

oídos taponados,

lengua dormida,

ojos velados,

pies quietos,

poros cerrados,

y quietud no escogida.

Al mirar por la ventana

vi que los almendros

estaban en flor,

noté unas alas a mis espaldas

y este vuelo hacia mi blog.


Felinofobia

20060224171202-ojosgato.jpg

-Nunca me han gustado los gatos ni soporto esa estampa de sabihondos y astutos que se gastan. No aguanto cuando me miran con esos ojos que parecen que van a atravesarme más allá de mis entretelas. No me fío de sus andares sincrónicos y silenciosos  que me resultan hipócritas. Tampoco de esas uñas ocultas prestas a salir y arañar en el instante más inesperado. Me parece falsa su sinuosa elasticidad. No, mamá, no me convencerás a los gastos no quiero verlos ni en pintura.

-Pero hija, ¡a ese paso te quedarás soltera toda la vida! –repuso mamá gata alzando sus ojos rasgados al cielo, mientras suspiraba y pensaba que cada vez entendía menos a las gatas jóvenes.


¿Nacida prematuramente?

       El frío de la mañana hizo que se sacudiera entera. Y un ligero temblor le hizo estremecerse. Llegó a pensar si es que no había nacido demasiado pronto, cuando una gota de nieve, derretida, resbaló por sus pétalos como una lágrima y mecida por el aire,  cayó sobre el suelo, alegrando a una minúscula semilla que estaba brotando.


Miedo a volar

        Tengo mucho miedo a volar.  Siempre lo he tenido.  No lo puedo remediar, pero eso de ver el suelo bajo mis pies me aterroriza .  Todo el mundo me dice que no es para tanto, que sólo es cuestión de relajarse y pensar en otra cosa, pero no terminan de convencerme.  Con lo tranquilo que se puede ir andando a todos lados... que se tarda más, ¡pues claro!  Pero, ¿para qué tenemos tanta prisa?   La vista desde arriba es preciosa, pero a mí ¡qué más me da, si me siento nervioso e intranquilo!  Creo que tendré que pedir ayuda sicológica a un profesional, sino a este paso acabaré sin conocer nada.
-¡Gaviotín! Deja de hablar sólo y ven para acá.
-¡Voy en seguida, mamá!
         Uf, me temo que vamos a empezar hoy más temprano la clase de vuelo. ¡Qué no me pase nada!


Palabras jartibles

20060131184931-alcorque.jpg

        Hay palabras que, de pronto, la actualidad parece que las hace surgir de la nada, algunas prácticamente en desuso y otras inexistentes. Entonces se convierten en parte nuestra habla común, por ejemplo: insurgentes, tripartito, género, … y llegan, en ocasiones, a resultar un tanto jartibles.

Eso ha pasado recientemente en Cádiz con la palabra ALCORQUE, una palabra de posible etimología árabe y de la que poca gente conocía su significado. En el diccionario de la Real Academia Española se define como: "Hoyo que se hace al pie de las plantas para detener el agua en los riegos".

Todo se ha iniciado al peatonalizar una de las calles del centro de Cádiz que es paso habitual de los desfiles procesionales. La antigua carretera del centro de la calle ha desaparecido y una vez enlosada se han puesto a lo largo de todo el centro una serie de alcorques donde irán colocados los árboles. Ese ha sido el detonante para que muchos se hayan echado las manos a la cabeza por el gran disparate urbanístico que ahora obligará a las procesiones a pasar por el lado de la calle, en vez de por el centro. Ello ha originado reuniones de distintos colectivos, artículos periodísticos, visitas a las obras con fotos incluidas,  intercambios de opiniones al respecto y posicionamientos a favor y en contra de los citados alcorques. Ya sólo queda la convocatoria de una manifestación por el paseo de la Castellana de Madrid.

Que verdad es ese refrán español que dice “Cuando el diablo no tiene nada que hacer se dedica a matar moscas con el rabo”. Si algunos estuvieran más ocupados probablemente la gran mayoría de los gaditanos seguiríamos desconociendo el significado de dicho vocablo. ¿O tal vez debíamos estarles agradecidos por enriquecer nuestro vocabulario?

(en la imagen una foto de uno de esos alcorques sacada en la clandestinidad y nocturnidad)


Los primeros pasos

20060121172831-bebeanda.jpg

        Siempre es emocionante ver a un niño dar sus primeros pasos. Cuando vemos esa figura menuda con esas nalgas engordadas por los correspondientes dodotis, que se alza de manera inverosímil sobre sus dos pies y empieza a andar de manera titubeante. Al principio tal vez caiga, rebajada su caída por los brazos de su madre, para volver a levantarse, impertérrito, oscilante, admirablemente, para ir trazando sobre el suelo un rastro invisible con el dudoso equilibrio de esos pasos casi mágicos. La madre estará atenta hasta que su atención se rebaja cuando ve como esos pasos, que se convierten en firmes, van iniciando a ese niño en su camino en la vida.

       Unos pasos que, cada vez, caminarán más seguros. Al poco tiempo no necesitarán ni esas manos de  la madre, ni la mirada que le sigue. Y un día saldrá solo por la vida y ya sabrá caminar muy rápido e incluso correr. Pero aquella seguridad en el camino habrá días que vuelva a flaquear, sobre todo cuando aparecen otros muchos pasos que interferirán los suyos y tendrá que encontrar la forma de rodearlos para no tropezarse. Y tal vez algún día, se detenga y al mirar a su alrededor, no sepa por qué le venga una cierta nostalgia de aquel día en que su paso vacilaba y tenía unas manos acogedoras y seguras donde poder agarrarse. Hay quien me dijo un día que encontró esas manos en las que, en ciertos momentos, poder abandonarse.  Y es que, a veces sienta muy bien, eso de dejar descansar los engranajes mentales que continuamente nos preocupan y dejar que se mezcan  en los brazos de esa persona a la que queremos.


Serendipity

20060114181803-serendipity.jpg

Es un término anglosajón que se podría traducir como:"La facultad de hacer, por casualidad, descubrimientos afortunados e inesperados" (Oxford Avanced Dictionary 1974). Sería esa capacidad, facultad o don de descubrir cosas no buscadas. Y esos descubrimientos en parte tienen que ver con la sagacidad y preparación del que busca y en parte-y eso es lo que importa- no guarda relación entre causa y efecto. Y en todo caso no sólo son fortuitos sino que resultan positivos: agradables, útiles, asombrosos, novedosos, etc.

Muchos de los descubrimientos científicos (principio de Arquímedes, Ley de la Gravedad de Newton, estructura química del benceno de Kekulé...) se descubrieron por accidente, por serendipity.

Algunas actitudes o características a tener en cuenta para desarrollar una educación serendípica

1)Capacidad de asombro e iluminación: Sería la habilidad de dejar que las cosas sucedan, de saber dar la bienvenida a lo que se presenta, e incluso de sentirse a gusto con situaciones en que parece que uno va perdiendo el propio control. Este estado está acompañado de una profunda alegría y gran entusiasmo.

2)Capacidad de silencio interior: El ruido y la palabrería nos aturden y huimos del silencio reflexivo o admirativo, del silencio interior que acoge no sólo pensamientos y acciones sino también sentimientos, presencias y soledades. Debemos potenciar ell "darnos cuenta" si queremos estar abiertos a nuevas sensaciones, percepciones y sentimientos más allá de los habitualmente conocidos y por ello poco saboreados.

3)Capacidad de atención corporal: Serendipity tiene que ver con intuiciones y descubrimientos que -en gran parte-tienen como base toda mi corporalidad en su globalidad y detalle. Todos están de acuerdo en que el cuerpo proporciona una sabiduría distinta de la mente, pero sólo las que la practican consiguen estar preparados para descubrimientos serendípicos.

4)Capacidad de descubrir lo gratuito: Es una invitación a aceptar la realidad como lugar de encuentro sorpresivo y agradecido, como un don ofrecido continuamente en el día a día a quien tiene ojos o sensibilidad para descubrirlos y vivirlos así.
(Ideas extractadas de un artículo de Carlos Alemany)

Cuando leí estas ideas me impresionaron especialmente, sobre todo porque me ilusionó el hecho de "serendepitar" mi cotidianeidad. Me he dado cuenta que esta experiencia de serendipity la he notado muchas veces: en decisiones que me hicieron ir por un determinado camino, en un encuentro con una persona que me transformó la vida, en la lectura de un libro que me iluminó perspectivas nuevas, en alguien que conocí por casualidad a través de la web, en un gesto que me reveló algo sorprendente... Tenemos que cultivar esta actitud y capacidad para no perder esas valiosas oportunidades. Hay una película con ese título "Serendipity", me pareció un tanto bobalicona aunque también trata este tema de casualidades afortunadas.

¡Qué tu vida se "serendipitice"!


Comunicándose

Desde los albores de la humanidad y una vez emitido el primer UGGG, los seres humanos buscaron la forma de comunicarse cuando estaban alejados. En principio sólo fue gritar más fuerte, pero cuando la distancia aumentó hubo que buscar otras formas de lograr qu se mantuviera la comunicación, entre estas puedo citar a algunas:

-La más instantánea: el sms.

-La más original: el silbo gomero.

-La más desesperada: el mensaje en una botella.

-La más contaminante: las señales de humo.

-La más rítmica: el tam-tam.

-La que se va perdiendo: la carta.

-La que depende de la meteorología: señales con espejos.

-La más cómoda: el correo electrónico.

-La que más interrumpe: el teléfono.

-La más sutil:el abanico.

Pero estas y todas las maneras que se nos puedan ocurrir de comunicarnos entre dos personas no valdría para nada, si esas dos personas, previamente, no tuvieran ambos corazones tocando una sutil música en la misma tonalidad. Si no fuera así por mucho que hablaran, nunca se llegaría a una verdadera comunicación.

 

 


Buscando el silencio

Aquel hombre aturdido por el ruido exterior decidió buscar y sumergirse en el silencio. Pero se equivocó y acabó encerrándose en sí mismo. Y a medida que profundizaba, el creía que en el silencio, el mundo se iba cerrando a su alrededor, sin apenas dejar resquicio con el que comunicarse con el exterior, hasta que llegó un momento que estaba totalmente aislado. Le parecía que disfrutaba y se estaba oxigenando del sosiego, pero en aquel mundo cerrado, cuanto más pasaba el tiempo, el oxigeno se iba transformando en CO2 sin posibilidades de regeneración. Llegó un momento en que se le hizo difícil respirar, el dióxido de carbono se lo impedía y ello de menos el ruido, pero ahora le resultaba complicado encontrar una salida de allí. Dio cabezazos, patadas contra las paredes, hasta que abrió un agujero y dio un largo y prolongado grito.

-Qué le gusta a la gente el ruido, con lo bonito que es el silencio-pensó uno, que pasó por allí y estaba empezando a encerrarse en sí mismo.


Jarhead (El infierno espera)

20060109180526-jarhead.jpg

     Si siempre especialmente me ha gustado el cine bélico, más me ha gustado esta película y precisamente porque no es una película de guerra al uso.  Está basada en la historia autobiográfica de un marine en la guerra del Golfo.  Y en sus imágenes se llega a respirar la cercanía de la cotidianeidad, a veces rayando en la monotonía del día a día del soldado. Es una historia que se nota cercana al espectador, aunque estemos muy  lejos de allí, los acontecimientos históricos en que está basada los tenemos todavía relativamente cercanos. En ella podemos encontrar esos momentos carentes de lógica que todos los que hemos hecho el servicio militar hemos conocido, momentos de compañerismo y amistad,  de aburrimiento y situaciones límites, de ilusión y desesperanza. El desierto llega un momento en que se nos hace un rincón habitual y no se entiende muy bien, en ocasiones, que hace aquel pelotón variopinto patrullando por un lugar sin límites o duchados en petróleo. Aunque hay instrucción, no hay batallas. Aunque hay muertos, no vemos como mueren. Llega un momento en que un soldado que se considera perfectamente preparado se desespera y berrea, porque no le autorizan a disparar a un enemigo indefenso. Los únicos tiros que se pegan son los que al final celebran el final de la guerra.

    Una película digna de ver y que nos acerca, en definitiva, a ver lo que piensa un soldado, un hombre, en una situación de guerra, algo muy diferente a lo que estamos acostumbrados por unos medios de comunicación que, en este campo, suelen estar cuidadosamente manipulados.


Cifras y letras

20060108120903-cifras.jpg

      No me voy a referir a ese programa concurso que sigue incombustible,durante años, en las sobremesas de la 2, sino a ese conjunto de números y letras que de alguna manera usamos para definirnos. Por un lado tenemos los conjuntos de números que forman el DNI o el número de la Seguridad Social, personales e intransferibles. Por otro nuestro nombre, que depende del buen gusto de nuestros padres y los apellidos que nos caracterizan de que familias procedemos. El número de pie y los centímetros de estatura, también nos identifican de alguna manera, el peso, aunque este dato, sin duda, es más variable.

      Todas estas cifras y letras sirven de alguna manera para completar nuestra imagen físico-jurídica, pero sin embargo poco dicen de cómo somos en realidad. Nuestra esencia es algo diferente, mucho más vivo y que pasa por todos los colores del arco iris y desconocida, en muchos aspectos hasta para nosotros. Por eso si queremos conocer a una persona de poco nos sirven todas esos conjuntos de números, entran en juego otras cosas: el conocer que le emociona, de qué color le gustan las caricias, cuando lloró por última vez, con qué música se le eriza la piel, qué tipo de libros prefiere, ante que sonríe...

      Son esa serie de datos que no aparecen en ningún sitio y que nos obligan e implican un acercamiento más allá de las palabras cuando alguna vez nos atrevemos a sumergirnos en ese apasionante mundo qué es la amistad.


Adiós al otoño

20060103160800-otonoprimavera.jpg

El otoño,

arropado con ternura

por la manta de nieve

del invierno,

se durmió mansamente

mientras soñaba

convertirse en primavera.

 

 

 

 


Paseo

20060102095900-olas.jpg

Llegaste frente al mar,

tu presencia lo acarició

y tus largas pestañas

peinaron sus aguas

originando rizos

y bucles de espuma blanca.


Elegir

20051225192855-escanear0002.jpg

"En las cercanías había unos pastores que pasaban la noche a la intemperie, velando el rebaño por turno. Se les presentó el ángel del Señor: la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se asustaron mucho. El ángel les dijo:

-Tranquilizaos, mirad que os traigo una buena noticia, una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, osha nacido un salvador: el Mesías, el Señor: Y os doy esta señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre."

          Aquel día no pudieron elegir el "hotel" donde alojarse, hoy creo que tendríamos demasiado claro cuál elegiríamos.


¡FELIZ NAVIDAD!

20051224154417-belen.jpg

Tal día como hoy se multiplican los deseos de felicidad por todos los medios posibles: las clásicas felicitaciones navideñas, los instantáneos y cada vez más sofisticados correos electrónicos, los más íntimos mensajes de móvil y seguro que habrá algunos más románticos como un mensaje en una botella o una paloma mensajera que llega hasta la ventana. Yo quiero aprovechar para felicitar y desear unas MUY FELICES NAVIDADES desde este rinconcito acogedor del blog:

-A los que habitualmente entráis a leerme.

-A los que me comentan.

-A los que hoy entraron por primera vez.

-A los que algún día les he hecho sonreír.

-A los que se emocionaron alguna vez al leerme.

-Al que entró un día y nunca más volvió.

-A los que desde ayer decidieron no leerme más.

-Al que me lee y nunca quiso decir nada.

-Al que un día no estuvo de acuerdo con lo escrito y me lo dijo.

-Al que ha decidido no entrar más en este blog.

-Al que se ha quedado con ganas de volver mañana.

-A los que entraron por casualidad.

-Al que todavía no ha entrado y lea este post después de navidad.

-A los que entran sólo para ver la temperatura.

-A los que me animan a seguir escribiendo.

-A los que no volvieron nunca a entrar.

-En definitiva a TODOS: ¡QUÉ PASÉIS UNA DICHOSA NAVIDAD!


Ver más allá

20051220155045-rayos-x.jpg

             Un día, como por casualidad, Fidel descubrió que al cerrar los ojos frente a alguien era capaz de entrar  y ver en el interior de esa persona. En un principio se sintió entusiasmado con esta nueva cualidad. Y, entonces, cuando estaba con alguien era capaz de saber lo que había detrás de sus gestos, de sus miradas, de sus lágrimas, de sus enfados, de sus halagos, de sus sonrisas, de sus palabras …pero descubrió tantas máscaras e hipocresía que no pudo resistirlo. Y aquella aparente virtud se convirtió en un problema. Después de eso Fidel, por temor, no ha vuelto a cerrar los ojos y lleva despierto varios meses.


Besos escarchados

20051213153720-labios2.jpg

Hacía mucho frío por la mañana tanto que cuando, al salir a la calle, y frunció los labios un beso escarchado le salió de ellos. Probó y según la forma del frunce le salieron besos de bonitas y caprichosas, con ese brillo peculiar que da la escarcha a los besos. Con suma delicadeza, casi mimándolos, fue guardándolos en la bolsa que llevaba. Los tendría a buen recaudo hasta que encontrara el momento y la persona a quién dárselo.

Pero fue una época en que a su ánimo turbulento y desosegado no le apeteció besar demasiado y casi los olvidó. Pero aquel día se sentía bien, el trinar de los pájaros lo había despertado y se dio cuenta que una pequeña yema asomaba en la planta que tenía junto a su ventana. Se sentía con el ánimo alto y, no supo por qué, al llegar a su trabajo y encontrarse con su compañera le apeteció regalarle alguno de aquellos besos escarchados, pero al meter la mano lo único que encontró fue la humedad que había derretido aquellos besos con la llegada de la primavera.

Entonces fue cuando se dio cuenta que, tanto en los besos escarchados como las flores, hay que aprovechar el momento para darlos, ya que no se pueden guardar para mejor ocasión sin que se derritan o se marchiten


Ojos tristes

20051209160825-ojostristes.jpg

             Aquel hombre caminaba por la vida como siempre, a veces  con una sonrisa, otras con las espaldas hundidas en pesadumbre y, alguna que otra, con la cabeza alzada por alguna feliz circunstancia. No era consciente, hasta que alguien un día se lo dijo, de que tenía los ojos tristes.
Y  entonces fue cuando empezó a preocuparse, porque no quería que su rostro, concretamente sus ojos, fueran un reflejo anímico de su corazón. Se miró al espejo, pero no vio nada extraordinario en ellos, tal vez porque se había acostumbrado a verlos así, tal vez porque cuando unos ojos están velados por el matiz de la tristeza se convierten en incapaces de reconocerlo. Buscó desesperado en google, pero no encontraba ninguna solución al tal mal. Pidió consejo a un oftalmólogo amigo, que tras disimular el gesto de extrañeza ante el mal de su amigo, ya que también estaba contagiado de la enfermedad de los ojos tristes, le recetó un colirio, que encima de genérico no lo pasaba la seguridad social. Le costó el dinero, pero aquello no le sirvió de nada.  Cada mañana se asomaba presuroso  y preocupado al espejo pero no veía nada diferente en ellos, sólo tras mucho fijarse era capaz de detectar, o eso le parecía a él, las minúsculas honduras en las que profundizaban sus arrugas. Oró a Santa Lucía patrona de los ciegos pero nada cambió. Se consideró víctima de una enfermedad incurable y de la que nadie hablaba. Y en alguna ocasión en que el abatimiento se convirtió en febril e irracional llegó a desear no haber tenido la capacidad de ver. Todo aquello le afectó a la mente y nadie podía entender que unos “simples”, serán para ellos que no los tiene pensaba él, ojos tristes dieran lugar a todo aquel abandono y deterioro humano.

Y en estas andaba él más encorvado y cabizbajo que de costumbre, que hasta la nariz parecía rozarle el suelo al caminar, cuando la vio sentada en un banco del parque. Era una mujer de aspecto algo desaliñado pero tras aquel aspecto astroso denotaba una singular belleza. Al sentarse en el banco, la miró para saludarla y, entonces, vio algo que le dejó boquiabierto, aquella mujer tenía unos ojos preciosos abanicados por larguísimas pestañas, pero… muy tristes. Y al decírselo a ella, le dijo que sí que ya le habían dicho lo de la tristeza de sus ojos, algo que le preocupaba y que le resultaba insuperable. Los suyos sí que se ven francamente tristes, le añadió. Algo saltó en su interior al encontrar un alma gemela en tal problema y arropados por aquella solidaridad mutua dieron rienda suelta a compartir sus contrariedades y anhelos. Las horas pasaron sin que ninguno mirara su reloj y hasta un jilguero enmudeció al despedirse el sol. Pero no había oscurecido lo suficiente como para que él no percibiera algo, los ojos tristes de ella se estaban modificando, ni siquiera eran ya ojos normales porque, ahora, un punto brillante resaltaba de su centro.   A ella tampoco le pasó inadvertida que aquel hombre de ojos mustios había embellecido como si estos hubieran sido regados por una misteriosa agua.

Y se levantaron del banco, se dieron la mano empezando a caminar juntos y al mirarse a los ojos, ahora los cuatro alzados gozosamente hacia las correspondientes cejas, fueron conscientes que, aunque allí estuviera anocheciendo, en otra parte de la tierra, en aquel momento, un nuevo día empezaba a amanecer.

 


Un trayecto en metro

20051204115814-metro.jpg

“Un día más las puertas del vagón de metro se deslizaron a mi espalda y me senté en un asiento libre, dispuesta, como habitualmente, a sumergirme  en mis ensoñaciones.  Aquel largo trayecto desde Rivas Vaciamadrid, en que yo me subía, hasta el Barrio del Pilar, que realizaba cotidianamente desde hacía un mes, se había convertido en una prolongación de mi rato de sueño nocturno, que súbitamente interrumpía el despertador a las siete de la mañana.

Yo, a imitación de la gente que me rodeaba en ese viaje, venía acompañada de un libro.  Aunque se ve que la atención a esas horas la debía tener limitada ya que durante todo aquel mes sólo había leído cinco páginas del libro y, de ellas, una correspondía a los agradecimientos del autor y otra al índice.  En aquellos trayectos, mis ojos se dedicaban a mirar sin ver, mis oídos a oír sin escuchar y mi mente a vagar por el mundo de la fantasía.  Hacía, precisamente, un mes que le había dado un vuelco a mi vida.  Una bronca con mi padre y la hartura frente a sus continuas reprimendas me condujo a dejar plantados mis estudios de Derecho en el tercer curso. Había encontrado un trabajo en una floristería, un contrato basura donde trabajaba muchas horas, cotizaba poco y ganaba menos; pero al menos me sentía “algo” independiente. El bucolismo inicial de trabajar todo el día rodeada de lindas flores, se convirtió en una faena a cuya dureza no estaba acostumbrada.  Notaba que, las en otro tiempo suaves manos, se estaban convirtiendo en ásperas y callosas.  Mis uñas en otro tiempo muy cuidadas, hoy aparecían recortadas al límite como consecuencia de las frecuentes roturas que se me producían.  Pero en este rato me evadía, me gustaba soñar que mi vida cambiaría y que me toparía con mi príncipe azul, todo forrado de dinero, que me “rescataría” de la rutina y con el que comería perdices el resto de mi vida.

En estas ensoñaciones andaba cuando en la estación de Valdebernardo se detuvo el metro y, entre los que entraron, no me pasó desapercibido un chico algo mayor que yo, que se sentó precisamente en el asiento situado frente a mí.  En su rostro ovalado y acabado en una barbilla firme, destacaban dos grandes ojos color miel.  Su piel era de un desusado color moreno y los rasgos de su cara casi perfectos invitaban a su contemplación.  Sus labios eran gruesos y carnosos y entrecerrados mostraban una preciosa dentadura.  Su pelo negro y abundante caía sobre la parte superior de sus orejas y brillaba a la luz del fluorescente del vagón.  Iba elegantemente vestido con una chaqueta azul y una camisa amarilla clara, sin corbata, y dos botones abiertos que dejaban al descubierto una mata de pelo negro del pecho. Unos pantalones grises con unas rayas perfectas caían sobre unos zapatos negros y relucientemente lustrados.

No sé la causa, pero aquella figura situada frente a mí, empezó a despertar mi atención dormida y noté que mi libido empezaba a despuntar.  Contaba con una ventaja, los asientos del metro, situados unos frente a otros, son un punto de observación privilegiado para mirar con descaro, y eso es lo que estaba dispuesta a hacer.  Mirándolo fijamente me di cuenta que había despertado mis instintos.  Aquella mata de pelo asomada a través de su camisa había, sin duda, contribuido esencialmente a ello.  Siempre me habían gustado los hombres velludos y aquel detalle me hacía imaginar un pecho tan bien formado como cubierto de pelos como el de un oso.  Empecé a fantasear que a la salida del metro me abordaría para decirme que también yo le excitaba mucho y que por qué no íbamos a un hotel cercano para dar rienda suelta a nuestros deseos.  Me imaginaba descubriendo poco a poco su cuerpo, desabotonándole la camisa muy lentamente e ir asomando su pecho que me vuelve loca.  Me perdería en su pecho con mis uñas, jugando con sus pelos y arañando sus tetillas.  Perdería mi lengua por su piel y luego mordisquearía sus oscuros pezoncillos.  Dejaría que sus brazos me abrazaran, sintiendo su cuerpo adherido al mío y notando la paulatina hinchazón de su miembro en erección.  Incapaz de soportar esa presión contra mi ombligo, me agacharía y le bajaría la cremallera del pantalón, se los deslizaría por las piernas; acariciándola en la bajada con la tela y en la subida con las yemas de mis dedos.  Luego la misma doble caricia, pero ahora con los calzoncillos hacia abajo y los dedos hacia arriba a la búsqueda y disfrute de su pene. Y allí estará al descubierto, brillante y con una gran erección frente a mis ojos.  Lo acaricio despacio con la punta de mi índice, queriendo retrasar al máximo su irrupción en mi boca.  Noto, dirigiendo mis ojos hacia su cara, que esa espera acrecienta su nerviosismo y mi morbo.  Seguidamente, incapaz de resistir, yo tampoco, un momento más, lo introduzco en mi boca, muy despacio.  Abrazo toda su superficie con mis labios, destacando los restos de mi carmín rojo sobre el tono lila brillante de su prepucio, para a continuación pasar mi lengua sobre su punta.  Agarro con mis manos su culo duro y con ellas le impelo un movimiento, que hace que todo su cuerpo se sacuda en imperceptibles vibraciones.  Imagino que nuestro encuentro será breve y único, por ello me gustaría aprehenderlo y que no se me escapara; estoy deseando que se corra en mi boca.  Y como adivinando mi pensamiento, su cuerpo pega dos fuertes sacudidas y un chorro de líquido cálido  pasa a su garganta mientras otra parte tras pasearse entre sus dientes se deslizan en canales por las comisuras de los labios, resbalando por su pecho y humedeciéndome mis pezones erectos.

El metro se detuvo de nuevo, esta vez en Sáinz de Baranda, y a través del espacio que dejaba mis pestañas abrazadas con mis ojos entreabiertos, deslicé de nuevo mi mirada al objeto de mi fantasía sexual.  También  él tenía los ojos entornados, quería pensar que estaba devolviéndome su mirada.  Aprovechando el incógnito de mis párpados casi cerrados centré mi vista en la cremallera de su pantalón.  El paquete se le notaba hermosote, pero no tanto como para que me hubiera estado acompañado en mis recientes fantasías.

De pronto, algo hizo que mis pestañas dejaran de abrazarse y mis ojos se abrieran de par en par. Su pene estaba aumentando de tamaño. ¿Sería verdad eso de la telepatía? Aquello estaba tomando un tamaño preocupante.  Miré a mi alrededor, a ver si alguien estaba siendo consciente de aquel re-nacimiento, pero todo el mundo iba enfrascados en sus libros.  Yo seguía mirando, el resto de su cuerpo permanecía inmóvil, pero ahora “aquello” iba realizando unos movimientos cada vez más complejos: bajaba y subía, se estiraba hacia arriba, se curvaba hacia un lado para rápidamente volverse hacia el otro lado,… Empecé a mezclar la situación con mis fantasías y me imaginaba un miembro con esa capacidad de movimientos lo que podría hacer dentro de mí. Me lo imaginaba estirándose y curvándose a voluntad, para llevarme a cimas del placer jamás imaginadas.

Entonces hizo un movimiento brusco se recolocó en su asiento y echó una mano al bolsillo, pensé que sería para “ayudarse” o tal vez para dirigirse con más certeza. Saqué mis gafas, que aunque de poca miopía, no quería perderme un detalle. Acabamos de arrancar de la estación de Plaza de Castilla. Si hasta ahora había ido de sorpresa en sorpresa, lo que venía a continuación prometía.  Sacó de su bolsillo una bolsa de plástico de la que sacó algo pequeño y marrón. Se abrió, con cierto disimulo, la cremallera y  allí colocó aquella cosa marrón, que identifiqué con un cacahuete. El paquete dio un nuevo giro y por la cremallera asomaron los bigotes de un hamster.  Sacó el hamster de su oquedad y lo puso en la mano, mientras éste comía el cacahuete con sus patas delanteras.   Cuando vi aquello no pude evitar que mi cara enrojeciera como un pimiento y que todas mis fantasías quedaran hechas añicos en aquel momento. Miré a mi alrededor, pero nadie se había fijado en nada, todos seguían leyendo.

Llegamos a la parada del Barrio del Pilar y chico y hamster descendieron del metro.  Yo no me bajé, quedé como paralizada por la experiencia y seguí dando vueltas en aquel vagón hasta que llegué de nuevo a mi estación de partida.  Regresé a mi casa y saqué del armario los libros de Derecho, para intentar recuperar el tiempo perdido.”

Todo esto estaba pensando Obdulia Ortega el día en que recibió su nombramiento como juez,  la más joven de su promoción, y como aquel hamster le había ayudado a retomar su camino tras el mes más confuso de su existencia.

Una historia muy "pelicular"

20051128180559-corderos.jpg

Su vida era átona y monótona, pensaba Abel, aunque con otras palabras más vulgares y menos literarias, mientras encerraba a las ovejas en el redil. Atrapado con diecinueve años en aquella granja perdida, sólo cercana a un minúsculo pueblo. Todo el día allí trabajando y encima tenía que estar agradecido, como le recordaba repetidamente su tío, aquel primo irascible de su padre que lo había acogido al quedar huérfano a los catorce años. Un hombre más rácano que el Dómine Cabra, nunca había comprado un televisor, no lo quería ni regalado, aduciendo que gastaban mucha electricidad.

            Y así entre brotes, hierbas y animales transcurría la existencia plana de Abel. Una noche de calor agosteño en que pusieron una película de Superman, la primera vez que veía el cine, en la plaza del pueblo, quedó embrujado por la envolvente magia de la  película. La conjunción de aquellas imágenes en pantalla grande, con la música y las palabras, le encendieron mil emociones nunca vividas y alimentaron sus sueños con manjares exquisitos.

            Al día siguiente la sencilla cotidianeidad de la granja le pareció como si estuviera iluminada por grandes focos. Tras una noche de sueño inquieto aquellas sensaciones le habían impregnado, de tal manera, que el cine había empezado a formar parte de su vida. Su cabeza estuvo en continuo movimiento todo el día y aquella tarde, al terminar su trabajo, se dirigió hacia el pajar con una gran toalla roja. Se la ató a modo de capa y se lanzó en vuelo hacia el cielo. La previsible caída sobre el pajar, sufrió un leve desvío, no calculado y se golpeó el pie, lo que le supuso dos semanas de cojera. Pero eso no le amilanó y lo entendió como riesgo de la vida aventurera que había decidido emprender.  Desde entonces las películas se convirtieron en algo más que un vicio y los domingos por la tarde recorría los 7 km que le separaban de otro pueblo donde proyectaban semanalmente. Su vida granjera, ahora, se le había iluminado como un arco iris y aquellas películas afilaban sus ilusiones y sueños más recónditos.

            “Memorias de África” le impactó profundamente. Buscó un viejo cuaderno escolar, del que en su breve escolarización sólo había usado un par de hojas, y se dedicó a hacer un pormenorizado estudio sobre la vida y existencia de los cerdos. Anotaba sus movimientos cuando él les daba de comer, la forma en que movían sus orondas cabezas e intentaba captar en aquellos gestos expresiones inteligentes. Dedicó un capítulo al estudio de sus excrementos, dibujándolos y coloreando los distintos matices de marrones con sus lápices Alpino, relacionaba los colores con el tipo de comida que les suministraba. Y desarrolló una prolija teoría sobre el cortejo nupcial y modo de apareamiento. Aquel brillante estudio que podría haber desembocado en tesis, se suspendió fulminantemente cuando un día dándoles de comer se le cayó el cuaderno al suelo siendo empapado por el objeto de su estudio y adquiriendo un olor que le obligó desde entonces a alejarse  de él.

En estas cuitas siguió durante varias semanas hasta que vio una película que le impactó. Esa noche no pegó ojo, bajó a la cocina y sacó un largo cuchillo al que estuvo dándole brillo con esmero. Vestido de negro para confundirse con las sombras de la noche, miró hacia el cielo, le gustaba la luna llena, y esbozó una sonrisa mientras sujetaba el cuchillo fuertemente con su mano derecha. Se dirigió al redil donde los corderos sorprendidos en el silencio empezaron a emitir sonidos guturales. Se acercó al primero y lo degolló, así con todos hasta que terminó con el último. Vestido, ahora, de negro y sangre se sintió satisfecho por haber llevado a cabo “El silencio de los corderos”.  En aquel momento su tío que había escuchado aquel alboroto se dirigió hacia allí armado de una estaca gorda con la cara roja por la ira.

Abel empezó a correr, y no paró de hacerlo, mientras en su cabeza sonaban los sones de “Carros de fuego” que había visto el fin de semana anterior…


No y no

20051125160042-cigarrillo.jpg

Te he dicho que no. No insistas ni te pongas pesado, no sé como decírtelo. No me convences con tus argumentos. Por mucho que me lo digas no pienso hacerte caso. Eres insistente, pero yo soy más testarudo. ¡Ya verás como sí! No tienes nada que hacer.

(conversación ficticia entre un fumador y el cigarro que se ha llevado,  por si le daba un momento de desesperación como el que está teniendo, a su oficina el dos de enero del 2006, primer día laboral que entra en vigor la ley antitabaco).


El huevo perdido

20051122154137-huevo.jpg

Desarrollo aquí unas reflexiones que leí el otro día en una de las cartas al director de una revista  y en la que me vi reflejado. Hacía referencia el autor a lo que llamaba la generación del huevo perdido. Sería esa generación de los que hemos superado ya la cuarentena y que vivimos nuestra adolescencia en una dictadura que daba los últimos coletazos. Eran los tiempos de los tecnócratas en el gobierno en que las variantes macroeconómicas iban despuntando, sin embargo no se notaban demasiado en la economía doméstica. Como detalle recuerdo como estiraban mis piernas y la necesaria espera de uno o dos meses hasta que la nómina de mi padre permitía que pudiera comprar unos nuevos pantalones a plazos. Los jóvenes de aquella generación teníamos muy  clara una cultura del esfuerzo, porque ni nuestra familia ni la sociedad nos iba regalar nada, que era necesaria si, en un día no muy lejano, nos queríamos independizar, uno de nuestros objetivos. Sin llevarnos mal con nuestros padres, teníamos muy claro unos límites muy marcados, que nos hacía revolvernos contra ellos muchas veces sólo mentalmente, y que los muy osados se atrevían a traspasar. Cuando se atisbaba la cercanía a ese límite venía aquella frase que nuestros progenitores usaban a modo de punto final de cualquier discusión: “Cuando seas padre comerás huevo”.

Hoy los años han pasado y si en algo nos parecemos a aquellos jóvenes es el color de ojos que es de las pocas cosas que no cambiaron demasiado. Ahora somos nosotros  a los que nos ha tocado lidiar con adolescentes en casa, pero que no tienen nada que ver con los que nosotros conocíamos. Estos conocen todos sus derechos que superan con creces a la Declaración de Derechos Humanos, al paso que vamos no me extrañaría que la ONU se reuniera en cualquier momento para proclamar la “Declaración Universal de Derechos de los Adolescentes”. Éstos, social y domésticamente, van alcanzando nuevas prebendas y aunque la mili les resulte como algo histórico de lo que alguna vez hablan sus padres, avanzan con la fuerza de un panzer consiguiendo objetivos. En muchos casos desconocen la palabra esfuerzo, porque todo se les da hecho. Piensan que la vida es una vacación continua que circunstancialmente se interrumpe por algunos períodos escolares. Y en cuanto a aquella soñada independencia que teníamos, ni se la plantean, Sería absurdo, para vivir peor se queda uno con sus padres.

Y mientras, aquellos padres hacemos lo que podemos, defendernos en una trinchera de esos embates para los que no estábamos preparados. Firmando continuos tratados de paz e intentando no perder la batalla. Y si antes nos limitaban nuestros padres ahora, en muchos aspectos, lo consiguen nuestros hijos. Y entonces concluyo que aquel huevo, que nos anunciaban nuestros padres que comeríamos cuando fuéramos adultos y nosotros deseábamos con ansia, en algún momento de nuestro crecimiento se ha perdido.


Eso llamado informática

20051120223759-ordenador.jpg

 

Hace poco más de quince días, tras años pensándolo y, tras superar el inicial miedo al cambio decidí contratar la línea ADSL. A los pocos días me mandaron el kit. Y por mucho que lo intenté de los dos ordenadores que tenía en casa, en uno no hubo problemas, pero en el otro no hubo forma. Llamadas al operador de ADSL y la solución que me temía: hay que formatear el ordenador, pues el sistema operativo que tiene, el milenium, da problemas con la línea. Menos mal que mi hermano es experto en esas cuitas y hoy en poco más de cinco horas estaba formateado, los programas instalados y todo funcionando en perfecto estado.

Y es que hoy, nos guste o no, estamos dependiendo de la informática hasta el punto de que si no estamos puesto en ella, nos podemos considerar casi analfabetos.  Y nos resulta tan necesario el ordenador que, cuando no lo tenemos, nos parece que algo de nosotros nos falta.


Archivos

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris
Plantilla basada en el tema iDream de Templates Next