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      El sol intentaba despertar tímidamente cuando llegué a la puerta. El silencio que envolvía todos los alrededores sólo se quebró por el sonido metálico de mi llavero. Después de tanto tiempo tuve que escarbar entre las llaves para encontrar la adecuada y tras un leve click la  puerta se abrió con un cierto esfuerzo. Las escaleras veladas por esa luz tenue se alzaban enhiestas delante de mí. Subí los escalones de dos en dos y aquel entorno que creía casi olvidado, me resultó muy conocido. Abría las puertas a mi paso con cierta pereza hasta llegar a aquel despacho. El resplandor de la luz fluorescente al encenderse alumbró todos sus rincones y la gran mesa con su forma abierta semejaba una gran boca que quisiera devorarme. El reloj estaba parado hacía tres semanas y nadie se había preocupado de cambiar la pila. En el balcón la planta anhidra, pidiendo agua. Papeles amarillos que como fanales de auxilio salpican la mesa, en la que montañas de papeles de distinta altura parecían haber surgido del tablero.

      Me senté en el sillón, rebusqué las contraseñas que tenía ya olvidadas y conseguí entrar en el ordenador. Me remangué unas mangas invisibles y decidí que ya era hora de empezar a trabajar y mentalizarme: ¡habían terminado mis vacaciones!