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El búcaro de barro

Escribiendo

Jarhead (El infierno espera)

Jarhead (El infierno espera)

     Si siempre especialmente me ha gustado el cine bélico, más me ha gustado esta película y precisamente porque no es una película de guerra al uso.  Está basada en la historia autobiográfica de un marine en la guerra del Golfo.  Y en sus imágenes se llega a respirar la cercanía de la cotidianeidad, a veces rayando en la monotonía del día a día del soldado. Es una historia que se nota cercana al espectador, aunque estemos muy  lejos de allí, los acontecimientos históricos en que está basada los tenemos todavía relativamente cercanos. En ella podemos encontrar esos momentos carentes de lógica que todos los que hemos hecho el servicio militar hemos conocido, momentos de compañerismo y amistad,  de aburrimiento y situaciones límites, de ilusión y desesperanza. El desierto llega un momento en que se nos hace un rincón habitual y no se entiende muy bien, en ocasiones, que hace aquel pelotón variopinto patrullando por un lugar sin límites o duchados en petróleo. Aunque hay instrucción, no hay batallas. Aunque hay muertos, no vemos como mueren. Llega un momento en que un soldado que se considera perfectamente preparado se desespera y berrea, porque no le autorizan a disparar a un enemigo indefenso. Los únicos tiros que se pegan son los que al final celebran el final de la guerra.

    Una película digna de ver y que nos acerca, en definitiva, a ver lo que piensa un soldado, un hombre, en una situación de guerra, algo muy diferente a lo que estamos acostumbrados por unos medios de comunicación que, en este campo, suelen estar cuidadosamente manipulados.

Cifras y letras

Cifras y letras

      No me voy a referir a ese programa concurso que sigue incombustible,durante años, en las sobremesas de la 2, sino a ese conjunto de números y letras que de alguna manera usamos para definirnos. Por un lado tenemos los conjuntos de números que forman el DNI o el número de la Seguridad Social, personales e intransferibles. Por otro nuestro nombre, que depende del buen gusto de nuestros padres y los apellidos que nos caracterizan de que familias procedemos. El número de pie y los centímetros de estatura, también nos identifican de alguna manera, el peso, aunque este dato, sin duda, es más variable.

      Todas estas cifras y letras sirven de alguna manera para completar nuestra imagen físico-jurídica, pero sin embargo poco dicen de cómo somos en realidad. Nuestra esencia es algo diferente, mucho más vivo y que pasa por todos los colores del arco iris y desconocida, en muchos aspectos hasta para nosotros. Por eso si queremos conocer a una persona de poco nos sirven todas esos conjuntos de números, entran en juego otras cosas: el conocer que le emociona, de qué color le gustan las caricias, cuando lloró por última vez, con qué música se le eriza la piel, qué tipo de libros prefiere, ante que sonríe...

      Son esa serie de datos que no aparecen en ningún sitio y que nos obligan e implican un acercamiento más allá de las palabras cuando alguna vez nos atrevemos a sumergirnos en ese apasionante mundo qué es la amistad.

Adiós al otoño

Adiós al otoño

El otoño,

arropado con ternura

por la manta de nieve

del invierno,

se durmió mansamente

mientras soñaba

convertirse en primavera.

 

 

 

 

Paseo

Paseo

Llegaste frente al mar,

tu presencia lo acarició

y tus largas pestañas

peinaron sus aguas

originando rizos

y bucles de espuma blanca.

Elegir

Elegir

"En las cercanías había unos pastores que pasaban la noche a la intemperie, velando el rebaño por turno. Se les presentó el ángel del Señor: la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se asustaron mucho. El ángel les dijo:

-Tranquilizaos, mirad que os traigo una buena noticia, una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, osha nacido un salvador: el Mesías, el Señor: Y os doy esta señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre."

          Aquel día no pudieron elegir el "hotel" donde alojarse, hoy creo que tendríamos demasiado claro cuál elegiríamos.

¡FELIZ NAVIDAD!

¡FELIZ NAVIDAD!

Tal día como hoy se multiplican los deseos de felicidad por todos los medios posibles: las clásicas felicitaciones navideñas, los instantáneos y cada vez más sofisticados correos electrónicos, los más íntimos mensajes de móvil y seguro que habrá algunos más románticos como un mensaje en una botella o una paloma mensajera que llega hasta la ventana. Yo quiero aprovechar para felicitar y desear unas MUY FELICES NAVIDADES desde este rinconcito acogedor del blog:

-A los que habitualmente entráis a leerme.

-A los que me comentan.

-A los que hoy entraron por primera vez.

-A los que algún día les he hecho sonreír.

-A los que se emocionaron alguna vez al leerme.

-Al que entró un día y nunca más volvió.

-A los que desde ayer decidieron no leerme más.

-Al que me lee y nunca quiso decir nada.

-Al que un día no estuvo de acuerdo con lo escrito y me lo dijo.

-Al que ha decidido no entrar más en este blog.

-Al que se ha quedado con ganas de volver mañana.

-A los que entraron por casualidad.

-Al que todavía no ha entrado y lea este post después de navidad.

-A los que entran sólo para ver la temperatura.

-A los que me animan a seguir escribiendo.

-A los que no volvieron nunca a entrar.

-En definitiva a TODOS: ¡QUÉ PASÉIS UNA DICHOSA NAVIDAD!

Ver más allá

Ver más allá

             Un día, como por casualidad, Fidel descubrió que al cerrar los ojos frente a alguien era capaz de entrar  y ver en el interior de esa persona. En un principio se sintió entusiasmado con esta nueva cualidad. Y, entonces, cuando estaba con alguien era capaz de saber lo que había detrás de sus gestos, de sus miradas, de sus lágrimas, de sus enfados, de sus halagos, de sus sonrisas, de sus palabras …pero descubrió tantas máscaras e hipocresía que no pudo resistirlo. Y aquella aparente virtud se convirtió en un problema. Después de eso Fidel, por temor, no ha vuelto a cerrar los ojos y lleva despierto varios meses.

Besos escarchados

Besos escarchados

Hacía mucho frío por la mañana tanto que cuando, al salir a la calle, y frunció los labios un beso escarchado le salió de ellos. Probó y según la forma del frunce le salieron besos de bonitas y caprichosas, con ese brillo peculiar que da la escarcha a los besos. Con suma delicadeza, casi mimándolos, fue guardándolos en la bolsa que llevaba. Los tendría a buen recaudo hasta que encontrara el momento y la persona a quién dárselo.

Pero fue una época en que a su ánimo turbulento y desosegado no le apeteció besar demasiado y casi los olvidó. Pero aquel día se sentía bien, el trinar de los pájaros lo había despertado y se dio cuenta que una pequeña yema asomaba en la planta que tenía junto a su ventana. Se sentía con el ánimo alto y, no supo por qué, al llegar a su trabajo y encontrarse con su compañera le apeteció regalarle alguno de aquellos besos escarchados, pero al meter la mano lo único que encontró fue la humedad que había derretido aquellos besos con la llegada de la primavera.

Entonces fue cuando se dio cuenta que, tanto en los besos escarchados como las flores, hay que aprovechar el momento para darlos, ya que no se pueden guardar para mejor ocasión sin que se derritan o se marchiten

Ojos tristes

Ojos tristes

             Aquel hombre caminaba por la vida como siempre, a veces  con una sonrisa, otras con las espaldas hundidas en pesadumbre y, alguna que otra, con la cabeza alzada por alguna feliz circunstancia. No era consciente, hasta que alguien un día se lo dijo, de que tenía los ojos tristes.
Y  entonces fue cuando empezó a preocuparse, porque no quería que su rostro, concretamente sus ojos, fueran un reflejo anímico de su corazón. Se miró al espejo, pero no vio nada extraordinario en ellos, tal vez porque se había acostumbrado a verlos así, tal vez porque cuando unos ojos están velados por el matiz de la tristeza se convierten en incapaces de reconocerlo. Buscó desesperado en google, pero no encontraba ninguna solución al tal mal. Pidió consejo a un oftalmólogo amigo, que tras disimular el gesto de extrañeza ante el mal de su amigo, ya que también estaba contagiado de la enfermedad de los ojos tristes, le recetó un colirio, que encima de genérico no lo pasaba la seguridad social. Le costó el dinero, pero aquello no le sirvió de nada.  Cada mañana se asomaba presuroso  y preocupado al espejo pero no veía nada diferente en ellos, sólo tras mucho fijarse era capaz de detectar, o eso le parecía a él, las minúsculas honduras en las que profundizaban sus arrugas. Oró a Santa Lucía patrona de los ciegos pero nada cambió. Se consideró víctima de una enfermedad incurable y de la que nadie hablaba. Y en alguna ocasión en que el abatimiento se convirtió en febril e irracional llegó a desear no haber tenido la capacidad de ver. Todo aquello le afectó a la mente y nadie podía entender que unos “simples”, serán para ellos que no los tiene pensaba él, ojos tristes dieran lugar a todo aquel abandono y deterioro humano.

Y en estas andaba él más encorvado y cabizbajo que de costumbre, que hasta la nariz parecía rozarle el suelo al caminar, cuando la vio sentada en un banco del parque. Era una mujer de aspecto algo desaliñado pero tras aquel aspecto astroso denotaba una singular belleza. Al sentarse en el banco, la miró para saludarla y, entonces, vio algo que le dejó boquiabierto, aquella mujer tenía unos ojos preciosos abanicados por larguísimas pestañas, pero… muy tristes. Y al decírselo a ella, le dijo que sí que ya le habían dicho lo de la tristeza de sus ojos, algo que le preocupaba y que le resultaba insuperable. Los suyos sí que se ven francamente tristes, le añadió. Algo saltó en su interior al encontrar un alma gemela en tal problema y arropados por aquella solidaridad mutua dieron rienda suelta a compartir sus contrariedades y anhelos. Las horas pasaron sin que ninguno mirara su reloj y hasta un jilguero enmudeció al despedirse el sol. Pero no había oscurecido lo suficiente como para que él no percibiera algo, los ojos tristes de ella se estaban modificando, ni siquiera eran ya ojos normales porque, ahora, un punto brillante resaltaba de su centro.   A ella tampoco le pasó inadvertida que aquel hombre de ojos mustios había embellecido como si estos hubieran sido regados por una misteriosa agua.

Y se levantaron del banco, se dieron la mano empezando a caminar juntos y al mirarse a los ojos, ahora los cuatro alzados gozosamente hacia las correspondientes cejas, fueron conscientes que, aunque allí estuviera anocheciendo, en otra parte de la tierra, en aquel momento, un nuevo día empezaba a amanecer.

 

Un trayecto en metro

Un trayecto en metro

“Un día más las puertas del vagón de metro se deslizaron a mi espalda y me senté en un asiento libre, dispuesta, como habitualmente, a sumergirme  en mis ensoñaciones.  Aquel largo trayecto desde Rivas Vaciamadrid, en que yo me subía, hasta el Barrio del Pilar, que realizaba cotidianamente desde hacía un mes, se había convertido en una prolongación de mi rato de sueño nocturno, que súbitamente interrumpía el despertador a las siete de la mañana.

Yo, a imitación de la gente que me rodeaba en ese viaje, venía acompañada de un libro.  Aunque se ve que la atención a esas horas la debía tener limitada ya que durante todo aquel mes sólo había leído cinco páginas del libro y, de ellas, una correspondía a los agradecimientos del autor y otra al índice.  En aquellos trayectos, mis ojos se dedicaban a mirar sin ver, mis oídos a oír sin escuchar y mi mente a vagar por el mundo de la fantasía.  Hacía, precisamente, un mes que le había dado un vuelco a mi vida.  Una bronca con mi padre y la hartura frente a sus continuas reprimendas me condujo a dejar plantados mis estudios de Derecho en el tercer curso. Había encontrado un trabajo en una floristería, un contrato basura donde trabajaba muchas horas, cotizaba poco y ganaba menos; pero al menos me sentía “algo” independiente. El bucolismo inicial de trabajar todo el día rodeada de lindas flores, se convirtió en una faena a cuya dureza no estaba acostumbrada.  Notaba que, las en otro tiempo suaves manos, se estaban convirtiendo en ásperas y callosas.  Mis uñas en otro tiempo muy cuidadas, hoy aparecían recortadas al límite como consecuencia de las frecuentes roturas que se me producían.  Pero en este rato me evadía, me gustaba soñar que mi vida cambiaría y que me toparía con mi príncipe azul, todo forrado de dinero, que me “rescataría” de la rutina y con el que comería perdices el resto de mi vida.

En estas ensoñaciones andaba cuando en la estación de Valdebernardo se detuvo el metro y, entre los que entraron, no me pasó desapercibido un chico algo mayor que yo, que se sentó precisamente en el asiento situado frente a mí.  En su rostro ovalado y acabado en una barbilla firme, destacaban dos grandes ojos color miel.  Su piel era de un desusado color moreno y los rasgos de su cara casi perfectos invitaban a su contemplación.  Sus labios eran gruesos y carnosos y entrecerrados mostraban una preciosa dentadura.  Su pelo negro y abundante caía sobre la parte superior de sus orejas y brillaba a la luz del fluorescente del vagón.  Iba elegantemente vestido con una chaqueta azul y una camisa amarilla clara, sin corbata, y dos botones abiertos que dejaban al descubierto una mata de pelo negro del pecho. Unos pantalones grises con unas rayas perfectas caían sobre unos zapatos negros y relucientemente lustrados.

No sé la causa, pero aquella figura situada frente a mí, empezó a despertar mi atención dormida y noté que mi libido empezaba a despuntar.  Contaba con una ventaja, los asientos del metro, situados unos frente a otros, son un punto de observación privilegiado para mirar con descaro, y eso es lo que estaba dispuesta a hacer.  Mirándolo fijamente me di cuenta que había despertado mis instintos.  Aquella mata de pelo asomada a través de su camisa había, sin duda, contribuido esencialmente a ello.  Siempre me habían gustado los hombres velludos y aquel detalle me hacía imaginar un pecho tan bien formado como cubierto de pelos como el de un oso.  Empecé a fantasear que a la salida del metro me abordaría para decirme que también yo le excitaba mucho y que por qué no íbamos a un hotel cercano para dar rienda suelta a nuestros deseos.  Me imaginaba descubriendo poco a poco su cuerpo, desabotonándole la camisa muy lentamente e ir asomando su pecho que me vuelve loca.  Me perdería en su pecho con mis uñas, jugando con sus pelos y arañando sus tetillas.  Perdería mi lengua por su piel y luego mordisquearía sus oscuros pezoncillos.  Dejaría que sus brazos me abrazaran, sintiendo su cuerpo adherido al mío y notando la paulatina hinchazón de su miembro en erección.  Incapaz de soportar esa presión contra mi ombligo, me agacharía y le bajaría la cremallera del pantalón, se los deslizaría por las piernas; acariciándola en la bajada con la tela y en la subida con las yemas de mis dedos.  Luego la misma doble caricia, pero ahora con los calzoncillos hacia abajo y los dedos hacia arriba a la búsqueda y disfrute de su pene. Y allí estará al descubierto, brillante y con una gran erección frente a mis ojos.  Lo acaricio despacio con la punta de mi índice, queriendo retrasar al máximo su irrupción en mi boca.  Noto, dirigiendo mis ojos hacia su cara, que esa espera acrecienta su nerviosismo y mi morbo.  Seguidamente, incapaz de resistir, yo tampoco, un momento más, lo introduzco en mi boca, muy despacio.  Abrazo toda su superficie con mis labios, destacando los restos de mi carmín rojo sobre el tono lila brillante de su prepucio, para a continuación pasar mi lengua sobre su punta.  Agarro con mis manos su culo duro y con ellas le impelo un movimiento, que hace que todo su cuerpo se sacuda en imperceptibles vibraciones.  Imagino que nuestro encuentro será breve y único, por ello me gustaría aprehenderlo y que no se me escapara; estoy deseando que se corra en mi boca.  Y como adivinando mi pensamiento, su cuerpo pega dos fuertes sacudidas y un chorro de líquido cálido  pasa a su garganta mientras otra parte tras pasearse entre sus dientes se deslizan en canales por las comisuras de los labios, resbalando por su pecho y humedeciéndome mis pezones erectos.

El metro se detuvo de nuevo, esta vez en Sáinz de Baranda, y a través del espacio que dejaba mis pestañas abrazadas con mis ojos entreabiertos, deslicé de nuevo mi mirada al objeto de mi fantasía sexual.  También  él tenía los ojos entornados, quería pensar que estaba devolviéndome su mirada.  Aprovechando el incógnito de mis párpados casi cerrados centré mi vista en la cremallera de su pantalón.  El paquete se le notaba hermosote, pero no tanto como para que me hubiera estado acompañado en mis recientes fantasías.

De pronto, algo hizo que mis pestañas dejaran de abrazarse y mis ojos se abrieran de par en par. Su pene estaba aumentando de tamaño. ¿Sería verdad eso de la telepatía? Aquello estaba tomando un tamaño preocupante.  Miré a mi alrededor, a ver si alguien estaba siendo consciente de aquel re-nacimiento, pero todo el mundo iba enfrascados en sus libros.  Yo seguía mirando, el resto de su cuerpo permanecía inmóvil, pero ahora “aquello” iba realizando unos movimientos cada vez más complejos: bajaba y subía, se estiraba hacia arriba, se curvaba hacia un lado para rápidamente volverse hacia el otro lado,… Empecé a mezclar la situación con mis fantasías y me imaginaba un miembro con esa capacidad de movimientos lo que podría hacer dentro de mí. Me lo imaginaba estirándose y curvándose a voluntad, para llevarme a cimas del placer jamás imaginadas.

Entonces hizo un movimiento brusco se recolocó en su asiento y echó una mano al bolsillo, pensé que sería para “ayudarse” o tal vez para dirigirse con más certeza. Saqué mis gafas, que aunque de poca miopía, no quería perderme un detalle. Acabamos de arrancar de la estación de Plaza de Castilla. Si hasta ahora había ido de sorpresa en sorpresa, lo que venía a continuación prometía.  Sacó de su bolsillo una bolsa de plástico de la que sacó algo pequeño y marrón. Se abrió, con cierto disimulo, la cremallera y  allí colocó aquella cosa marrón, que identifiqué con un cacahuete. El paquete dio un nuevo giro y por la cremallera asomaron los bigotes de un hamster.  Sacó el hamster de su oquedad y lo puso en la mano, mientras éste comía el cacahuete con sus patas delanteras.   Cuando vi aquello no pude evitar que mi cara enrojeciera como un pimiento y que todas mis fantasías quedaran hechas añicos en aquel momento. Miré a mi alrededor, pero nadie se había fijado en nada, todos seguían leyendo.

Llegamos a la parada del Barrio del Pilar y chico y hamster descendieron del metro.  Yo no me bajé, quedé como paralizada por la experiencia y seguí dando vueltas en aquel vagón hasta que llegué de nuevo a mi estación de partida.  Regresé a mi casa y saqué del armario los libros de Derecho, para intentar recuperar el tiempo perdido.”

Todo esto estaba pensando Obdulia Ortega el día en que recibió su nombramiento como juez,  la más joven de su promoción, y como aquel hamster le había ayudado a retomar su camino tras el mes más confuso de su existencia.

Una historia muy "pelicular"

Una historia muy "pelicular"

Su vida era átona y monótona, pensaba Abel, aunque con otras palabras más vulgares y menos literarias, mientras encerraba a las ovejas en el redil. Atrapado con diecinueve años en aquella granja perdida, sólo cercana a un minúsculo pueblo. Todo el día allí trabajando y encima tenía que estar agradecido, como le recordaba repetidamente su tío, aquel primo irascible de su padre que lo había acogido al quedar huérfano a los catorce años. Un hombre más rácano que el Dómine Cabra, nunca había comprado un televisor, no lo quería ni regalado, aduciendo que gastaban mucha electricidad.

            Y así entre brotes, hierbas y animales transcurría la existencia plana de Abel. Una noche de calor agosteño en que pusieron una película de Superman, la primera vez que veía el cine, en la plaza del pueblo, quedó embrujado por la envolvente magia de la  película. La conjunción de aquellas imágenes en pantalla grande, con la música y las palabras, le encendieron mil emociones nunca vividas y alimentaron sus sueños con manjares exquisitos.

            Al día siguiente la sencilla cotidianeidad de la granja le pareció como si estuviera iluminada por grandes focos. Tras una noche de sueño inquieto aquellas sensaciones le habían impregnado, de tal manera, que el cine había empezado a formar parte de su vida. Su cabeza estuvo en continuo movimiento todo el día y aquella tarde, al terminar su trabajo, se dirigió hacia el pajar con una gran toalla roja. Se la ató a modo de capa y se lanzó en vuelo hacia el cielo. La previsible caída sobre el pajar, sufrió un leve desvío, no calculado y se golpeó el pie, lo que le supuso dos semanas de cojera. Pero eso no le amilanó y lo entendió como riesgo de la vida aventurera que había decidido emprender.  Desde entonces las películas se convirtieron en algo más que un vicio y los domingos por la tarde recorría los 7 km que le separaban de otro pueblo donde proyectaban semanalmente. Su vida granjera, ahora, se le había iluminado como un arco iris y aquellas películas afilaban sus ilusiones y sueños más recónditos.

            “Memorias de África” le impactó profundamente. Buscó un viejo cuaderno escolar, del que en su breve escolarización sólo había usado un par de hojas, y se dedicó a hacer un pormenorizado estudio sobre la vida y existencia de los cerdos. Anotaba sus movimientos cuando él les daba de comer, la forma en que movían sus orondas cabezas e intentaba captar en aquellos gestos expresiones inteligentes. Dedicó un capítulo al estudio de sus excrementos, dibujándolos y coloreando los distintos matices de marrones con sus lápices Alpino, relacionaba los colores con el tipo de comida que les suministraba. Y desarrolló una prolija teoría sobre el cortejo nupcial y modo de apareamiento. Aquel brillante estudio que podría haber desembocado en tesis, se suspendió fulminantemente cuando un día dándoles de comer se le cayó el cuaderno al suelo siendo empapado por el objeto de su estudio y adquiriendo un olor que le obligó desde entonces a alejarse  de él.

En estas cuitas siguió durante varias semanas hasta que vio una película que le impactó. Esa noche no pegó ojo, bajó a la cocina y sacó un largo cuchillo al que estuvo dándole brillo con esmero. Vestido de negro para confundirse con las sombras de la noche, miró hacia el cielo, le gustaba la luna llena, y esbozó una sonrisa mientras sujetaba el cuchillo fuertemente con su mano derecha. Se dirigió al redil donde los corderos sorprendidos en el silencio empezaron a emitir sonidos guturales. Se acercó al primero y lo degolló, así con todos hasta que terminó con el último. Vestido, ahora, de negro y sangre se sintió satisfecho por haber llevado a cabo “El silencio de los corderos”.  En aquel momento su tío que había escuchado aquel alboroto se dirigió hacia allí armado de una estaca gorda con la cara roja por la ira.

Abel empezó a correr, y no paró de hacerlo, mientras en su cabeza sonaban los sones de “Carros de fuego” que había visto el fin de semana anterior…

No y no

No y no

Te he dicho que no. No insistas ni te pongas pesado, no sé como decírtelo. No me convences con tus argumentos. Por mucho que me lo digas no pienso hacerte caso. Eres insistente, pero yo soy más testarudo. ¡Ya verás como sí! No tienes nada que hacer.

(conversación ficticia entre un fumador y el cigarro que se ha llevado,  por si le daba un momento de desesperación como el que está teniendo, a su oficina el dos de enero del 2006, primer día laboral que entra en vigor la ley antitabaco).

El huevo perdido

El huevo perdido

Desarrollo aquí unas reflexiones que leí el otro día en una de las cartas al director de una revista  y en la que me vi reflejado. Hacía referencia el autor a lo que llamaba la generación del huevo perdido. Sería esa generación de los que hemos superado ya la cuarentena y que vivimos nuestra adolescencia en una dictadura que daba los últimos coletazos. Eran los tiempos de los tecnócratas en el gobierno en que las variantes macroeconómicas iban despuntando, sin embargo no se notaban demasiado en la economía doméstica. Como detalle recuerdo como estiraban mis piernas y la necesaria espera de uno o dos meses hasta que la nómina de mi padre permitía que pudiera comprar unos nuevos pantalones a plazos. Los jóvenes de aquella generación teníamos muy  clara una cultura del esfuerzo, porque ni nuestra familia ni la sociedad nos iba regalar nada, que era necesaria si, en un día no muy lejano, nos queríamos independizar, uno de nuestros objetivos. Sin llevarnos mal con nuestros padres, teníamos muy claro unos límites muy marcados, que nos hacía revolvernos contra ellos muchas veces sólo mentalmente, y que los muy osados se atrevían a traspasar. Cuando se atisbaba la cercanía a ese límite venía aquella frase que nuestros progenitores usaban a modo de punto final de cualquier discusión: “Cuando seas padre comerás huevo”.

Hoy los años han pasado y si en algo nos parecemos a aquellos jóvenes es el color de ojos que es de las pocas cosas que no cambiaron demasiado. Ahora somos nosotros  a los que nos ha tocado lidiar con adolescentes en casa, pero que no tienen nada que ver con los que nosotros conocíamos. Estos conocen todos sus derechos que superan con creces a la Declaración de Derechos Humanos, al paso que vamos no me extrañaría que la ONU se reuniera en cualquier momento para proclamar la “Declaración Universal de Derechos de los Adolescentes”. Éstos, social y domésticamente, van alcanzando nuevas prebendas y aunque la mili les resulte como algo histórico de lo que alguna vez hablan sus padres, avanzan con la fuerza de un panzer consiguiendo objetivos. En muchos casos desconocen la palabra esfuerzo, porque todo se les da hecho. Piensan que la vida es una vacación continua que circunstancialmente se interrumpe por algunos períodos escolares. Y en cuanto a aquella soñada independencia que teníamos, ni se la plantean, Sería absurdo, para vivir peor se queda uno con sus padres.

Y mientras, aquellos padres hacemos lo que podemos, defendernos en una trinchera de esos embates para los que no estábamos preparados. Firmando continuos tratados de paz e intentando no perder la batalla. Y si antes nos limitaban nuestros padres ahora, en muchos aspectos, lo consiguen nuestros hijos. Y entonces concluyo que aquel huevo, que nos anunciaban nuestros padres que comeríamos cuando fuéramos adultos y nosotros deseábamos con ansia, en algún momento de nuestro crecimiento se ha perdido.

Eso llamado informática

Eso llamado informática

 

Hace poco más de quince días, tras años pensándolo y, tras superar el inicial miedo al cambio decidí contratar la línea ADSL. A los pocos días me mandaron el kit. Y por mucho que lo intenté de los dos ordenadores que tenía en casa, en uno no hubo problemas, pero en el otro no hubo forma. Llamadas al operador de ADSL y la solución que me temía: hay que formatear el ordenador, pues el sistema operativo que tiene, el milenium, da problemas con la línea. Menos mal que mi hermano es experto en esas cuitas y hoy en poco más de cinco horas estaba formateado, los programas instalados y todo funcionando en perfecto estado.

Y es que hoy, nos guste o no, estamos dependiendo de la informática hasta el punto de que si no estamos puesto en ella, nos podemos considerar casi analfabetos.  Y nos resulta tan necesario el ordenador que, cuando no lo tenemos, nos parece que algo de nosotros nos falta.