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       En mis años de experiencia laboral siempre he compartido mi jornada de trabajo con un número más o menos grande de compañer@s. A veces he compartido edificio con unos doscientos. Ya se sabe que en cuanto hay más de tres, como dice el refrán pueden "ser multitud”, y  tienden a formarse grupúsculos de distinta tendencia o a diluir la propia responsabilidad entre la del resto.Por distintas circunstancias últimamente me paso distintas épocas en que estoy toda la mañana trabajando sólo en mi oficina. Ello supone desde abrir o cerrar la puerta y encender luces y ordenadores hasta cambiar el toner o papel a la fotocopiadora, atender al público, hacer la correspondencia, resolver los expedientes que entran, atender al teléfono y  archivar la documentación. A pesar de que hay momentos especialmente estresantes, procuro darle vueltas a la cabeza para innovar o modificar aspectos de mi trabajo que lo puedan hacer más eficaz.

       Lógicamente hay ratos en que se echa de menos el charlar, quejarse o simplemente ver a alguien más. Al menos, no estoy en una burbuja aislada ya que tengo comunicación con el exterior por mail, sms y teléfono. Pero,  como en todo lo que hago, procuro ver el lado positivo de la situación. Al no tener jefe, yo me organizo y me responsabilizo de mi trabajo. No estoy sometido a geniales ideas, más que a las mías y no tengo que reír las gracias a unos posibles malos chistes. Al no tener subordinados no tengo que estar pendiente de si se escaquea o realiza su trabajo. No tengo que supervisar nada para evitar meteduras de pata que ya me aseguro, mientras trabajo, de hacer las cosas directamente bien. Sólo hay, lo que a veces es, un pequeño problema: hay momentos en que encuentro verdaderas dificultades para poder "escaparme" hacia los servicios.