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          El genio literario brota de cualquier detalle habitual de esos con los que nos tropezamos todos los días. Un día atrajo mi atención un soneto de Unamuno titulado La parra de mi balcón y dice así:

El sol de otoño ciernes de mi alcoba

en el ancho balcón, rectoral parra

que de zarcillos con la tierna garra

prendes su hierro. Y rimo alguna trova

 en ratos que el oficio no me roba

a tu susurro, de esta tierra charra

viejo eco de canción. No irán a jarra

cual las que sufren del lagar la soba,

 parra de mi balcón, tus verdes uvas;

para mi mesa guardo los opimos

frutos del sol de otoño bien repletos;

 no quiero que prensados en las cubas

de vino se vodundan mis racimos

y con ellos se pierdan mis sonetos. 

            Me surgió la curiosidad de si ese soneto sería de ficción o tendría base real y me puse indagar al respecto, cuando tuve la grata sorpresa de que esa parra realmente existía. Vi fotos de ella, cosa complicada pues no es un detalle que aparezca en las guías de arte salmantino y efectivamente la susodicha parra cuelga  en el aire trenzada a modo de guirnalda, de un balcón a otro, de la llamada Casa de Unamuno. Las fotos tomadas en invierno mostraban unas ramas peladas en las que parecía imposible circulara savia viva. Al fin, el otro día tuve la oportunidad de verla, estaba la parra sorprendentemente pletórica en hojas y con el zoom pude atrapar hasta las uvas que de ella pendían en estos días otoñales de prevendimia.

 

            Si vais allí no dudéis en llegaros por la calle Calderón, con una copia del soneto en el bolsillo, puede ser el lugar ideal para recitarlo disfrutando de la sombra de aquella parra. No os decepcionará aquella pincelada bucólica en aquellos balcones del primer piso, suele ser una calle de paso y además esas atalayas emparradas no tienen tantos admiradores como los que tiene esa rana que está a la vuelta de la esquina y que atrae las miradas apartándolas de la hermosa fachada plateresca de la Universidad.