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        Ya hemos pasado el ecuador del verano, de esta época que por una extraña razón parece que por el hecho de que aumenten las temperaturas hace que lo que es habitual en la vida cotidiana tenga que sufrir una especie de parálisis general. Yo por cuestiones profesionales no recuerdo cuando fue la última vez que tuve un mes seguido de vacaciones, ya que me tengo que conformar con tomarlas en períodos discontinuos, lo que hace que no logre olvidarme del todo del trabajo y, a la vez, hace que éstas se alarguen de una manera anómala.

         Otros años he podido durante unos días escapar a otro lugar, pero hay años en que las circunstancias se entrelazan, o como este año que se han anudado del todo y lo han impedido. Ante eso cabe la postura de lamentarse o la que yo he tomado de disfrutar de las vacaciones con mis circunstancias y lo que me rodea. Descubrir el lado sosegado de cada día, sumergirme en lecturas que me atrapan, hasta ahora he disfrutado a cual más con los cuatro libros que he leído,pasear junto al mar, coleccionar puestas de sol tras el horizonte o simplemente cerrando los ojos, tumbado sobre la arena, intentar adivinar el color de la brisa. Este forma de colorear lo cotidiano me permite que, incluso los días en que trabajo, pueda sentirme que estoy de vacaciones.

          El otro día en un paseo al atardecer pasé junto al bar con este curioso cartel: CUIDADO NIÑOS Miré a mi alrededor con cierto temor intentando averiguar ese peligro aL que se refería. Tal vez fueran niños salvajes de dientes afilados que se agarraran a las piernas o algunos que se lanzaban tartas de merengue por el aire o podían marchar a los transeúntes o quizás el dueño pretendía avisar de que en aquellos alrededores había niños de mentalidad limpia e ingenua y que si algún sesudo adulto pasaba por aquellos alrededores podría "contagiarse" peligrosamente.