Tras agotar los últimos días de vacaciones que me quedaban del verano del 2005, ¿quién se acuerda ya de él?, ayer volví al trabajo e inicié mi año laboral. Como siempre que falto unos días seguidos de mi trabajo, temo la vuelta, no sabiendo lo que me puedo encontrar allí. Lo primero una llave que a mi compañero se le atascó en la puerta de entrada, desde el primer día del año...y allí seguía. La mesa llena de papeles que se acumulaban por doquier. Expedientes que se tenían que haber resuelto durante estos días, en los que se tardaba poco más de diez minutos, allí seguían cubriéndose de telarañas. Una señora había anotado una reclamación en el libro de Quejas, para colmo vive en Lepe, parece que suena chiste, pero parece un poco increíble recorrer casi trescientos kilómetros para ir a mi oficina a quejarse de cómo funciona. Una colección de nueve incidencias que mi compañero debió resolver, aparecían intacta, resolvió media y cómo tenía miedo de equivocarse prefirió dejarlas a que yo llegara. Vamos que creo que estos días ha aprovechado un poco para hibernar durante el tiempo de oficina. ¡Qué trabajo le cuesta a algunas personas darse cuenta que detrás de algo tan vulgar como un papel hay personas, con lo que eso significa! Ayer, por tanto, no tuve tiempo ni para respirar. Hoy, no sé si por agotamiento, mi compañero no ha ido, dice que está enfermo.