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(portada de TBO del año 1967)

 

Inicié mi inmersión en el mundo de la lectura con viejos TBOs, que hoy conservo como verdaderos tesoros encuadernados, algunos incluso de los que les compraba mi abuelo, a mi madre,  cuando era una niña. De allí pasé a los comics de Tintín y Astérix, en los que todavía me recreo de vez en cuando y di el salto a Enid Blyton y Julio Verne. Luego rebuscaba en la biblioteca de mis padres, intentando encontrar aquellos libros, especialmente en la vieja colección RTV que me sedujeran con sus letras. Después libros de todos los tamaños y colores han formado parte de mis lecturas.

Me preocupa como transmitir mi afición a la literatura a mis hijas y aunque ellas leen, me doy cuenta de que no sirve de mucho los consejos partenales al respecto. A veces, basta que con ilusión les aconseje uno para que dormite días sobre su mesa hasta que vuelvo a recolocarlo al lugar en el que estaba de mi biblioteca. De todas formas, cómo podría competir mi vieja colección de libros de Julio Verne, editada en los setenta, y de de letra minúscula y apretujada sobre páginas rugosas y amarillentas con esos libros de hojas satinadas, colores vivos y dibujos atractivos que les ofrecen las librerías.

Supongo que debe ser así, porque cuando pienso en los libros que he leído, pocos de ellos fueron los que me aconsejaron mis padres. Probablemente es que los libros que leemos, como la vida de cada día, sea, en realidad, algo muy nuestro.