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            Carlos y Eugenia se conocieron un determinado día por azar, como se encuentra la gente por Internet. Desde aquella primera charla se sintieron cercanos, con una proximidad que el tiempo fue estrechando. Aquella relación se convirtió en algo más intenso a lo que los dos se resistían a ponerle nombre y un día aquello pidió más. Eugenia prudente temía poner en peligro su matrimonio, que aunque con vértices agudos era el único que tenía. No dejaba de reconocer que la personalidad sensible de Carlos, en las antípodas de esa peculiar tosquedad de Agustín su marido, le atraía irremisiblemente. 

             Carlos insistía en conocerla pero ella se resistía hasta encontrar un nexo común con la que pudiera presentarlo, de manera normal, como un viejo amigo. Al fin un día lo encontró y descubrió que una vieja amiga de ella conocía a Carlos desde la infancia. Y a través de ella, eso le dijo a Agustín, los invitó a una barbacoa en el jardín de su casa. Fue un momento inolvidable para Eugenia y las chispas de sus ojos compitieron por unos instantes con las de las brasas de la barbacoa, especialmente en el momento en que al sentir su beso en la mejilla un escalofrío afiló todo su cuerpo. Cambiaron algunas torpes palabras imbuidos del nerviosismo del momento que interrumpió Agustín al acercarse. Agustín le dio una mano franca  a Carlos y se ofreció a enseñarle la casa. 

             Y mientras Eugenia no cejaba en darles vueltas a la carne observó la animada charla salpicada de risas de Carlos y Agustín. Poca oportunidad tuvo con aquel ajetreo de reencontrarse con Carlos, salvo cuando de nuevo labios y mejillas se despidieron. Su marido viendo cómo se alejaba su nuevo amigo le comentó: ¡qué gran hombre es ese Carlos!

             Ella percibió algo extraño cuando, desde entonces, Carlos parecía evadirle,  por la red. No contestaba a sus correos, antes habituales, más que al cabo de varios días y de manera elusiva. Aquello se fue enfriando y maldijo aquella barbacoa mientras intentaba olvidarlo, con sumo esfuerzo, de su memoria. El tiempo pasó y aquellos vértices de su matrimonio se agudizaron hasta hacerlo insoportable.

            Un día Agustín con dos maletas abandonó la casa y a ella le pareció que el olor a barbacoa se marchó con él. Aceptó el divorcio exprés cuando él se lo solicitó, pero a lo que no estaba dispuesta, por mucho que insistieran los dos y le hubieran mandado una coqueta invitación, era a asistir a la próxima boda de Carlos y Agustín.